Europa empieza a dar la espalda a China para relocalizar producción

Ya hay planes en marcha para recuperar autonomía, pero los expertos creen que «la vuelta a casa» no será completa


En el mes de febrero nadie quería reconocer lo obvio: que el apagón de las fábricas chinas dejaría sin combustible a las factorías europeas. Las plantas de montaje de automóviles en España dependen en buena medida de los suministros del país asiático, por eso la escasez de piezas, como las baterías, entorpeció la cadena de producción. No fue el único sector que se vio obligado a pisar el freno. Un buen número de empresas tecnológicas, también gallegas, tuvieron que buscar de la noche a la mañana nuevos proveedores porque los componentes electrónicos chinos no llegaban, según reconocieron empresarios del polígono de San Cibrao. La historia se repitió cuando la crisis sanitaria arreció y amenazó con desbordar los hospitales. Los españoles se dieron cuenta, con pavor, de que su protección estaba en manos de Pekín.

Dominio manufacturero

El mercado mundial de mascarillas y equipos de protección está copado por proveedores del gigante asiático. Su adquisición se convirtió en una odisea, tanto por la escasez como por los precios astronómicos que alcanzaron. Cuando los españoles se pusieron manos a la obra para garantizar la producción nacional, surgió otro contratiempo: faltaba caucho para hacer las gomas. De nuevo los ojos se volvieron a China. Por eso cuando los laboratorios europeos empezaron a notar la escasez de ingredientes activos (IAP) para dispensar fármacos genéricos, a nadie le extrañó. El país asiático había cortocircuitado la cadena de suministro en la que se había erigido en una pieza indispensable. El problema estriba, según los expertos, en la creciente y desproporcionada dependencia de las manufacturas chinas. Un fenómeno que arrancó con la entrada del país en la Organización Mundial del Comercio a principios del milenio. Por entonces, todavía quedaban talleres textiles y de calzado en España. El déficit manufacturero en términos comerciales era de 655 millones de euros en el 2000. Hoy esa brecha se ha ampliado hasta los 4.361 millones, y sigue creciendo.

Mientras la Unión Europea perdía un 9 % de su peso en la actividad manufacturera global (y 10 millones de empleos vinculados), Japón un 4,6 % y Estados Unidos un 6,2 % (del 2000 al 2014), China devoraba el mercado. Arrebató a sus competidores más del 17 % de la cuota total y se ganó a pulso que la bautizaran como «la fábrica del mundo».

¿Por qué no se frenó ese proceso de deslocalización y progresiva dependencia? Cada potencia se especializó en un tramo de la cadena. Mientras Pekín apostaba por la actividad intensiva en mano de obra barata y sin gran complejidad tecnológica, los europeos y estadounidenses optaron por competir en servicios y productos de alta tecnología.

La estrategia no fue del todo exitosa. Sectores como el textil han perdido competitividad con la apertura del mercado al país asiático y otros siguen en la cuerda floja, como el de componentes electrónicos. Este es el que más preocupa a los expertos: «Ha sido la actividad manufacturera más afectada por la pérdida de peso de la Unión Europea en los mercados globales. Si persiste, puede dañar las capacidades de innovación y erosionar el crecimiento de la actividad», señala David Martínez Turégano, en un informe elaborado para la Comisión Europea.

Diversificación

Fue el comisario de Comercio Interior, Thierry Breton, quien subrayó en plena pandemia la importancia de romper el cordón umbilical con China, buscar otros socios para diversificar las fuentes de suministro y recuperar industrias desmanteladas. Lo hizo después de ver cómo los españoles y franceses improvisaban y reconvertían las factorías automovilísticas en fábricas de respiradores. Sus precios se triplicaron. «Hemos ido demasiado lejos en la globalización. Esto tiene que cambiar», deslizó ante la Eurocámara. Según el francés, la dependencia es «extrema», por eso es tan importante acelerar el plan de reactivación industrial. Los países europeos pueden ganar autonomía e independencia estratégica.

Esa hoja de ruta comenzó el 10 de marzo. En esa fecha, el Ejecutivo comunitario sentó las bases para iniciar una nueva carrera industrial: «No podemos permitirnos una simple adaptación, está en juego la soberanía de Europa», advertía en su documento en el que se alentaba a traer de nuevo a la Unión «más procesos de fabricación». En baterías eléctricas, el Continente está a la vanguardia, pero en digitalización, China y Estados Unidos van en cabeza. Además existe una enorme dependencia de materias primas críticas para mercados como el de la electromovilidad, las energías renovables, las aplicaciones digitales, la industria aeroespacial o los productos farmacéuticos. Bruselas está pergeñando una iniciativa para producirlos en la UE. 

Retorno parcial

Pero, ¿cuán realista es un escenario de regreso de la industria? Los últimos movimientos en factorías de automóviles o los cierres de las empresas del aluminio no invitan al optimismo. Sin embargo, los expertos creen que la vuelta es posible, más si se tiene en cuenta que los costes en el país asiático se han disparado. No ocurrirá hoy, ni mañana. Es una inversión a largo plazo: «No será necesariamente una vuelta a casa, pero puede ocurrir», sostiene el economista Emilio Ontiveros. En su opinión, «muchas empresas se están dando cuenta de que las cadenas de valor internacionales, de producción transfronteriza, no pueden depender excesivamente de China. Puede haber una reconsideración de las localizaciones. Quizá su protagonismo sea menor». Hay medios, conocimiento y capital humano. Faltan las inversiones. Ahora que por fin la Comisión Europea está dispuesta a endeudarse por primera vez en su historia para sufragar el relanzamiento de las economías, se abre una ventana de oportunidad.

Gigantes industriales

Las multinacionales todavía tienen alternativas en otros países asiáticos como Vietnam o Indonesia. Así que muchas no volverán. Pero el futuro se juega en otro terreno: crear gigantes europeos, con la digitalización y la economía verde por bandera. Por eso se están revisando de urgencia las normas antimonopolio. Sin «supercampeones » no se podrá competir. El escenario que le espera a España, a pesar de los cierres recientes, no es tan pesimista. ¿Qué pasará con el sector del automóvil,? «España es importante en el ensamblaje de componentes. Tenemos empresas eficientes y con capacidad de supervivencia. Tendrán que reinventarse», asegura Ontiveros. Aunque muchas de las empresas tienen la matriz en otros países europeos, las sinergias podrían revitalizar la industria española.

La hora de la soberanía industrial

M. Sío Dopeso

Los cierres de Alcoa en Lugo y de Nissan en Barcelona son señales de alerta de una industria española en crisis abandonada a su suerte. Alemania y Francia inyectan millones en empresas y sus sectores estratégicos. Para Galicia el desafío es doble: ¿proteccionismo o deslocalización?

La necesidad de material sanitario para afrontar la pandemia puso en evidencia la debilidad del sector industrial español y su fuerte dependencia de los mercados internacionales para abastecerse de productos tan sencillos de producir como mascarillas sanitarias.

Ahora, tras los estragos económicos que deja a su paso la crisis sanitaria, los socios europeos protegen a sus empresas y sectores estratégicos con ayudas millonarias, (Alemania sale al rescate de Lufthansa con 9.000 millones de euros; Francia protege a PSA y Renault con 8.000 millones), mientras en España arrecian los cierres, como los de Nissan en Barcelona, o Alcoa en Lugo; que suman 4.000 despidos más al largo reguero de puestos de trabajo y riqueza industrial destruidos por el incesante goteo de deslocalizaciones que se viene produciendo desde la crisis del 2008.

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