ANDRÉS PRECEDO LEDO CRÓNICAS DEL TERRITORIO
05 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Estos días el feísmo es un tema de actualidad. Con motivaciones y en circunstancias distintas, a muchos gallegos nos preocupa ver -nunca mejor dicho- nuestros paisajes, nuestras aldeas, nuestros pueblos -y también nuestras ciudades- destrozados, estéticamente enfermos. Es cierto que esto ocurre en muchas regiones españolas -se exceptúan tal vez la Cornisa Cantábrica y ciertos sectores de Cataluña- y es cierto que la mentalidad desarrollista, aún tan vigente entre nosotros e inspiradora de tantas decisiones, tiene algo que ver con esto, y tal modo de pensar -todo lo que sea crecimiento es bueno- puede explicar por qué un país como España padece un feísmo patológico, en contraste con los demás países de la Europa Occidental (Suiza, Francia, Irlanda, etcétera), donde el cuidado del entorno se concibe no ya como una norma que obliga, como una policía limitante, sino como un valor social, como un bien para la colectividad, como una manifestación de cultura. Pero allí el avance cultural, la urbanización y el nivel de renta hace tiempo que alcanzaron niveles más altos que los nuestros. Y algo tiene que ver todo esto. Pero también es cierto que hay una menor permisividad de las autoridades municipales, un modelo de planeamiento urbano y planificación territorial distinto, una educación social en los valores -sean cuales sean- que desarrollan una actitud de respeto a lo del otro. Cuando en una aldea suiza un particular decide pintar su casa, cortar un árbol o hacer cualquier reforma que modifique su imagen, no basta sólo con la licencia municipal correspondiente, sino que antes debe obtener la conformidad de sus vecinos, pues al fin y al cabo son ellos los que van a disfrutar o padecer los resultados de la reforma. ¡Cuántas casas sin licencia! ¡Cuántas licencias sin control! ¡Cuántos planes de urbanismo superficiales! ¡Cuánta suma de irresponsabilidades! Pero también en Galicia hay diferencias. Si trazamos una línea horizontal desde la latitud del cabo de Finisterre -pasando por encima del pueblo de este nombre, por supuesto- hacia el Este, encontramos un balance mejor; desde esa pequeña riviera que algún periodista denominó al armonioso entorno del golfo ártabro (hay excepciones, claro) hasta las ciudades, pueblos y aldeas de las Rías Altas, del Valadouro, de Terra Chá -con excepciones también-, de A Mariña Oriental, o de las esperanzadoras recuperaciones y mejoras de la Costa da Morte. En contraste, el litoral de las Rías Baixas -casi sin excepción- o el interior ourensano -con alguna salvedad- ofrecen un muestrario visual de feísmo inacabable. Las causas son muchas, posiblemente enraizadas todas ellas en un problema cultural. ¿Es que siempre la cultura y la belleza, la armonía y la estética, han de ir unidas? Si pensáramos que esto habría de ser así -yo así lo creo- ya habríamos avanzado algo, porque sería más fácil perfilar el diagnóstico y proponer la terapia. Porque la cultura, o la falta de cultura, inspira la mayoría de las decisiones personales, sociales, políticas. Tal vez por eso se pueda decir que el estado de un país venga dado por el estado de su cultura. Una cultura popular, colectiva, arraigada en las tradiciones, y materializada en las formas, que sabe combinar estética y funcionalidad en un pragmatismo valorizante. El feísmo está presente en muchos pueblos de España, por cierto; pero entre nosotros se expande, se difunde por todas partes: en carreteras, caminos, aldeas, playas, ciudades... en todas partes, o, mejor dicho... en casi todas partes.