Retos y amenazas del 2019


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Arrancamos el dieciocho con cierto aire de euforia. España crecía a tasas desconocidas y el mundo, de modo anómalo, también. La mitad de las autonomías empezaban a divisar una tasa de paro del 10 %, y ya se sabe que, desde esa meta, se observa, a cierta distancia, el pleno empleo. Y la otra mitad entendía que llegaría, con retraso, pero llegaría, a esos mismos balcones del desarrollo. Todo iba más o menos bien. Hoy, pasados doce meses, nada es igual. Tanto la economía mundial como la española se desaceleran y, aunque era esperable, lo que no era predecible es que la nacional lo hiciese a esta velocidad. Por tanto, lo que toca es evitar el alarmismo, pero sí acogerse al puerto de la cautela, mucha cautela.

Donald Trump está convencido de que es de estúpidos ejercer de líder del mundo. Se han aburrido de pagar, afirma. Lo dice sonriendo y, con una mayor sonrisa, lo recibe Putin. En todo caso, su electorado más fiel, el obrero industrial blanco, perteneciente a esa gran área denominada Cinturón del óxido, le reclama dinamitar la globalización. Es natural, son los grandes perdedores del nuevo mundo. Lo que no es de recibo es que el presidente Trump se olvide de los ganadores, el resto de los norteamericanos. En todo caso, ahí están sus decisiones, ahí está el enfriamiento global, y ahí están empresas como Apple, que desinvierte en China para refugiarse en la India. Aquí tenemos la primera amenaza de este año. Y tanto, que el dos, este miércoles pasado, caían las bolsas asustadas por la evolución de la economía china.

Y si las cosas no van bien a nivel global, en Europa, no van mejor. Los tractores económicos actuales, Alemania y España, se agotan y los recambios no acaban de llegar. Francia e Italia obviaron los ajustes en los tiempos más duros de la recesión y ahora su opinión publica no entiende por qué han de hacerlos. El Reino Unido no sabe qué será de su vida, pero sí ha quedado claro que ha dejado de ser tractor de Europa. Por tanto, ahí tampoco hay calor en el que guarecerse.

España arrancó el año pasado convencida de que su sociedad civil era superior a su clase política. Por tanto, lo único que necesitaba era que el Estado no generase incertidumbre gratuita. Pocas decisiones y ajenas al populismo político, a poder ser en aras a incentivar la inversión empresarial. Pero no para que los empresarios, esta especie maldita que nos asola, se hicieran ricos, no, únicamente para ayudarlos a invertir más y mejor. Porque solo así se genera empleo, solo así se vacía el mercado de trabajo, y solo así suben de modo natural los salarios. Pero no fue lo que ocurrió. El empleo desapareció de la jerga económica, era algo ya solucionado, un puerto al que nos llevaría nuestro robusto crecimiento. Y además, no vendía, estaba descontado, así que se retomó un concepto más agresivo: justicia social. Este país puede con todo, el problema es que está en manos de unos pocos. Y como si fuéramos una dictadura africana, se lanzó una nueva verdad: ¡Toca redistribuir y ya! A la coalición de Gobierno no se le ocurrió pensar que es el momento de una profunda reforma fiscal, una que pivote sobre el consumo y no sobre las rentas de la clase trabajadora. Una que, como indican determinados estudios, podría llevarnos a recaudar, como mínimo, quince mil millones más al año. Cantidad que, por sí sola, nos permitiría asumir holgadamente el déficit del sistema de pensiones. Pero estas cosas no tocan. Lo relevante es estar en los periódicos dando imagen de hiperactividad. Pero algo les debe estar fallando, porque el consumidor, ese gran rey que nunca es destronado, está afirmando que no se cree nada, y que se va a tomar un tiempo de descanso. Esta es nuestra gran amenaza y también es nuestro gran reto.

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