LA TUMBA DE DIOS

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

02 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

En la rúa Coelho da Rocha, Fernando Noriega Pessoa vivió los últimos quince años de su vida, desde 1920 a 1935. Los cinco primeros los pasó con su madre recién enviudada de su segundo marido, y sus tres hermanastros (dos varones y una hembra) retornados de Sudáfrica. (En una carta a Ofélia Queirós le dice que «é uma casa mais que boa, magnífica! Chega e sobra para minha mãe, irmãos, enfermeira e tia, e para mim também»). La última década, tras la muerte de la madre y la marcha de los hombres a Inglaterra, los vivió con su hermanastra, el marido y sus dos hijos. El edificio, durante algún tiempo, estuvo abandonado hasta que el Ayuntamiento de Lisboa se hizo cargo de él rehabilitándolo y transformándolo en un centro cultural. La reforma arquitectónica es moderna, abierta, útil; pero yo hubiera procurado mantener la misma distribución de la estancia tal cual la vivió su más ilustre inquilino, pues de lo original solamente perdura la escalera y su pasamanos, así como el espacio diáfano de la pequeña habitación en donde el escritor, además de su cama, apenas disponía de más muebles que una cómoda y el famoso baúl en donde fue guardando las casi treinta mil hojas mecanografiadas («a letra de máquina torna a poesía pouco poética», le dice en una carta a su amigo, Cõrtes-Rodrigues) y manuscritas en los más diversos e inverosímiles papeles: hojas sueltas, billetes de transportes, sobres de cartas, facturas, envoltorios de cajetillas y papel de fumar (Vincenzo Consolo me recordaba un día que Stendhal llegó a escribir hasta en las cajas de madera del tabaco), anuncios, panfletos y papel timbrado, etcétera. La habitación da a la calle, una calle ancha con edificios burgueses de comienzos del XX, en la parte alta de Lisboa. Ir a la Baixa era más cómodo que retornar por las empinadas calles. Pessoa lo hacía en el eléctrico. Aunque escribía a cualquier hora, le gustaba más la penumbra que la claridad, le gustaba vulnerar la oscuridad con el resplandor del rayo poético. En este minúsculo sitio vivía entre la desesperanza y la ataraxia: a aquel que nada espera nada le falta. En esta habitación le fluían las palabras, porque como dice René Char, las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas. En la Casa Pessoa miro alguno de los libros de su biblioteca. Muchos están anotados, subrayados a lápiz con trazos firmes; así como toco otros muchos objetos personales: las gafas, boquillas, el mechero, libretas con asientos contables, la primera edición impresa, corregida a mano, de Mensagem y el carné con su huella dactilar, la especificación de su estatura: 1ï73, y el color de los ojos: castaños. Hay dos retratos del poeta. Uno realizado por el pintor español Rodríguez Castañe, y el otro por Almada Negreiros. De aquí vamos a los Jerónimos a ver su tumba. En la iglesia están los túmulos de Camõens, Vasco de Gama, el que aún aguarda al rey don Sebastián, y el de otros monarcas portugueses. En el claustro, en una gran sala, el panteón desmesurado de Alexander Herculano, y en el pasillo abierto el minúsculo de Pessoa. Al llegar frente a él, le indico a Laura la importancia del mismo y le añado que allí están compartiendo la tumba -apenas un estrecho rincón- al menos tres personas que son sólo una. Entonces me mira, se queda un instante silenciosa, y me dice: «¡Ah, entonces es ésta la tumba de Dios!».