Divisas turbulentas


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Tras el peligroso episodio vivido por la divisa turca hace unas semanas, los focos han vuelto a posarse sobre la economía argentina y sus muchos problemas. La caída anual del peso supera ya con claridad el 40 %, y las medidas de excepción que se han ido disponiendo (sobre todo la subida del tipo de interés de intervención al 60 %, con mucha diferencia el más alto del mundo) no parecen haber surtido efecto alguno. Los desequilibrios comerciales y fiscales son allí profundos y, en esas condiciones, lo que hace unos años apenas generaba inquietud en el exterior, ahora se ha convertido en desconfianza generalizada entre los inversores internacionales. Una cuestión que es clave para un país como Argentina, con una gran carga de deuda externa denominada en dólares.

Esa desconfianza, cada vez más visible, no queda circunscrita a aquel país sudamericano. Alcanza también a otras muchas economías de las llamadas emergentes, incluso a casi todas las de mayor dimensión entre ellas. De hecho, de los llamados BRICS, solo China parece librarse de la percepción general de que se están aproximando turbulencias de cierta importancia (y menos mal, porque de sumarse a ello el gigante asiático ya tendríamos que hablar de otra cosa, incomparablemente más grave). Pero en lo que respecta a Brasil, Rusia, India o Sudáfrica, algunas luces rojas están ya encendidas. Aunque no cabe hablar aún de efectos de contagio abierto, alguna conexión de fondo hay entre todos esos problemas.

Y eso que las dificultades de esas economías se disponen, como ocurría con las familias infelices del inicio de Anna Karenina, «cada una a su manera». En India y, sobre todo, en Brasil tienen mucho que ver con la rampante inestabilidad política; en Rusia, con las sanciones impuestas por los países occidentales que, parece, comienzan a dañar ya a su economía. En Sudáfrica -como en Turquía y en Argentina- son los crecientes desequilibrios macroeconómicos los que imponen su impronta. El hecho de que algunos de esos países tengan altos niveles de reservas (el caso, por ejemplo, de Brasil) y otros muy bajos (Argentina) marca diferencias en sus respectivos grados de vulnerabilidad. Pero si hay diferencias importantes, también existen algunas tendencias de fondo compartidas.

La principal, la causa unificadora, es la progresiva normalización de la política monetaria norteamericana, que ha traído consigo una salida masiva de capitales de los países emergentes -a donde habían acudido cuando los tipos en Estados Unidos eran prácticamente cero-, y una apreciación considerable del dólar. Para países dependientes en alto grado del acceso a los mercados internacionales de capital y con niveles muy elevados de deuda externa, esos movimientos resultan traumáticos y sus divisas han acabado por sufrirlo. El problema, además, se agrava porque este tipo de crisis suele evolucionar formando círculos viciosos: la caída de la divisa propia encarece el pago de la de deuda, lo que a su vez agrava el agujero de las cuentas exteriores; con ello la divisa cae de nuevo y el proceso recomienza.

La forma tradicional de intentar romper las perversas dinámicas de desconfianza es el acceso a créditos extraordinarios por parte de agencias como el FMI. En el caso de Argentina, este organismo y su clásica fórmula de «acuerdo de condicionalidad» (básicamente, un programa de ajuste duro) se ha convertido ya en un actor clave para la salida de la crisis, y en otros países probablemente no tarde en aparecer. Pues bien, dado que esos programas tienden a contraer con fuerza la actividad productiva, nada tendría de raro que a lo largo del próximo bienio un buen número de economías emergentes, hace no tanto tiempo boyantes, se adentren en la recesión.

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