Europa es más que sus fracasos

El proyecto comunitario necesita acelerar para no verse engullido por el protagonismo imparable, e insaciable, de los ejes chino y americano. La Unión Europea ha de conseguir que sus ciudadanos vuelvan a creer en su potencial, en la capacidad que tiene de catalizar un progreso y un crecimiento ordenado y sostenible, adaptado a las exigencias y retos de esta era


Miembro de la Real Academia Galega de Ciencias. Grupo Colmeiro

Finalizaba la década de los 30 cuando Arístide Briand pronunció su célebre discurso en la Sociedad de Naciones, en el que sostuvo que «entre los pueblos que están geográficamente agrupados debe existir un vínculo federal, para así crear un lazo de solidaridad que les permita hacer frente a las circunstancias graves. Evidentemente, esta asociación tendrá efecto sobre todo en el campo económico». Estaba en línea con la estrategia paneuropea, de la que participaba con relevante influencia el alemán Konrad Adenauer, entre otros. Todo esto es bien conocido, como también lo es que no siempre fueron compartidos los objetivos que iban más allá de un mercado común, y de hecho han ido consiguiéndose con no pocas dificultades, al tran tran casi siempre, para desesperación de quienes desearían una Europa mucho más integrada y con instrumentos más potentes e independientes de los estados. Pero la gota que hace rebosar el vaso es, una vez más, la actitud de la Gran Bretaña, que nos retrotrae al general De Gaulle, cuando impuso su veto a la petición de entrada, formulada por el primer ministro MacMillan. Dijo entonces el presidente galo que «Inglaterra tiene costumbres y tradiciones muy marcadas, muy originales, que difieren profundamente de las del continente». ¡Qué bien les conocía! Pero Londres, finalmente, impuso una Europa a la carta, muy favorable a sus intereses.

Claro que la Unión, espoleada por una mezcla de ambición geográfica y apetito por nuevos mercados, tampoco se lució en otros procesos de ampliación hacia el este. Y de todas aquellas ligerezas provienen lo lodos que hoy, mezclados con las riadas de desigualdad que arrastró la última crisis económica y financiera, han conseguido unos crecientes porcentajes de desafección ciudadana hacia la Europa comunitaria. Y una mayoría de británicos, llamados a votar en un referéndum poco pensado por Cameron, han decidido abandonar la UE, cosa que no Bruselas, sino su propio Parlamento, no se lo está poniendo fácil.

Fuera como fuese, este lío ha trastocado la dinámica habitual de las expectativas económicas empresariales, elemento crucial de la evolución del ciclo. La adición de la incertidumbre británica al rampante populismo que acampa no siempre a extramuros de algunos ejecutivos europeos, más las circunstancias endógenas de la coyuntura, dibujan un escenario bien representado por el bono alemán, con tasas negativas a diez años, lo que viene a significar que los mercados no esperan una reactivación significativa en el corto plazo. Algo que recuerda a Japón y que lleva a mal traer al BCE, que ve cómo el brexit es un desastre antes de producirse, Alemania tontea con la recesión e Italia ha caído en ella.

Una Europa en el atolladero, ante desafíos como la transición energética y una política medioambiental más decidida, mientras Trump y China, más que granos circunstanciales, se van convirtiendo en arrugas de expresión. Dudas, inseguridad, inquietud, desasosiego, desconfianza, ingredientes todos para frenar la inversión y, con ella, el crecimiento. Nadie puede negar el deterioro del entorno internacional, que con mayor o menor intensidad acabará por contraer la demanda externa, probablemente con más intensidad de la prevista. Y en el caso español, hay que referir la especificidad del momento, sin presupuestos y con un panorama de crisis política y territorial. Algunas encuestas hablan de mejora de las expectativas empresariales, pero lo cierto es que la velocidad de crucero de la economía pierde fuelle, por el lado de la formación bruta de capital, como la maquinaria o los bienes de equipo. Es decir, componentes importantes de la inversión. Y el consumo público no podrá compensar sostenidamente al debilitamiento privado, más allá de espejismos contenidos en recetas demagógicas. Ya ha ocurrido en otras ocasiones, en las que no se pudo mantener por un período prolongado la fiscalidad expansiva.

El empresariado gallego parece ser un poco menos pesimista que el de otras comunidades autónomas, pero solo eso, un poco. En realidad, los abruma el riesgo político y también otro que, curiosamente, tiene que ver con lo normativo, cuyo origen es también político. Están cansados del aluvión de normas que constituyen un verdadero riesgo regulatorio. Eso, por cierto, también les ocurre al resto de los mortales, exceso de normas y discutible calidad de las mismas, producción en la que compiten los llamados partidos liberales y los más intervencionistas. La profusión normativa lleva a la inseguridad jurídica y, por ende, a desincentivar inversiones, además de elevar los costes de las empresas. Por eso suena raro escuchar en los parlamentos que se han promulgado leyes y no sé cuántas cosas más, subrayando la cantidad. Ahora que se está poniendo de moda hablar de clientes para referirse a los ciudadanos, se están echando en falta los libros de reclamaciones. El mundo empresarial se queja y mucho de esto.

La nueva Europa

En definitiva, y volviendo a Europa y sus circunstancias, la verdad es que tenemos una tendencia irrefrenable a esencializar el debate. La Unión está ahí, ya no hay que inventarla. No todo tiene que ser a favor o en contra, más bien conviene hacer política, mejorar, reformar. A riesgo de ser mal entendido, creo que la UE debe politizarse más, pero sin asimetrías tecnocráticas, que revelan una forma pseudodespótica del poder. En cierto modo, se trata de la idea defendida por el presidente Macron, construir la soberanía europea.

Ni será de hoy para mañana ni será nada fácil, pero tendrá que ser, a riesgo de verse engullida por las otras potencias. El no encarar esta profunda reforma hace que la Unión Europea corra el riesgo de ser arrollada por los populismos más irresponsables, municionados con fake news de todo género, deseosos de tener a su disposición, cada uno, su pequeña cocina, mientras nos pasan por encima los pesados trenes de intereses comerciales y estratégicos de americanos y chinos, aderezados por alguna quinta columna al mando de Vladimir Putin.

Europa ha de conseguir que la ciudadanía vuelva a creer en su proyecto, diseñando un paquete social hacia el que deberán converger los estados miembros en un plazo razonable. En ese paquete habrán de incluirse medidas sobre un salario mínimo común, lucha efectiva contra el dumping social, la igualdad entre mujeres y hombres, facilidades crediticias para la transición ecológica... Y, por supuesto, ponerse de acuerdo efectivamente sobre una política inmigratoria civilizada y una policía común de fronteras. Defendamos lo que nos une, dicen los europeístas convencidos. Ya que lo soy, lo suscribo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
7 votos
Comentarios

Europa es más que sus fracasos