Repliegue bancario


Como cabía esperar, la situación tan continuada de shock del crédito está dejando algunos cambios en la estructura económica de los países desarrollados. Hace unas semanas, el McKinsey Global Institute publicó un notable informe sobre el estado actual de las finanzas (The new dynamics of financial globalization) que contiene un conjunto de datos del máximo interés. El primero de ellos es de orden general, y habla más de continuidad que de mudanza: según ese organismo (que suele ser considerado una fuente muy fiable para este tipo de asuntos), el peso de la inversión financiera sobre el PIB mundial apenas cambió entre el 2007 y el 2016; si el primero representaba un porcentaje del 185 % en el primer año mencionado, en el último alcanzó el 183 % (en todo caso desmesuradamente alto).

El segundo dato que llama la atención es el que se refiere a la evolución de los activos exteriores de los bancos. Si nos fijamos en las entidades bancarias de la eurozona, estas habrían reducido significativamente esos activos desde el comienzo de la crisis: a finales del 2016 eran inferiores en 7,3 billones de dólares a los que existían en el 2007 (una reducción del 45 %). Ello quiere decir que los bancos europeos han experimentado un notable repliegue en su posicionamiento en los mercados globales, dirigiendo su actividad hacia el interior en muy superior medida. Y algo parecido -si bien con menor intensidad- puede decirse de las entidades norteamericanas o británicas (aunque no de los bancos japoneses o chinos, que se han volcado más hacia el exterior). ¿A qué se deben esos movimientos? Básicamente a dos razones: la reevaluación del riesgo externo que los bancos hicieron tras registrar fuertes pérdidas (sobre todo en Europa) en los años peores de la crisis; y el hecho de que las nuevas regulaciones internacionales, del tipo de Basilea III, «hayan creado desincentivos para añadir la escala y la complejidad que las operaciones internacionales llevan consigo».

Y queda aún un tercer dato digno de mención. La inversión extranjera directa, aquella que por su componente mucho menos especulativo representa «la parte buena» de la globalización financiera, ha tendido a crecer: unida a la inversión de cartera, en el 2016 representaba el 69 % de los flujos transfronterizos de capital, cuando en el 2007 apenas llegaba al 36 %. Estamos, sin duda, ante lo que debemos considerar una buena noticia, dado que hablamos del componente menos volátil y peligroso de los movimientos de capital.

Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas nos han llegado también algunas otras informaciones en torno a la evolución de los mercados financieros que resultan menos tranquilizadoras. La más importante se refiere a la llamada «banca en la sombra», aquellos intermediarios financieros muy alejados del modelo tradicional, y que en gran medida escapan de los mecanismos de regulación. Recuérdese que este extravagante sector -que usa instrumentos muy sofisticados y no siempre de fácil compresión por quienes los usan- fue señalado en los comienzos de la crisis como uno de los principales causantes del desastre. Pues bien, hace unos días la Asociación Española de Banca ha revelado que la banca en la sombra ha aumentado notablemente su peso específico en el sistema financiero europeo, pasando de representar un 29 % en el 2008 a un 39 % a finales del 2015 (68,5 billones de euros). No es extraño que Mario Draghi haya hecho una llamada de atención sobre el alto componente de riesgo que esta situación trae consigo.

Parece, por tanto, que los sistemas financieros apuntan hacia una mayor estabilidad. Pero aún son muchas las dudas sobre si esa tendencia será duradera.

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