EL ESPLENDOR DE LOS OMEYAS

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

28 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Levantada sobre tres terrazas escalonadas estuvo Madinat al-Zahra. La ceñía un cinturón rectangular amurallado. La zona superior estaba ocupada por el palacio del califa, la central adornada de jardines y la inferior poblada por comercios y residentes. En Yabal al-''Arus (la Ladera de la desposada), un amplio campo a las faldas de Sierra Morena, al noroeste de la ciudad de Córdoba, a tan sólo seis kilómetros, desde donde se domina el río Guadalquivir y su vega, comenzó a construírla, a mediados del siglo X, Abd al-Rahman III. Estos trabajos se prolongaron durante cuarenta años, la mitad de los que sobrevivió, pues en el 1010 fue saqueada e incendiada y, luego, rápidamente expoliada y abandonada. De tantas plantas exóticas que allí crecieron en sus jardines, hoy son las adelfas quienes vigilan los despojos. Estos arbustos de flores rojas, moradas, amarillas, blancas, desprenden el olor destilado de los muchos esencieros de cristal de roca derramados por sus tierras, y aún contienen el veneno de las conjuras. A pesar del calor, del deslumbramiento de los rayos del sol sobre las piedras que ya sólo pulen nuestros pasos perdidos, ¡qué temor la sombra de las adelfas! Marcan la memoria de algún doliente olvido sólo calmado por la noche. Por si no fueran pocos sus ilustres restos, han venido a visitarla otros varios desde diversos puntos del Mediterráneo. En el edificio basilical de la terraza superior y en el Salón de Abd al-Rahman III (el Salón Rico), se ha instalado la exposición El esplendor de los Omeyas cordobeses. Recorriéndola nos encontramos con pebeteros, monedas, paneles de madera pintados, frisos, piezas de ajedrez, vasos de vidrio tallado, candiles, esencieros, candelabros, aguamaniles, armas, joyas, cerámicas, celosías y balaustradas de piedra caliza con formas geométricas, estucos, trozos de arquerías, dedales de sastrería y de guarnicionero, pies de braseros, instrumentos quirúrgicos, legones, hoces, balanzas, hachas, azuelas, bocados de caballo, un precioso bote de la Seo de Braga, cajas y arquetas de marfil y esmaltes, así como los dos ciervecillos de bronce cordobeses con sus cuerpos profusamente cincelados, telas y libros manuscritos e impresos como: El collar de la paloma, El Corán, el Tratado de astronomía de al-Birûm; el Tratado de cirugía de al-Zahrâwî; el Tratado de agrimensura de Ibn abdun al-Gabali; el Tratado del astrolabio de Ibn al-Saffâr, el Tratado contra la heterodoxia de Abu Bakr Muhammad, o el Tratado de la azafea de Azarquiel. En el Corán, la luz de Dios se asemeja a un «nicho en el que hay una lámpara; la lámpara está en un cristal y el cristal es como una estrella brillante». Candiles de piquera, de dos piqueras con la inscripción latina hoc opus Salomonis erat y portacandiles de bronce. Todos daban luz, pero ninguna como la que surgía de la lámpara de platillo. Aquí vemos una de la Mezquita de Medina Elvira (Granada) y otra de la Mezquita de Qayrawan (Túnez). Estas corona lucis colgaban del techo. Las pilas de abluciones de mármol blanco tienen sugestivas decoraciones. Capiteles y basas componen un apartado fundamental de la muestra. Hay otras piedras más duras y menos decoradas. Son las escritas con epitafios. El más alentador es el del tesorero del caíd Abd al-Salam, aparecido en Tortosa: «...que el paraíso es verdad, que el fuego es verdad, que la hora viene, no hay duda de ello, y que Dios resucitará a quienes están en los sepulcros». Mientras busco la salida, las adelfas me observan. Miro discretamente hacia atrás y todavía veo mi sombra entre las ruinas.