Desarrollo y crecimiento del PIB

La decisión del Gobierno de Nueva Zelanda de alejarse de los resultados que señala el producto interior bruto como elemento central para determinar la salud de su economía ha vuelto a poner de actualidad la polémica que rodea a este indicador como unidad de medida del bienestar real de una sociedad o país. Distinguir entre desarrollo y crecimiento del PIB, como proponía José Luis Sampedro, puede ser de gran utilidad para acotar esta controversia y utilizar con buen criterio la información disponible.


Catedrático de Estructura Económica de la UdC

Recientemente se ha revitalizado una polémica muy interesante sobre si el producto interior bruto (PIB) es una buena medida para calibrar el bienestar real de una sociedad. Una discusión ya muy antigua. Recuerdo, hace ya unos años, cuando José Luis Sampedro nos decía que los accidentes de tráfico hacían aumentar el PIB. Y tenía razón. Las piezas nuevas, los recambios, las reparaciones... todo ello forma parte del PIB de ese país en ese año. Yo quisiera abordar este tema desde una reflexión previa. Cada instrumento tiene su función. Un destornillador vale para lo que vale, pero es inútil si lo que queremos es aflojar una tuerca. Para esto último, necesitamos una llave inglesa. Las dos herramientas son igual de válidas, pero cada una tiene su función.

El concepto de PIB recoge el valor de la producción de bienes y servicios finales en un país para un año dado. Y el cómo crezca esta cantidad frente al año anterior, es la tasa de crecimiento de una economía. Cuando esta tasa es negativa, decimos que la economía está en crisis porque en ese ejercicio se produjo menos que en el anterior. La economía española ha tenido crisis recurrentes, como la práctica totalidad de las economías occidentales. La más reciente, y la más profunda, la del 2008. La inmediatamente anterior fue en el bienio 1993 y 1994, que, en comparación con la crisis actual, no pasó de ser un simple catarro. En el gráfico adjunto recogemos la evolución del PIB español desde 1993 hasta la actualidad. Y se aprecia cómo, entre 1993 y el 2008, se multiplicó por 1,7 tras 15 años de crecimiento sostenido. Sesenta trimestres consecutivos. Algo espectacular.

Lamentablemente, la gráfica revela también cómo, a partir del 2008, el PIB español disminuye hasta el 2013, esfumándose un 10 % de lo producido cinco años antes. Después de la gran recesión, el crecimiento se recupera alcanzando los niveles del 2008 en el 2017, manteniendo su vigor hasta la actualidad, cuando producimos ya un 5 % más que antes de la crisis.

En el gráfico figura también la evolución del empleo en ese período. Concretamente, la población ocupada (puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo). Quisiera destacar cómo en la fase de expansión el empleo se multiplica por 1,6 (el PIB lo había hecho un 1,7) y después del 2008 el empleo merma en un 20 %, mientras el PIB lo hacía solamente en un 10 %. Esto nos hace pensar que el desempleo se ha nutrido de los trabajadores con las productividades más bajas que había en el conjunto del sistema. Volveremos sobre esto.

El gráfico señala también cómo el nivel de empleo que existía en el 2008 todavía no se ha recuperado: hoy producimos más que entonces, pero con un nivel de empleo menor. Este rasgo de la economía española se repite en cualquier otro país. Después de una crisis, la producción se recupera bastante antes de lo que lo hace el empleo. Lo particular del caso español es la diferencia temporal entre ambos fenómenos: el PIB del 2008 se recuperó en el 2017 (casi una década después), mientras que el empleo que teníamos en el 2008 tardaremos hasta el 2026 en recuperarlo (casi dos décadas).

