La mujer del César

Albert Bourla, presidente y consejero delegado de Pfizer, ha estado envuelto en la polémica por la controvertida venta de sus acciones en la compañía, una operación con la que ingresó 5,6 millones de dólares


«Hoy es un gran día para la ciencia y la humanidad». Así celebraba hace ya más de una semana Albert Bourla (Salónica, 1961), presidente y consejero delegado de Pfizer, que la vacuna de la farmacéutica va por buen camino. Tanto como que tiene una efectividad de más del 90 %, se dijo en aquel momento. Por fin una buena nueva en medio del erial de la pandemia. No faltaron, claro, los aguafiestas. Que esto no se ha acabado. Sí, lo sabemos. Que hay que ser cautos. Por supuesto. Que es pronto para lanzar las campanas al vuelo. También. Pero, permítannos, señores científicos -ustedes que precisan datos y evidencias y no solo anuncios para dar rienda suelta al regocijo- , colarnos a los ciudadanos de a pie por esa rendija de optimismo. Que falta nos hace. Y respirar un poco, hombre. Sin quitarse la mascarilla, eso sí.

Lo mismo pensaron las bolsas. Bueno, más bien los inversores. Que los mercados no tienen vida propia. Ni sentimientos, ya se sabe. Se entregaron a la euforia. Y las cotizaciones, claro, subieron como la espuma. La de Pfizer, la primera. Para Bourla, además, la celebración fue doble. Una, por la buena acogida que el mundo entero dispensó a los avances de la farmacéutica; y dos, porque, solo unas horas después de su proverbial anuncio, vendió unas 130.000 acciones de la compañía por 5,6 millones de dólares. Un 10 % por encima del precio al que las compró.

De esto último no se supo nada hasta el día siguiente. Pero más de uno se llevó las manos a la cabeza. ¡Vaya faz! Pensaron muchos. Pero analicemos si Bourla, veterinario él, licenciado por la Universidad de Aristóteles, y con una larga trayectoria en la industria farmacéutica (lleva en Pfizer más de 25 años) obró mal con esa venta. Ilegal, lo que se dice ilegal, no es. Por partes, para que se entienda mejor. El CEO de Pfizer ejecutó la operación después de que se hiciera pública la noticia. No antes. Sobre el papel, tenía la misma información que los demás para tomar la decisión de vender o no. Y, además, esa orden de venta se la dio a su banco mucho antes. En abril, para ser más exactos, según la información que obra en poder de la SEC, la autoridad bursátil estadounidense.

Así que legal, es; pero conveniente... igual ya no tanto. Suspicacias despierta, desde luego. Y muchas. Entre las primeras que se le vienen a una a la cabeza, esta: ¿De verdad que sabe Bourla de la vacuna de Pfizer lo mismo que sabemos el resto? No sé, no sé...

Tampoco es descabellado sospechar de un anuncio que es solo eso, un anuncio. Sin pruebas que lo respalden. Sobre todo, cuando una semana la eficacia es del 90%, y pocos días después, tras anunciar un competidor -Moderna para más señas- que la suya es más potente, igualas la apuesta. Algún malpensado puede concluir que es más una maniobra para calentar el precio de las acciones que otra cosa. Bien cierto es que eso de que las farmacéuticas creen expectativas en torno a sus medicamentos está a la orden del día. Raro no es. Lo que ya no resulta tan habitual es que sus directivos vendan acciones al calor de esas expectativas. Y en Pfizer no ha sido Albert Bourla el único que lo ha hecho. Sally Susman, vicepresidenta, también. El mismo día que su jefe. También había dado la orden hace meses. Sea como fuere y para evitar la polvareda que se ha levantado, bien podían haber llamado a sus gestores para parar la venta y dejarla para más adelante. Porque si la vacuna defrauda las expectativas, las sospechas no harán otra cosa que crecer. ¿Qué necesidad tenían? Se pregunta una. En resumidas cuentas, que, aunque griego, Bourla debía habérselo pensado dos veces y tenido en cuenta eso tan romano de «la mujer del César no solo debe serlo, sino también parecerlo».

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