EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA
28 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La historia de unos chavales de Ribeira devolviendo en Sálvora al océano media docena de tortugas que aparecieron en las costas barbanzanas, me ha recordado la historia de otra tortuga, bien osada y traviesa. Se llamaba Lorenzo y ésa es la única certidumbre que guardo de ella. Sé que se llamaba Lorenzo porque tal fue el nombre que le puso mi mujer, que es muy buena poniendo nombres a los bichos vivientes. La tortuga Lorenzo hizo su aparición en la escena de mi vida en un supermercado de Madrid cercano al aeropuerto de Barajas, donde andaba yo a la busca de un pescado para la cena. Allí, en una de las banastas de la pescadería, eché la vista encima del quelonio. El pescadero me dijo que era la última de unas cuantas aparecidas entre las merluzas, y que las otras las había vendido para que hicieran sopas con ellas. Me la llevé a casa por mil quinientas pesetas. Mi mujer la miró y dijo: «Se llama Lorenzo». Tres años después, Lorenzo escogió la libertad en aguas del mar de Arousa. Hasta entonces disfruté del singular privilegio que es la vida íntima con un quelonio vacilón. Me habían dicho que las tortugas comían sólo lechuga, y no era cierto. Un verano la dejamos con un amigo, productor de cine, y nos la devolvió hecha una diva perfectamente acostumbrada a comer jamón de York y gambas peladas. Al año siguiente decidimos que, puesta a esas delicadezas, bien podía venirse con nosotros a O Grove para ponerse hasta las cejas de mejillones. Aún no éramos terratenientes, así que en Galicia nos entregábamos al nomadeo, y aquel año dimos con un chalet de Reboredo donde Lorenzo se volvió loco. El jardín estaba limitado por dos paredes de roca viva, una escalera rupestre y una empalizada que corría al ras del suelo. Nadie me había hablado de la inclinación alpinista de los quelonios, pero Lorenzo me las demostró sobradamente. Apenas veía abierta la puerta de la casa, se lanzaba por la escalera, llegaba dando volatines al suelo y corría a buscar el hueco que no había en la empalizada. Una vez comprobada semejante inexistencia, emprendía la escalada de una cualquiera de las paredes rocosas, y era pasmoso el alarde de entusiasmado tesón con el que se agotaba en aquella empresa imposible. Al año siguiente éramos ya propietarios de una casa en medio del bosque, sin cortaduras rocosas, ni escalera, ni empalizada. Durante los primeros días de estancia, Lorenzo se dedicó a recorrer como un poseso el zócalo de la casa en toda su extensión, enardecido en un ataque incoercible de nervios que atribuimos al régimen de lluvias y de vientos, a la influencia de la luna y las estrellas, al canto del cuco, al olor del raposo, a los diversos humos. Tanto pensamos que, distraídos, dejamos la puerta abierta y Lorenzo se marchó para nunca más volver. Años más tarde, y hablando de estas cosas en la taberna de Pacucha, Pepe Gondar se refirió a una extraña tortuga que apareció un verano en la playa de Moreiras, muy cerca de donde luego se extendería Acquavision Galicia. Me habló de las dificultades para alimentar al animal, hasta que las resolvieron con camarones y embutido de pavo, y de cómo la vieron desaparecer para hundirse en el mar. Coincidían los rasgos del sujeto y la fecha de la fuga. Era Lorenzo. Aún recuerdo una mañana prodigiosa de primavera en la que yo andaba ocioso entre las plantas de la terraza. Lorenzo surgió entre unas macetas, procedente de su letargo invernal, y, puesto el hocico al sol, bostezó. Yo nunca había visto bostezar a un reptil. Fue como si un yelmo de combate abriera súbitamente la boca. Como si bostezara la esmeralda.