Factor trabajo

El cociente entre la producción y el empleo nos da la producción por ocupado, esto es, la productividad aparente del factor trabajo. El gráfico recoge la evolución de la productividad desde 1993 hasta el primer trimestre del 2019. Si la analizamos al detalle, observaremos cómo la productividad crece en las épocas de crisis y se mantiene bastante estable en las fases de expansión. En efecto, entre 1993 y 1995 la productividad crece a un ritmo del 2 % anual y, a partir de ahí, se estabiliza hasta el 2008. Entre este año y el 2014 vuelve a crecer de forma muy destacada: un 13 %, que equivale a otro 2 % anual. Después del 2014, la productividad sigue estancada en los valores obtenidos en aquel ejercicio.

Leyendo así la información anterior, podemos extraer algunas observaciones. La fase de expansión que va desde 1993 al 2008 en la cual la producción se multiplica por 1,7 se debió, básicamente, a la expansión del empleo, que se multiplicó por 1,6 en ese mismo período. La productividad por ocupado no llegó a crecer un 2 % en esos 15 años consecutivos. En términos coloquiales, se produjo más porque había más gente trabajando. Y desde el 2014 a la actualidad, este fenómeno se repite: la producción crece en la misma medida en la que se generan nuevas ocupaciones, con una productividad casi constante.

Una segunda observación tiene que ver con el papel de las crisis y la destrucción creadora de la que nos hablaba J. A. Schumpeter. El gráfico nos muestra cómo en los períodos de crisis la productividad aumenta básicamente por la vía de la destrucción de empleo. Es más, en las crisis el empleo se reduce a un ritmo mayor que la producción: por eso el cociente aumenta. Son los trabajadores menos productivos los primeros en ser despedidos (y los últimos en ser contratados).

El comportamiento de la productividad en España está relacionado con la composición sectorial de la producción, con el nivel educativo de los trabajadores, con el tamaño de las empresas, con la capitalización de las unidades de producción, etc. Un análisis al detalle que dejaremos para otro momento. Lo que sí puede ser relevante es una cuestión metodológica. El PIB que se refleja en el gráfico está medido a precios constantes del 2010, último año base sobre el que trabaja el INE. Recoge el crecimiento de las cantidades a precio fijo. Pero estas cantidades en muchos productos no son comparables. Las de patata sí lo son, pero el número de terminales telefónicas o el número de automóviles plantean ya dificultades. El PIB podría estar infravalorado ya que, para muchos productos, la complejidad que tienen en el 2019 es muy superior a la que tenían en el 2010. Aquí podríamos tener unos incrementos en la productividad que podrían estar latentes u ocultos en las estadísticas.

Crecimiento y desarrollo

Volvamos a J. L. Sampedro. Aparte de un novelista excepcional, fue el economista que introdujo en España la distinción entre crecimiento y desarrollo allá a principios de los años setenta. La diferencia está en que el crecimiento recoge solamente los elementos cuantitativos de la producción de un país, mientras que el concepto de desarrollo anexa aspectos que tienen que ver con cómo se distribuye ese PIB entre las poblaciones, la salud de las instituciones colectivas, las posibilidades de acceso a la vivienda, a la educación y a la sanidad, la propia esperanza de vida... El concepto de desarrollo abarcaría al de crecimiento, añadiéndole a mayores elementos que revelarían el bienestar colectivo de la sociedad.

Si medir el crecimiento no está exento de complejidades, al medir el desarrollo sumamos bastantes problemas más. Ponderar la desigualdad en la obtención de rentas, las asimetrías entre sexos, o por edades, o por credos, o por razas, ante el acceso a los empleos, a la vivienda o a los servicios públicos. Evaluar y medir las disparidades en el alargamiento de la esperanza de vida... A pesar de todas estas dificultades, algunas instituciones están trabajando en indicadores de desarrollo que resultan muy interesantes: el Better Life Index construido por la OCDE o los esfuerzos del Gobierno de Nueva Zelanda modificando sus presupuestos para alejarse del PIB y aproximarse a medidores del bienestar real de la población. En definitiva, intentar captar y medir una complejidad social creciente.

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