Penuria innovadora


Necesitamos un nuevo modelo productivo». «Sin innovación no hay futuro». «¡Hay que apostar por la industria 4.0!». ¿Les suenan estos eslóganes? Probablemente sí, porque a los responsables políticos y empresariales se les llena la boca con ellos. Y sin embargo, al lado de tanta retórica, los datos que año tras año vamos conociendo sobre la realidad de nuestros sistemas de innovación y cambio técnico no pueden ser más decepcionantes.

Recordemos algunos de esos datos, los más recientes. Como acaba de recordar la Fundación Cotec, dedicada a estos asuntos, apoyándose en el INE y Eurostat, la inversión total en I+D representó en España en el 2016 el 1,19 % del PIB. Ese porcentaje supone un retroceso respecto al 2015 (desde el 1,22 %) y se encuentra muy lejos de la media de la UE (el 2 %). Para valorar estos datos, téngase en cuenta que Bruselas establece como objetivo ya casi inmediato (en la llamada Agenda 2020, dirigida a fijar las bases para un crecimiento sostenible) un mínimo del 3 % de inversión sobre el PIB.

El problema es que no se trata de un dato aislado: el retroceso del que hablamos no ha dejado de intensificarse desde el 2010: en siete años la inversión en innovación se ha reducido en un 9,1 %, algo verdaderamente grave. ¿Qué está detrás de ese comportamiento? Es común achacarlo a las políticas de austeridad, pero estas solo explican una parte de la cuestión. Y ello por dos motivos. En primer lugar, en viva disparidad con lo ocurrido en España, en otros países europeos la I+D ha registrado importantes aumentos en estos años: en el Reino Unido, por ejemplo, creció un 39,3 %; en Alemania, un 37,9 %; en Francia, un 13,6 %; en Italia, un 12,5 %. Y el contraste más revelador: para el conjunto de la UE, esa inversión creció en un 27,4 %. Eso significa que en ese período España perdió 13 de los 21 puntos porcentuales ganados en convergencia entre el 2000 y el 2008. Parece, por tanto, que más que en la política europea, las razones de nuestro fiasco innovador debieran buscarse en algún sesgo equivocado de nuestra propia política industrial.

En segundo lugar, no es este un asunto que concierna en exclusiva al sector público. Tampoco nuestras empresas se muestran proactivas en este punto. Mientras que en las comparaciones internacionales el sector privado suele aportar dos tercios de la inversión total en innovación, en España se queda en algo más de la mitad (0,64 %) de unas cifras totales ya muy magras. Ello revela un problema profundo de cultura corporativa que, con toda seguridad, guarda relación con otra de nuestras insuficiencias crónicas: el reducido tamaño medio de las empresas, conocido y viejo lastre de la productividad.

Afirma con razón Cotec que «la posición de España en I+D no se corresponde con su potencial económico». Pero no solo se trata de una constatación; estamos ante una rémora importantísima para la modernización de la estructura económica y la obtención de ganancias de productividad. Algo que ocurre igualmente con la inversión en capital humano, que en tantos aspectos está ligada a lo anterior, y que también ha experimentado un retroceso importante en los últimos años. Es cierto que el éxito de ambas actividades no vendrá solo de las cifras de inversión, sino también de lo apropiado de sus sistemas y procedimientos, aspectos de carácter cualitativo. Pero cuando nadie se atreve a negar la gran importancia económica de la innovación y la educación en una perspectiva de largo plazo, la penuria inversora de estos años se nos representa sin duda como un error imperdonable. Un error que probablemente pagaremos durante mucho tiempo.

Autor Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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