Ligereza


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

En la hipermodernidad se impone lo ligero. Ese es el argumento central del sociólogo francés Gilles Lipovetsky en su último ensayo, De la ligereza (Anagrama, 2016). No anda muy lejos de la idea de un mundo líquido que años atrás propuso con mucho éxito el recientemente fallecido filósofo Zygmunt Bauman: una sociedad en «la que la vida de los individuos está caracterizada por la inestabilidad, entregada al cambio perpetuo, a lo efímero, al nomadismo». Afirma Lipovetsky que una verdadera civilización de lo ligero se impone en los diferentes ámbitos de la vida, haciéndose más fuerte cada día: big data y la informática en la nube, las biotecnologías, los nanoobjetos, los numerosos artilugios cada vez de menor peso, de los cuales parece que no podemos prescindir, el culto a la delgadez...

Quizá la parte más interesante de este libro es el recuento que hace de los principales componentes de ese proceso de transformación, detrás del cual está -no habrá que insistir mucho en ello- la gran revolución tecnológica que vivimos. Entre ellos son de destacar la desmaterialización (uso de materiales cada vez más ligeros); la miniaturización, es decir la búsqueda de lo infinitamente pequeño (que el autor llama «la conquista del nanomundo»); y la hipermovilidad o fluidez de todo tipo de flujos. Todo ello lo analiza de un modo muy brillante en ámbitos tan distintos como el de la arquitectura contemporánea, el arte, la moda o la pervivencia de valores colectivos e ideologías. Y si una objeción de fondo puede hacérsele, es que produce la impresión de alguien que ha encontrado un hilo argumental muy seductor, e intenta llevarlo hasta el final, cueste lo que cueste (aunque es cierto que recoge algunos ejemplos aislados en sentido contrario, de reforzamiento de «la pesadez»).

Pues bien, esta noción de ligereza cuadra bastante bien con el desarrollo del capitalismo contemporáneo, lo que no es de extrañar pues obviamente es en la economía donde el impacto de las nuevas tecnologías de la información se hace más directo e intenso. Una primera y muy conocida manifestación la encontramos en la notable envergadura que han alcanzado las finanzas -un modelo bastante evidente de actividad desmaterializada- en la economía contemporánea; destacando, además, dentro de ellas, los movimientos de capital a corto plazo, frente a las inversiones de largo recorrido. Y en un sentido más general, el notable progreso experimentado por el sector de servicios, ante unas estructuras propiamente productivas en claro repliegue. Piénsese que en el 2017 los servicios representaban en España el 73, 3 % del PIB (más o menos lo mismo que en el conjunto de la UE, un 73,4 %), cuando en 1970 apenas llegaban al 46 %. En contrapartida, la industria manufacturera («lo pesado») ha cedido protagonismo a lo largo de estas décadas en todo el mundo desarrollado.

Pero no son estas las únicas manifestaciones de levedad en la moderna economía de mercado. En esa noción encajan bien tendencias tan marcadas en las economías avanzadas como el adelgazamiento de las estructuras del Estado; el notable repliegue de las empresas públicas; el consumismo masivo; la flexibilización creciente, sobre todo en los mercados de trabajo; o el desmontaje de sistemas regulatorios (es particularmente revelador que a la pseudoregulación financiera de las últimas décadas en el mundo anglosajón se le llame frecuentemente «regulación de toque ligero»).

Al margen de lo que se piense de todos estos fenómenos -y algunos de ellos son problemáticos en alto grado-, su veracidad suscita escasas dudas. Al igual que estas palabras de Lipovetsky: «La riqueza deriva cada vez más de flujos inmateriales». No dejen de leerlo.

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