ANTÓN LOSADA A REVIRAVOLTA
19 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Leo con alivio que desde su refugio en Perbes, O Noso Presidente casi ha despejado con esa contundencia tan suya dos interrogantes capitales para el futuro de Galicia: las elecciones serán casi seguro el 21 de octubre -información vital, ya podemos cerrar las agendas- y si gana, agotará mandato -pero ¿cuándo uno es candidato no se da por supuesto, o hay que aclararlo?-. Casi resueltas tales obviedades, mi corazón aún se alimenta con la esperanza de que alguien hable por fin de los problemas que nos importan; o sea, de política. Por lo visto, se perfila otra de esas campañas naif ocupadas en temas tan inquietantes como quién tenía la culpa de que lloviera tanto -1989-, si Fraga gritaba o no a Pérez Varela en un vídeo, y aquel mamógrafo del hospital de Burela -1993-, o el futuro del comunismo en Galicia tras la caída del Muro -1997-. Para esta campaña, la política gallega presenta un diálogo de besugos entre una Galicia oficial y otra imaginaria y sus pintorescas teorías sobre por qué pasa lo que nos pasa. Galicia oficial e imaginaria En la Galicia oficial, cuanto provenga de Madrid y Bruselas es una bendición del cielo por agradecer, los trenes llegan tarde pero podrían no haber llegado, se pierde empleo pero podíamos estar todos en el paro o el dinero que nos toca es poco pero podía haber sido menos. En la Galicia oficial todo va bien, y podría haber ido peor. En la Galicia imaginaria, todo estaba perfecto como estuvo siempre -«Para mariñeiros, gandeiros ou enxeñeiros... nós»-. Las desgracias son conspiraciones urdidas fuera para favorecer a alguien que nunca somos nosotros; quienes, por cierto, somos los menos subvencionados, los más competitivos, los mejor preparados y, en última instancia, llegamos antes. Sentido común Dado que ninguna tiene mucho sentido y que uno comprueba a diario cómo los gallegos aplican el sentido común en sus vidas y trabajos, la conclusión es obvia: en algún sitio tienen que vivir, también habrá una Galicia con sentido común, un país real que conoce sus problemas también reales y se preocupa por ellos. Es la tercera Galicia. Sale poco pero existe. Esa consciente de las fortalezas de su pesca o su agricultura, pero también de sus debilidades y la urgencia de reformas drásticas. Teme por el futuro de un sector forestal cogido entre la plaga que devora los árboles sin que nadie haga mucho al respecto y el monopolio que devora su mercado. Se asombra de que los personajes de éxito de las series televisivas también emigran a Canarias. Se extraña de cómo cuando llueve tres días, se va la luz, el agua sale marrón o fallan las comunicaciones. Mira como sus tres aeropuertos se van convirtiendo en apeaderos para ir a y venir de Madrid. La tercera Galicia contempla esos horrendos polígonos industriales usados por todos los ayuntamientos para ensañarse con su geografía y acabar instalando una mensajería, un cementerio de automóviles o un par de talleres, y se pregunta de qué va a vivir dentro de treinta años, qué produciremos con algún valor para los mercados. Observa asombrada cómo se siguen construyendo enormes edificios para llenarlos de aire y calcula cómo pagará su mantenimiento. Se cuestiona si el Xacobeo puede ser el eje de una estrategia global para un país o sólo una anécdota. Se busca en Internet y se encuentra descrita como en los tiempos de Don Jorgito el Inglés, mientras seguimos a la cola en los indicadores de las capacidades de un país en este futuro interdependiente que viene. Verbenas y romerías Estos días de tanta fiesta patronal, esa Galicia andaba por verbenas y romerías. Yo la he visto y hablado con ella en las terrazas de los cafés y en los bochinches ¿Nadie va a sacarla a bailar en estas elecciones?