Una ocasión europea


En muy poco tiempo, el panorama del proyecto europeo ha cambiado bastante, y para bien. Después de una larga década en la que las amenazas de desintegración han sido lo más frecuente, de pronto parece abrirse una ventana de oportunidad extraordinaria para cambiar de rumbo. En estos días van apareciendo diversas propuestas de relieve para reforzar la UE, desde la que hizo solemnemente frente a la Acrópolis el presidente francés Emmanuel Macron a la que acaba de formular el responsable de la Comisión Jean Claude Juncker. Ambos programas reformistas difieren en algunos puntos importantes -cambiar o no los tratados, poner en marcha un presupuesto para la zona euro, crear una especie de fondo monetario europeo…-, pero su intención es la misma: aprovechar una oportunidad única, y que probablemente no dure mucho tiempo.

Porque es verdad que la ocasión la pintan calva. Reúne Europa en estos momentos tres condiciones favorables para abrir una dinámica reformista. La primera es que, después de tanto atisbar el fondo del abismo, la coyuntura económica es al fin positiva: un razonable y bastante homogéneo crecimiento se extiende por el continente, y por una temporada parecen haber desaparecido los sustos, sobre todo los de naturaleza financiera. También la situación política ha mejorado, con una notable estabilización en algunos de los principales países, en los que la situación hace unos meses era muy delicada (casos de Francia y Holanda); las inmediatas elecciones alemanas debieran completar ese panorama. Y por último, la manifiesta enemistad a la idea paneuropea que predomina hoy en Washington, Londres o Moscú, lejos de presentarse como un factor adverso, parece actuar como revulsivo para un esfuerzo integrador común.

Pero esta coyuntura favorable podría no durar mucho. Después de todo, la relativa bonanza económica sigue estando sostenida sobre el dopaje de las operaciones extraordinarias del BCE y estas no tardarán en replegarse, con todo lo que ello trae de incertidumbre. Y la situación política también podría revertir pronto, pues el fondo del fuerte malestar sigue estando ahí: habrá que ver qué pasa en las elecciones italianas, donde de momento parecen tener ciertas ventaja las fuerzas antieuro; y en Francia el proyecto de Macron está experimentando un rápido deterioro.

En todo caso, de las ideas-fuerza que van saliendo hay dos muy destacadas. La primera, que acaba de plantear Juncker, niega la noción de dos velocidades: todos o casi todos los países de la UE debieran introducir la moneda única e incorporarse al sistema de Schengen antes del 2025. Algo que en este momento parece un brindis al sol, pues varios países importantes (de Suecia a Polonia) no lo contemplan en absoluto, sobre todo lo primero. De mucho mayor calado es la segunda idea: la entrada en escena del gran pilar que siempre ha faltado, la Europa social. Por ejemplo, afirma Juncker: «Parece absurdo tener una autoridad bancaria… y no tener una autoridad laboral común para garantizar la equidad de nuestro mercado único. Por eso la crearemos». Si esta última apuesta fuese en serio, y no quedase en pura retórica, los debates que están abriéndose y que tendrán gran protagonismo en el otoño podrían dejar un legado perdurable.

Y en esos debates una pregunta cobrará gran importancia: ¿el casi seguro nuevo gobierno de Ángela Merkel seguirá primando los mecanismos intergubernamentales, como hasta ahora, o por fin se abrirá a una visión de genuina solidaridad paneuropea que empiece por reforzar la arquitectura comunitaria? No tardaremos en ver algunas señales en un sentido u otro.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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