La tecnología no aumenta, siempre, la productividad

El modelo económico español necesita corregir algunas disfunciones para avanzar en el terreno de la productividad, un factor clave para competir en unos mercados cada vez más exigentes. Acabar con estructuras en las empresas poco eficaces, evitar disfunciones en la incorporación de las TIC y formar la fuerza de trabajo son solo algunos de estos retos de futuro


Catedrático de Economía Aplicada de la UdC

Los datos macroeconómicos de España y del mundo están demostrando que a pesar de la progresiva incorporación de las tecnologías en el campo de la digitalización, automatización y programas, ya sean en el ámbito de las empresas ya sean en el de las instituciones, no logran contribuir a un alza de la productividad. Esta conclusión llama la atención de los economistas y no hay un consenso o explicación que convenza a todos. Prueba de ello son los constantes informes que hacen referencia a ello.

La productividad laboral del mundo ha pasado de crecer un 2,6 % en el período anterior de la crisis (1996-2007) a descender al 1,8 % en la fase posterior a la misma (2013-2016). Este descenso ha afectado tanto a las economías ricas como a las pobres y a las emergentes. Lo que significa que si se continuara con dicha senda, en el próximo decenio la productividad laboral incitaría a una caída del PIB mundial en torno al 18 %.

Pero no siempre ha sido así. En la década de los ochenta y noventa del siglo pasado, las tecnologías de la información coadyuvaron a incrementar la productividad; y fueron clave en el renacer y prosperidad económica de la época. Recordemos el gran impacto que tuvieron las sociedades vinculadas con la eclosión tecnológica. Fue, quizás, en el entorno de la crisis del 2008 cuando se aprecia un cambio de tendencia. Así lo entiende el informe de World Development Report, que advierte que el impacto derivado de las nuevas tecnologías en las sociedades occidentales ha sido menor al esperado. O, en palabras de algún experto, los desajustes derivados de la revolución digital todavía están ahí, y sus efectos no han madurado lo suficiente y es preciso esperar algún tiempo más. A nuestro juicio, lo que está pasando es que el mayor acceso de las sociedades a las nuevas tecnologías (su asunción y aceptabilidad plena) no está produciendo el cambio estructural que teóricamente se debería llevar a cabo. Esto es, no hay un paralelismo y complementariedad entre las dos tendencias que se consideran básicas. La una, el cambio de una economía primaria a una de servicios; y la otra, la incorporación plena de todas las funciones y variables de la sociedad digital. Las respuestas, hasta el momento, son muy claras. El empleo que se crea en la industria de las tecnologías de la información no está siendo compensado por la cantidad de puestos de trabajo que el propio progreso tecnológico está destruyendo.

Ante estos razonamientos, ¿como justificar la caída de la productividad? Varios apuntes al respecto. El primero, la productividad está penalizada en períodos de recesión. En segundo lugar, no incorpora todas las cuestiones relacionadas con la calidad de las tecnologías, sino que solo suma valores absolutos cuantificables. Y en tercer lugar, la cuantificación del PIB sigue estando abierta a críticas, en la medida que algunos servicios no aparecen en el PIB, como por ejemplo, la telemedicina. Por eso, aunque exista una evidente preocupación sobre la tendencia de la productividad, no es para alarmarnos excesivamente. Lo relevante es si crecemos en igualdad y si dicho crecimiento es inclusivo; y si los avances generados por las nuevas tecnologías van a transformar los puestos de trabajo y cómo afrontar dicho proceso de sustitución.

Las respuestas en el caso español han generado numerosos comentarios explicativos. La mayor parte de los mismos están centrados en cómo explicar el descenso continuado de la productividad total de los factores y sus resultados en los últimos años. Es un indicador de eficiencia, pues relaciona la cantidad de producto utilizado con la cantidad de producto obtenido; y revela, en consecuencia, los resultados del progreso tecnológico. Subraya una gran paradoja: asistimos a un descenso cuando más habíamos invertido en innovación tecnológica y en intensidad investigadora.

El papel de la empresa

Las causas de los descensos se achacan a varios elementos sustanciales que se visualizan cuando procedemos a contextualizar las dinámicas en lo que respecta al impulso económico, a la acumulación de capital y a las propias transformaciones españolas. Vienen derivadas de la dependencia por sostener y mantener estructuras organizativas empresariales poco adecuadas, con un elevado lastre en su funcionamiento (por ejemplo, el tamaño reducido de las empresas, las rígidas estructuras administrativas, el complejo proceso de toma de decisiones...). En segundo término, por las disfunciones en los procesos de incorporación de tecnologías, es decir, cuando se manifiestan al mismo tiempo varias dinámicas contrapuestas (coexistencia de fases de producción muy automatizadas con otras basadas en elevados índices de utilización de fuerza de trabajo, y con otras terceras en una elevada dependencia exterior de determinadas fases del ciclo de producto). Y, finalmente, por las distintas calidades y niveles en lo referente a la educación y formación de las personas empleadas en las unidades productivas y de servicios. Todas estas razones contribuyen a retardar los procesos tendentes a poder incrementar las ventajas competitivas y, en ocasiones, a no ser capaces de sobreponerse a aquellos entornos cada vez más competitivos a nivel mundial.

Otras posibles explicaciones se derivan de la falta de inserción de nuestras empresas en las cadenas de suministro globales, con lo que solamente se muestran ventajas comparativas reveladas en aquellos productos o servicios en donde su factor de producción es más abundante y barato. De ahí que todavía tengamos salarios más bajos que en los entornos de la eurozona y que los bienes y servicios producidos sean de baja intensidad tecnológica. Los últimos trabajos académicos nos advierten, asimismo, que el estancamiento de la productividad total de los factores está en función de tres variables: del capital humano, del capital tecnológico y del capital público productivo. Lo que sin duda alguna pone de manifiesto que la apuesta por la productividad requiere un enfoque más amplio que la simple ecuación de dividir una magnitud por otra. Es necesario abordar un número mayor de variables y de componentes que puedan servir para estimular un crecimiento sostenible y generador de empleo y riqueza.

Krugman, en los años noventa del siglo pasado, apostillaba con razón que «la productividad no lo es todo; pero, a largo plazo, lo es casi todo». Por eso, todas aquellas apuestas tendentes a mejorar la productividad deben ser bienvenidas. Porque, siguiendo al mencionado premio nobel, si mejoramos nuestra productividad, contribuiremos a la mejora de nuestros ratios de competitividad. Y, claro está, en una economía con tanta rivalidad es preciso estar preparados para competir, ya sea en lo referente a las calidades, ya sea en lo tocante a las tecnologías. Por eso, la decisión adoptada por el rector de la Universidade da Coruña defendiendo un lugar para el desarrollo de las tecnologías en los antiguos terrenos de la fábrica de armas es muy loable y muy oportuna.

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