CRÓNICAS HUSITAS / Enrique Curiel
04 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Y votan hasta los muertos. Galicia ocupa de nuevo lugares de privilegio en la prensa de Madrid. Y otra vez rodeada por el aroma de neorrestauración inconfundible que envuelve todo lo que se refiere a ese auténtico régimen político que Fraga ha instaurado en nuestra tierra. Con la Televisión en sus manos, con el Parlamento convertido en una rareza y semicerrado, con el presidente huido del control político, con las presiones conocidas hacia los medios de comunicación, con la estructura caciquil funcionando a todo trapo y con las corruptelas haciendo de las suyas, sólo faltaba la noticia de la manipulación del censo y de las presuntas votaciones fraudulentas realizadas desde las sedes del PP en algunos países de América, para que la imagen del inefable Romero Robledo, hombre clave en los ministerios de la Gobernación durante los años de la Restauración, retorne ante nosotros más joven que nunca. Mal, muy mal, tienen que ir las cosas para don Manuel si ya estamos con esas y hubiera decidido recuperar la memoria de su admirado Cánovas para preparar las elecciones de octubre. Estábamos acostumbrados a la recogida de votantes en las parroquias rurales de Galicia para llevarles a votar en un autobús y con la papeleta del PP en el bolsillo. Pero esto ya resulta excesivo. Así no se pueden celebrar unas elecciones. Corren el riesgo de carecer de la legitimidad imprescindible para que los resultados sean aceptados por la oposición y por los ciudadanos. Y si es verdad que la suerte política de la mayoría parlamentaria del PP puede depender de uno o dos escaños, la sombra de un gran engaño, de una enorme simulación puede sobrevolar el Parlamento que nazca en otoño. Ante las peticiones del BNG y del PSdeG, dirigidas a la Junta Electoral Central y al Gobierno, las autoridades tienen la obligación de actuar de inmediato con el fin de despejar cualquier duda. Portavoces de la Xunta ya han dicho que prefieren «no mover nada». Una buena ley La reforma de la Ley Electoral (LOREG) que se elaboró por una comisión del Congreso de los Diputados en 1995 pretendió facilitar el voto de los emigrantes. Formé parte de la citada comisión y tras oír la opinión de expertos, representantes de la emigración, funcionarios de los consulados, se elaboró y aprobó una buena ley. Pero ninguna norma puede evitar la decisión de vulnerarla a través de mil vericuetos. El Gobierno tiene que actuar de inmediato y combatir las formas trapaceras que recuerdan la peor tradición de la Restauración.