¿Criptomonedas?


Cuando un tema llega a las conversaciones de los supermercados o las peluquerías es que ha alcanzado la importancia suficiente para tenerlo en cuenta. Desde mi experiencia, este es el termómetro más eficaz para conocer las cuestiones reales que preocupan a la gente de la calle. Hace ya dos décadas, recuerdo que en este tipo de tertulias se empezó a hablar de las inversiones en las empresas conocidas como «puntocom». Todos los vecinos parecían de pronto haberse convertido en grandes expertos y compartían sus resultados y éxitos con orgullo. Hasta que un día estalló aquella burbuja y las charlas sobre las puntocom desaparecieron.

Hace unos días, mi radar volvió a detectar una de estas modas que se incorporan de forma recurrente a las conversaciones del barrio: las criptomonedas. Algo que creía limitado a foros profesionales forma parte ya de nuestra vida cotidiana, así que entendí que había llegado el momento de hablar del tema. Y lo primero que me sugiere que un concepto, a priori tan técnico, haya alcanzado el nivel de la calle es la necesidad constante del ser humano por descubrir el Dorado. Casi desde que el homo sapiens se irguió y se puso a caminar sobre dos patas, todos sus anhelos han pasado por encontrar ese golpe de suerte que les permitiera conseguir la riqueza fácil.

La búsqueda del Dorado -una ciudad totalmente de oro cuyo hallazgo llevaría a sus descubridores a la máxima gloria- forma parte, todavía, de un sueño compartido. Esa es, precisamente, la motivación que nos lleva a jugar a la lotería, al cupón de la ONCE, a la Primitiva… o, en casos más particulares, a visitar el casino, el bingo del barrio o una casa de apuestas deportivas. ¿El objetivo? Ese sueño latente en nuestra memoria colectiva de que la diosa Fortuna nos tocará un día con su varita y, de pronto, seremos ricos y podremos realizar todos nuestros sueños. Sin embargo, algo que parece un simple juego o incluso una tradición (véase la lotería de Navidad) puede convertirse en un problema si pone en riesgo nuestra economía y la estabilidad financiera familiar.

Hay múltiples ejemplos en la historia de una euforia desmedida por encontrar fácilmente la riqueza. Allá por el siglo XVII, en los Países Bajos se empezó a especular con los bulbos de tulipanes. La inversión en determinados tipos y colores hizo crecer tanto el mercado que, en pocos años, se convirtió en una forma rápida de conseguir dinero y todo el mundo se lanzó a comprar. Hasta que el mercado se hundió y la gente despertó de su espejismo.

A finales del XIX, la fiebre del oro americana en California o la inversión en compañías de ferrocarriles son claros ejemplos de esta fiebre por el dinero rápido. Sin ir tan lejos, además de las puntocom, hemos vivido la crisis inmobiliaria, que desmintió la idea recurrente que la vivienda nunca baja, y es que, en algunas circunstancias, su precio desciende, y mucho.

Y se preguntarán a qué viene este repaso histórico si he empezado hablando de criptomonedas. Pues bien, porque creo que esta nueva moda de inversión tiene algo de ese deseo ancestral por encontrar dinero rápido y fácil.

Todas las experiencias que se comparten son excepcionalmente positivas. Todos los que dicen haber invertido aseguran haber conseguido rentabilidades extraordinarias, han duplicado o cuadruplicado su dinero. Y ante este relato, ¿quién puede abstenerse mientras el resto consigue el éxito fácil? La tentación, como es lógico, es enorme.

En este sentido, no puedo menos que recomendar de nuevo la planificación financiera como la mejor solución para dotar de estabilidad a nuestras finanzas y alcanzar tanto los objetivos como la tranquilidad familiar. Como ya he escrito en otras ocasiones, se debe hacer un análisis completo de los ingresos familiares y de la capacidad de ahorro. Así, una vez planteadas cuáles son nuestras metas vitales (comprar una vivienda, pagar la universidad de los hijos, complementar la pensión…), podremos establecer el sistema más adecuado para canalizar esas inversiones y conformar mes a mes las partidas necesarias para cada uno de estos objetivos.

Lógicamente, no es lo mismo invertir para la jubilación a largo plazo que hacerlo para cambiar el coche a medio, o tener un remanente suficiente que nos permita afrontar el día a día y los posibles imprevistos. Como podréis deducir, jugárselo todo a una carta no entraría dentro de una planificación estructurada y supondría apostar a cara o cruz el dinero del que disponemos para cada una de esas metas.

Obviamente, desconocemos qué pasará en unos años pero, hoy por hoy, no podemos considerar el bitcoin como una inversión por la limitada transparencia de sus garantías reales. Su liquidez limitada lo convierte en una herramienta de especulación, y su elevada volatilidad impide que, de momento, pueda utilizarse como una divisa. Es cierto que hay fondos que utilizan el bitcoin en busca de rentabilidad, pero lo que hacen los gestores de esos fondos es usarlo como herramienta especulativa, comprando un derivado, un futuro sobre la criptomoneda, pero que siempre se liquide en euros o dólares.

Lo mismo ocurre con las inversiones en los mercados. Lo recomendable no es centrarnos en un valor concreto, sino todo lo contrario. Se trata de aplicar la máxima diversificación más allá del Ibex-35, en diferentes sectores, empresas, países, etc. de manera que anclemos nuestras inversiones al impulso de la economía mundial.

En conclusión, la estructuración de nuestros objetivos vitales nos va a permitir conseguirlos con una planificación financiera adecuada y serena. Efectivamente, este planteamiento carece de la emoción y la adrenalina que produce la búsqueda del Dorado, pero hay que preguntarse: ¿estás dispuesto a jugarte el dinero de la universidad de tu hijo a cara o cruz? ¿Y el coche? ¿Y la jubilación?

IVONNE POUSA ES RESPONSABLE DE BANCO MEDIOLANUM EN LA ZONA NORTE DE ESPAÑA

 

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