¿Quién es el cliente?


Director general de Cesuga

Una agenda económica debería ser como un traje a medida de un cuerpo, adaptarse a unas necesidades, comprender las medidas, entender al cliente, sus gustos, sus preferencias. Y la verdad, desde que leí el documento de gobierno de PSOE-Podemos, solo me hago una pregunta: ¿Quién es el cliente? Desde luego, le puedo asegurar una cosa, yo no soy. Tampoco pasaría nada. ¿Pero es usted? Hágase la pregunta. Me temo que estamos ante un postureo más propio del que busca las luces y los flashes que ante una agenda que debería tener una única verdad: nos enfriamos a velocidad de vértigo, y tampoco pasa nada porque nos anclemos en una tasa de crecimiento del 1,5 % del PIB.

 Bueno, no les pasa nada a aquellos que tienen empleo en empresas saneadas y solventes, porque a los otros, a los que todavía no han salido de las negras listas del paro, esos han de saber que las tasas de crecimiento del empleo serán mínimas. Y a lo mejor tampoco pasa nada, cronificamos el desempleo, fortalecemos la política de subsidios y para pagarlos ampliamos la presión fiscal. ¿Si no recaudamos lo suficiente? No será su culpa, no, que va, la tendrá usted, esencialmente si su vida económica le ha ido francamente bien. O, al menos, eso han de pensar aquellos que superen los 130.000 euros. Ahora el nuevo mantra oficial afirma que no son lo suficientemente solidarios, ya ve. Afirman que el salario mínimo deber ser el 60 % del salario medio de Europa. Con esa misma verdad, nos esconden que el tipo marginal máximo del impuesto de la renta lo alcanzamos sin superar en tres veces nuestro salario medio (2,4). Solo pasa aquí.

En Alemania, 5,4 veces, en Francia, 14,3, en Portugal, 15,3, Japón, 8,5, y así en la mayoría de naciones equivalentes. Si deseamos aplicar el discurso social europeo, con la misma coherencia deberíamos mover el tipo máximo actual hasta los 150.000 euros. Ya, imposible, porque automáticamente saldrían con el concepto de justicia social. Ante esto, recordar las lecciones de Amartya Sen, cuando nos explicaba la profunda carga ideológica y de subjetividad que se esconde detrás del concepto de Justicia. Si España está dividida por lo territorial, con el desgarro que está suponiendo, lo que ya nos destrozaría es una división por lo social. ¿Deseamos hablar de recaudación? Hablemos del IVA y de paso que alguien explique, por ejemplo, por qué el nuevo estigmatizado social, el que gana 130.000 euros, recibe un subsidio impositivo cada vez que adquiere una lechuga o un tomate. Eso es lo que es abonar un IVA del 4 % y no del 21 %. Ya, beneficiamos a las rentas altas para no perjudicar a las más humildes. No lo compro. A partir de la Encuesta de Presupuestos Familiares tenemos una visión exacta de la cesta de la compra de todos los segmentos de renta. Basta con crear, para compensar, un sistema de transferencias a las rentas más débiles. Pero no, toca estigmatizar. Como la demonización a la que hemos sometido a las Sicav. Estas sociedades de inversión llevan más de un año escapando, muchas para Luxemburgo. Desde su nueva sede, y posiblemente también con nuevos gestores, seguirán operando en los mercados internacionales, lo que ya no tengo tan claro es que sigan eligiendo, como destino, la renta variable nacional. Menos demanda para las acciones de nuestras cotizadas. Somos brillantes.

Es evidente que existen diferentes políticas económicas, unas testadas y probadas, otras meras elucubraciones. Unas diseñadas para generar crecimiento económico, otras para ganar elecciones, pero lo que nunca debemos permitir es que las políticas económicas nos dividan, como siempre ansió el comunismo, entre ricos y pobres, entre privilegiados y humillados, que alguien nos fracture, porque de esas heridas solo salimos con dolor, mucho dolor.

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