Durante las últimas décadas, los españoles fuimos muy reacios a adoptar los cambios automáticos en nuestros coches. Mientras los americanos del norte no entendían de otra solución y los europeos iban descubriendo las bondades de no usar el embrague, en España, cuando salía el tema, surgían multitud de comentarios, muchas veces de corte machista, como si por utilizar un cambio automático fueses peor conductor o flojease la virilidad.
Total, que no comprábamos un coche automático ni a tiros. Éramos, somos aún, muy de pisar a fondo el embrague (para qué nos dio la naturaleza si no el pie izquierdo), hacerlo patinar, empujar furibundamente la palanca de cambios, meter primera y salir, si puede ser incluso haciendo chillar un poco los neumáticos. Eso nos emocionaba. Y eso que los cambios automáticos dejaron de ser aquellos anodinos cambios de variador continuo, lentos y ruidosos, para convertirse en cambios secuenciales de doble embrague y en muchos casos ayudados por levas en el volante, igual que un F1.
Esa tecnología tan avanzada hizo que de aquellas primitivas palancas de cambio pasásemos a otras de tamaño más reducido y recorrido más corto, que todavía hacían más cómodo el cambio automático. Ni siquiera los taxistas -cientos de horas semanales al volante, mil semáforos cada día- se adhirieron a las bondades de dejar la pierna izquierda y el brazo derecho en reposo durante su jornada de trabajo.
Así, casi sin darnos cuenta, fue llegando la revolución eléctrica, esa que nos ocupa y preocupa tanto ahora; llegaron los híbridos, los híbridos enchufables, los microhíbridos y los eléctricos, esos que en los últimos cinco años empiezan a prodigarse en nuestras calles y hacia donde dirigen los comerciales de todas las redes de las diferentes marcas a sus clientes cada vez que pisan un concesionario.
Y ahí sí que abrazamos la nueva tecnología (no nos queda más remedio), y en este último año uno de cada tres vehículos vendidos en España son electrificados. Pero a lo que íbamos, todos ellos son automáticos. Es decir, que ya no le hacemos ascos a lo de dejar descansar el pie izquierdo y el brazo derecho.
Y así podemos comprobar cómo las palancas de cambios de todos esos coches eléctricos se van haciendo cada vez más pequeñitas, más insignificantes dentro de las consolas de los nuevos modelos, incluso convirtiéndose poco a poco en meros juguetitos como un «joystick» o, incluso, que es lo que nos queda en adelante, en cuatro botones, como vemos en la foto. El N para el punto muerto, el P para bloquear el coche cuando se aparca, para encenderlo o apagarlo, y después el D para ir hacia delante y el R para ir hacia atrás. Es decir, sale usted de su casa para irse a Madrid, por ejemplo, y solo tendrá que pulsar el botón D una vez para llegar a su destino. Y lo mismo para pasear por la ciudad. Cómodo, ¿no?
Pues eso, que sin quererlo, por el precio de la revolución eléctrica en el automóvil de paso nos regalan la revolución automática.
Mis hijos dicen que ellos aún prefieren los cambios manuales, pero quizás porque aún no conocen los reumatismos, las lumbalgias, la ciática, los pinzamientos o las contracturas.