Pocas veces como en esta ocasión un comienzo de año ha traído consigo la sensación de cambio de época, generalizándose el presagio de que en los próximos meses veremos cosas que hace poco no podíamos ni imaginar. Tras el blitz (forma bélica que mejor cuadra a esta era de súper aceleración) en Venezuela, la instalación de una especie de protectorado económico en ese país, con la descarada intención de hacerse con sus recursos, inaugura un tiempo nuevo, y probablemente no tardaremos en ver intervenciones en otros lugares. El propio protagonista, Donald Trump, lo ha dicho de forma meridiana: «No hay nada que pueda detenerme. No necesito la ley internacional». De un modo aún más brutal lo ratifica su asesor principal, Stephen Miller: «Son las férreas leyes del mundo desde el principio de los tiempos (…) el mundo gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder».
De modo que dejamos atrás un escenario en el que —con todos los defectos que se quiera señalar— reinaban unas reglas claras y un juego de equilibrios (lo solíamos llamar globalización), para avanzar hacia otro muy distinto, gobernado por la fuerza. ¿Estamos ante un retorno del colonialismo? ¿Podemos hablar de neoimperialismo, algo que recuerda al «gran garrote» de Theodore Roosevelt, presidente norteamericano hace algo más de cien años? Hay una palabra que quizá defina mejor lo que estos días estamos viendo: bandidaje.
Sobre si en los episodios recientes hay un elemento de improvisación o responden a una estrategia clara y firme, puede haber dudas, al igual de lo que representan en relación con el ascendente poder de China: ¿Se trata de un reparto de zonas de influencia, más o menos pactado, o va en la línea de una confrontación directa? Probablemente haya algo de todo eso, pero cada vez está más claro que en los próximos años, seguramente décadas, la batalla tecnológica y geopolítica entre las dos grandes potencias irá a más (es la famosa «trampa de Tucídides», enunciada por el politólogo Graham Allison, según la cual dos superpoderes, uno emergente y el otro en retroceso, están destinados al conflicto).
De momento, la reacción china ha sido tan silenciosa como contundente. Sobre todo en el plano financiero. El país asiático sigue vinculado al sistema de dominio norteamericano, pero cada vez extiende más su propio régimen de pagos transfronterizos (el denominado CIPS). Pues bien, desde la pasada semana esa línea de acción se ha reforzado considerablemente, sobre todo en entorno de los Brics. Este punto es de la máxima importancia, pues en algunos aspectos —como el comercial— el retroceso de la globalización se viene produciendo desde hace más de una década, pero apenas ha ocurrido en el ámbito de los mercados de capital. Por el contrario, en esta nueva era de economía de la fuerza la fragmentación de las finanzas podría avanzar de una forma rápida y firme.
Un mundo de relaciones económicas internacionales basado en el poder blando, la búsqueda de la reputación y un cierto equilibrio entre las respuestas de los gobiernos y los mercados parece quedar atrás. Más tarde o más temprano ello llevará a la ruina a los que han sido sus principios institucionales básicos, como la definición de reglas para las políticas económicas o la independencia de los bancos centrales (¿cómo extrañarse de los ataques recientes al presidente de la Reserva Federal?) Principios que suenan a cosa pasada, pues nada de eso cabe en los planes de Donald Trump / Ubú Rey (por recordar al atrabiliario autócrata de la obra teatral de Alfred Jarry que dio paso al absurdo en la historia de la literatura).