La desventaja europea


A medida que se suceden los episodios de dificultades agudas -de los que desde 2008 hemos tenido unos cuantos- va quedando más claro que la eurozona está pésimamente equipada para los malos tiempos. En su diseño inicial hubo olvidos clamorosos, desde la definición de un espacio bancario único a la grave ausencia de algo parecido a un política fiscal común, apenas paliada por las reglas de déficit y deuda pública. Durante sus primeros años de existencia, la expansión permitió enmascarar esos fallos, que con la llegada de la crisis financiera quedaron dramáticamente de manifiesto.

Aunque a partir de entonces se produjeron algunas reformas (creación de una Unión Bancaria, etcétera), Europa siempre fue por detrás de las otras grandes áreas del mundo desarrollado. La falta de política fiscal común se reveló como un lastre para poner en marcha grandes programas de impulso compartido de la economía, tal y como hicieron Estados Unidos o Gran Bretaña. Y la ausencia de un mecanismo de deuda mancomunada, que hubiera permitido afrontar mejor las turbulencias en los mercados de capital (como ocurrió, por ejemplo, con el quebrado estado de California), dejó a los países más golpeados a los pies de los caballos. Solo la actuación del BCE, saltándose en parte sus criterios fundadores, permitió evitar lo peor en esos años. No es de extrañar que la reactivación norteamericana haya sido más intensa, rápida y completa que la europea.

Lo peor es que ahora, cuando es imprescindible una contundente acción pública para elevar cortafuegos frente al tsunami recesivo, la vieja desventaja europea se está reproduciendo. En EE.UU. están en marcha programas de impulso por valor de tres billones de dólares, mientras las dificultades de la UE para aprobar sus planes están a la vista de todos. A favor de esta última hay que decir que ahora el retraso parece que será solo de semanas o meses y que las líneas de acción ya aceptadas suponen varios pasos adelante en relación con lo hasta ahora conocido. Pero sus cifras no admiten comparación con las de otras grandes áreas y, sobre todo, su diseño final está aún amenazado por las muchas dudas y agrios debates en torno a cuestiones clave, como la condicionalidad o no de los préstamos del MEDE y, sobre todo, la forma de financiar el macrofondo de recuperación y su concreción en préstamos o subsidios.

¿Habrá finalmente un acuerdo razonable? Cabe conjeturar que sí, por dos razones principales. Primero, porque pronto será necesario un escudo común para hacer frente a las presiones de los mercados de bonos, y con la acción del BCE acaso ya no baste. Llegaría, además, cuando cada vez es más difícil sostener la historia de «cigarras frente a hormigas», dada la evidencia de que algunas de las supuestas economías «virtuosas» presentan sus propios pecados (en Holanda, la enorme deuda privada y una descarada competencia fiscal). Y segunda razón, porque la autorización parcial de ayudas estatales a empresas (1,8 billones de euros, más de la mitad en Alemania) están poniendo en riesgo el mercado único, que es el corazón mismo de la integración europea. Coyuntura fuertemente recesiva, tensión en los mercados y ruptura del mercado único crean un cóctel de enorme peligro que hay que contrarrestar ya. No hacerlo sería suicida.

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