Trampa en «Chimérica»


S i hay algo que se ha movido en estos meses de hibernación es el panorama geopolítico. Cada día que pasa aparecen nuevas sanciones, amenazas, retornos a la negociación, en un juego mutuo de palo y zanahoria, entre las dos grandes potencias del momento, Estados Unidos y China. El origen chino de la pandemia, su aparente éxito posterior para resolverlo frente a los problemas norteamericanos, la forma de afrontar el papel y las responsabilidades de la OMS, son motivos para el aumento de la tensión, detrás de la cual está la búsqueda del famoso relato sobre quién saldrá vencedor en la crisis sanitaria. Todo indica, sin embargo, que detrás de estas batallas hay algo más profundo y trascendente.

Con tasas de crecimiento económico que en algunos momentos superaron el 14 % interanual, China ha protagonizado en las últimas décadas el proceso de transformación económico y social más acelerado del que seguramente se tenga noticia: sus ciudades, sus sistemas productivos y de transportes mutaron a unos ritmos y a una escala desconocida, hasta alcanzar su PIB los 11,5 billones de euros en el 2018 (frente a un billón en 1999). En este tiempo, el país asiático se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la globalización, en cuyas cadenas de valor ha ido ocupando posiciones cada vez más decisivas. Se llegaría así a una especie de proyecto compartido: Chimérica, gran conglomerado de poder económico en la economía mundializada. Un triunfo pleno del hipercapitalismo, en el que dos países que poseen sistemas políticos diferentes rivalizan, pero también cooperan en un reparto de papeles que, al cabo, beneficia a ambos.

Sin embargo, en los últimos meses el elemento de rivalidad está imponiéndose con claridad sobre la cooperación. Es evidente que China ha ampliado notablemente su influencia estratégica en muchas partes del mundo. En Asia, desde luego, pero también en África y América latina. Por lo que respecta a Europa, aprovechó la crisis anterior para tomar el control de algunas infraestructuras clave; y su importante cartera de bonos norteamericanos le proporciona buenas cartas en toda negociación. Pero, sobre todo, el Estado y algunos gigantes empresariales chinos han ido disputando cada vez más la superioridad tecnológica norteamericana, sobre todo en los ámbitos clave de la digitalización y la inteligencia artificial, hasta el punto de que ahora son ellas las que parecen disponer de una ventaja. En esas condiciones, una grieta profunda se ha abierto en Chimérica.

Hace casi 2.500 años que Tucídides narró la Guerra del Peloponeso, concluyendo que el ascenso de Atenas y la caída de Esparta fue una «trampa» mortal que hizo inevitable el conflicto abierto. Pues bien, en el 2017 el politólogo Graham Allison aplicó esa idea -la trampa de Tucídides- a las relaciones chino-norteamericanas: en este caso la potencia ascendente sería la oriental, frente a un declinante liderazgo norteamericano (algo que con Xi Jinping y sobre todo con Trump se ha hecho más evidente). No se trata, claro, de una guerra convencional, con cañones y bombas. Pero si lo vemos en relación con el comercio y en el decisivo ámbito de las tecnologías que marcarán el futuro a veinte años, la presencia de una trampa de ese tipo parece cada vez más verosímil y amenazadora.

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