ESPIONAJE EN EL SECTOR TEXTIL MANUEL V. SOLA, corresponsal de economía de La Voz
07 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.El examen del compañero de adelante, unos pantalones, una canción, una noticia, el libro de Ana Rosa Quintana... Copiar está al cabo de la calle desde que la imaginación perdió el asalto al poder. Económicamente, copiar es un gran negocio que da trabajo y dinero a una ingente economía sumergida. El espionaje industrial es un negocio muy serio. Hay grandes multinacionales, algunas cercanas, que dedican departamentos y personal muy cualificados al plagio, con artes más o menos confesables. Y la mayoría de las grandes compañías invierten cuantiosas cifras en sistemas de seguridad y protección de datos para evitar que se espíen sus métodos o productos. Contraespionaje. Japón construyó su imperio económico en la posguerra a base de copiar y recrear en Oriente lo que fabricaba Occidente. Superlópez es el hombre más buscado por la industria automovilística norteamericana por «importar» para Volkswagen unas cajas con papeles. La reputación de dos consultoras está en entredicho, y en pleito, por robarse clientes y directivos. Frudesa perdió un juicio contra Pescanova por la «extraña coincidencia» de sus campañas de márketing. Nike sigue pagando abogados para poder introducir su marca en España... Ayer se supo que Roberto Verino está buscando al espía que robó sus ideas y proyectos. Y lo que es más tangible, sus próximos diseños de primavera. Hace unos meses que los hermanos Domínguez de STL denunciaron a la diseñadora Purificación García por algo parecido. Pero las historias más truculentas, el más sabroso espionaje industrial, no suele salir a la luz. Se queda en la oscuridad de los detectives privados, de planos fotografiados con minúsculas cámaras, en miles de millones perdidos en proyectos de investigación y desarrollo, en arreglos privados de despacho. Hace cinco años, PSA llevaba gastados 30.000 millones en el desarrollo de sus nuevos modelos Citroën Berlingo y Peugeot Partner. Una buena mañana cinco directivos y empleados de la fábrica de Vigo pidieron la cuenta. Eso se dijo. El caso es que sólo dos meses después de que Citroën lanzase el Berlingo, su principal competidor, Renault, ponía a la venta el Kangoo, un coche asombrosamente parecido. ¿Espionaje industrial? ¡Quién sabe nada de espías! Lo único que puede contra el plagio es que aún no han aprendido a fotocopiar el talento de Roberto Verino.