Los profesionales del país, que dan vida a un sector clave para la economía, han bajado su actividad un 70 % por la caída del turismo y viven su peor momento en décadas
08 nov 2020 . Actualizado a las 05:00 h.«Abro mi tienda para ventilarla, porque no vendo nada», se lamenta Abdellatif al Chekrouni, un comerciante que trabaja en su local de la medina de Rabat, un taller vacío como todos los de su entorno. Este artesano, que vende desde bolsos de cuero hasta alfombras de lana, atribuye la disminución de las ventas al desplome del turismo, que supone un 6,7% en el PIB del país, y que depende de los visitantes extranjeros. A pesar de que una gran parte de la producción local está destinada al mercado interno, los visitantes foráneos -13 millones en 2019- son los mayores consumidores de los productos artesanos que encuentran en zocos y bazares.
Esto ha empeorado todavía más la situación del sector, ya que Marruecos ha cerrado sus fronteras este año durante seis meses como medida preventiva contra la propagación del coronavirus. «Se me ha estropeado buena parte de la mercancía por los tres meses en que estuvimos cerrados durante el confinamiento, y el Estado ni nos ha ayudado, ni se ha preocupado por nosotros», lamenta Al Chekrouni. Y aunque el pasado 6 de septiembre el Gobierno decidió una reapertura condicionada de sus fronteras para los turistas (con un test PCR obligatorio), su llegada se está registrando con cuentagotas y por el momento solo en la ciudad de Marrakech.
En el sector de la artesanía en Marruecos operan casi mil empresas, que trabajan en la producción, la distribución y la exportación. De ellas, solo 120 forman parte de la Federación Marroquí de Empresas de Artesanía (FEA, afiliada a la patronal), siendo el resto pequeños negocios familiares no federados. El presidente de la FEA, Mohamed Khalid Alami, explica que el 90 % de empresas de artesanía se han visto dañadas de alguna manera y la producción ha caído hasta el 70 %. Para dar una idea de cómo la crisis del turismo afecta al sector, Alami explica que, según los estudios de la FEA, cada turista que visita Marruecos hace un gasto de 150 euros en artesanía, en forma de regalos y recuerdos: babuchas y bolsos, cerámica, marquetería, bisutería y alfombras, principalmente. En aras de preservar los puestos de trabajo, Alami pide al Gobierno préstamos privilegiados para las empresas o la creación de un fondo estatal para promover el sector, además de habilitar nuevos espacios para comercializar la producción artesanal entre la población local, como los hipermercados. El sector de la artesanía emplea a 2,3 millones de personas, de los que más del 80 % trabajan solos, y el valor de sus productos destinados a la exportación llegó a 800 millones de dirhams (75 millones de euros) en 2019.
En la filial de la Casa del Artesano, una institución pública en Rabat situada en la medina, hay varios talleres de artesanía, la mitad de ellos cerrados. El de Achraf, de 35 años y fabricante de puffs de cuero, es uno de los que siguen abiertos, pese a que sus ventas están congeladas a falta de comerciantes que le compren. «Estamos en quiebra. No puedo pagar ni el alquiler de mi casa», se lamenta. Su vecino, Abdelilah Rauf, de 48 años, trabaja en un taller de encuadernación y cuero para oficinas, y apenas ha vendido nada en las últimas semanas.