ANTÓN LOSADA
29 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Antes de nada, un aviso al lector: este no es otro artículo apocalíptico sobre la crisis de la pesca gallega. Tantas veces han desmantelado nuestras flotas en las noticias, que sorprende ver cómo crecen las solicitudes para renovar buques o el pescado sigue llegando a las plazas. La pesca gallega no está en crisis, está cambiando, porque también cambian los mercados y las circunstancias del propio ejercicio pesquero. Eso no es ni bueno, ni malo, sólo inevitable. La diferencia es que esta vez si en lugar de añorar el pasado, mirase al futuro, podría aprovechar el fuerte soporte financiero y estratégico de las administraciones y -con todos sus errores y deficiencias- el impulso de una verdadera política de pesca autonómica. Es cierto que Galicia es una potencia pesquera y nunca en su historia ha dispuesto de una flota de altura tan competitiva. Pero también es cierto que somos una potencia sin aguas propias donde pueda faenar tanto poder y en las pocas aguas que tenemos, larga una flota de bajura antigua, sobredimensionada e ineficiente. Durante décadas, los gobernantes y el sector han preferido vivir de espaldas a esa realidad. Han planificado su actividad ignorando el factor de riesgo que suponía no tener asegurados los derechos de pesca. Sólo era una cuestión de tiempo que los países titulares de tales derechos alcanzaran el desarrollo político y organizativo necesario para reivindicarlos. Lejos de anticipar mercados de futuro tan evidentes, la pesca gallega optó mayoritariamente por seguir echando sus redes y llevarse el pescado dejando allí poco dinero y menos amigos. Marruecos es un ejemplo de esa dinámica suicida. Son sus derechos y son sus caladeros, pero hasta ayer nos hemos comportado como si fueran nuestros. Todos sabíamos que tarde o temprano querrían explotarlos. Pero lejos de preparar ese momento inevitable mejorando la rentabilidad de nuestras propias aguas y apostando por el desarrollo profesionalizado del marisqueo o la acuicultura, creando redes cooperativas con los sectores pesqueros locales, buscando caladeros alternativos, practicando la pesca responsable y posicionándonos en las áreas de transformación y comercialización, -donde realmente está el negocio y nos necesitan-, preferimos convertir la realidad en un drama y fiarlo todo a una concepción de nuestras relaciones con Marruecos entre el neocolonialismo y la amenaza. A diferencia de Namibia, esta vez nos queda Bruselas y unos cuantos millones de toneladas de esa especie alternativa llamada Euro. Con ellos, una desgracia inevitable -la expulsión de la flota-, se convierte en un problema con solución y una financiación razonable para renovar, modernizar, crear empresas con terceros, hacer campañas experimentales y probar caladeros en áreas como el Golfo Pérsico -donde nos esperan con los brazos abiertos-. Más nos vale abandonar el lenguaje del melodrama y las puntillas al sector e irnos acostumbrando a aprovechar estas oportunidades que, por desgracia, se repetirán poco. Más nos vale abandonar la cultura de la dependencia de la administración, sus subvenciones y la alta política internacional y empezar a plantear a actividad pesquera en aguas internaciones en términos de mercados, competencia, costes y compra y venta de derechos de pesca. Basta echar un vistazo al mapamundi y localizar dónde labora nuestra flota, para darse cuenta de que Marruecos sólo ha sido el comienzo de una realidad nueva. Tenemos que aprender a pescar de otra manera: más responsable y menos depredatoria, más cooperativa y menos exclusivista. O empezamos a echar raíces en esas costas y hacer amigos y negocios para todos en sus puertos, o seguiremos siendo pescadores errantes buscando un metro de mar libre cada vez más raro.