El capitalismo, a debate


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Anoten estos nombres y estos títulos: Branko Milanovic (Capitalism, Alone), Thomas Piketty (Capital e ideología), Shoshana Zuboff (The Age of Surveillance Capitalism), Colin Mayer (Prosperity), Paul Collier (The Future of Capitalism)… Son libros que ahora mismo se están leyendo de un modo masivo, y no solamente en universidades o centros muy especializados; algunos de ellos -sobre todo el de Piketty- son verdaderos éxitos editoriales. ¿Su característica común? Que todos tratan acerca de problemas profundos del sistema económico en el que vivimos y contienen alguna invitación al cambio. De pronto, un fantasma recorre Europa y el mundo: la reforma del capitalismo. 

Recuérdese que esa expresión -«reformar el capitalismo»- fue empleada en los inicios de la crisis financiera por el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, causando notable sorpresa. Y no es raro que así fuera, pues a lo largo de los treinta años anteriores el propio término capitalismo había caído en desuso (quizá porque recordaba demasiado a las viejas controversias con el marxismo), a favor del mucho más aséptico economía de mercado. Eran años en los que se aceptaba sin más el argumento del «fin de la historia» (por cierto, mal entendido, pues su autor, el sociólogo Francis Fukuyama, pretendía decir algo más sutil e interesante), en el que la combinación de democracia e imperio del puro mercado habían venido para quedarse para siempre. En lo estrictamente económico, la promesa de un crecimiento estable y sin fin (¡un mundo al fin sin ciclos!) justificaba eso que a partir del 2008 pasó a verse como un error y una simpleza.

Y ello ocurrió no solamente porque la evolución de la economía se volvió mucho más azarosa y llena de sobresaltos; también porque se rompió la incauta identificación entre crecimiento y progreso social. Ahora se comenzaba a ver con claridad que debajo de la apoteosis de los mercados crecientemente liberalizados había en realidad varias bombas de tiempo. Entre ellas destacaba la presencia de una desigualdad creciente en el reparto de renta y riqueza en el interior de los países desarrollados, por lo general asociada a un deterioro de la igualdad de oportunidades y a una pérdida de status de la clase media. También la extraordinaria polarización entre territorios: ciudades globales frente al país profundo, vinculado a sectores tradicionales; élites acopladas a la dinámica de economía ligera y vida acelerada frente a amplios sectores sociales inadaptados ante esos cambios. Sin olvidar que en este tiempo se han reforzado las posiciones de poder desmesurado en algunos sectores que marcan las tendencias de futuro (sobre todo, en lo relacionado con la digitalización masiva). Los perdedores del capitalismo triunfante resultaron ser mucho más numerosos de lo que se había pensado. La chispa de la crisis del 2008 hizo que entre ellos se extendiera el odio contra las élites, con sus múltiples y muy variadas manifestaciones (de los chalecos amarillos a las respuestas políticas nacional-populistas).

Es ese el trasfondo sobre el que se levantan las actuales controversias sobre el capitalismo. Algunos autores ofrecen propuestas muy radicales, que no habíamos visto en bastante tiempo: Piketty, por ejemplo, habla de «superar el capitalismo y la propiedad privada»; otros son mucho más moderados. Es llamativo que en esos debates participen con planteamientos reformistas algunas grandes empresas (es el caso de la ya famosa declaración del Business Roundtable en Estados Unidos), además de alcanzar ya la esfera política (como muestran los programas de los candidatos demócratas en EE. UU. y del Partido Laborista en el Reino Unido). Todo indica que este asunto estará en el centro de la conversación pública durante los próximos años.

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