Querer no es poder


Nadie negará que el procés tiene mucho de político. Tanto, que se han olvidado de las claves económicas. O quizás las conozcan perfectamente y por eso ni las abordan ni las sacan al debate público. La hipotética República de Catalunya necesitará una moneda. Incuestionable. Pueden utilizar el esquema de Panamá y emitir su Balboa y al segundo siguiente vincularla a una divisa internacional. De entrada, sería lo más inteligente, los catalanes están endeudados en euros, por tanto, será crucial que sus deudas no se encarezcan. Suena bien, la mala nota musical radica en que al no pertenecer a la eurozona deben ingresar el euro vía sector exportador, es decir, que su balanza comercial esté permanentemente en positivo. Panamá lo consiguió porque es un centro financiero, Ecuador, por su industria petrolera; por el contrario, Argentina lo intentó y fracasó por su desequilibrio comercial con Brasil.

Una Cataluña independiente, realizada a golpe de fuerza de un Parlamento que controla escaños, pero no los votos, nacería en un marco de confrontación civil. Cuando la paz social no acompaña, llega la ralentización económica, y si este enfrentamiento es exacerbado, aparece la fuga de divisas. Si la idea le parece descabellada, déjeme recordarle que en España salieron miles de millones entre el 2011 y el 2012. Buscaban mercados seguros. ¿Ocurriría lo mismo en Cataluña? Seguro. No hay moneda, ni capacidad para imprimir billetes, ni Banco Central Europeo que compre tu deuda. Terrible. El primer euro que entrase en la tesorería de Cataluña sería para pagar acreedores, el segundo el funcionamiento del Estado y el tercero la factura petrolera. La sociedad civil y empresarial quedaría asomada a las ventanas de los bancos, esperando a saber si queda algo para ellos.

En 1640, las tropas de Felipe IV fueron expulsadas de Cataluña y no volvieron hasta 1652. Durante ese tiempo, Cataluña tuvo cerrados los mercados de las Españas y abiertos los suyos, por mandato del Rey de Francia, al mercado francés. Los mercaderes de Barcelona descubrieron que eran superados por los franceses, que no solo les quitaban clientela exterior, sino que se atrevían a asentarse en la propia Barcelona para distraerles la local. Ahí, Barcelona descubrió su excesiva dependencia del mercado interior. Volvió a recordarlo en el siglo XIX cuando impulsó la Ley de Aduanas, cerrando España a los algodones británicos, llevando a la quiebra al lino gallego y convirtiéndonos en rehenes de su industria textil, la génesis de su desarrollo económico.

¿Ha cambiado mucho la situación? Lo dudo. Daría por buena la hipótesis de que la independencia provocaría una crisis sin precedentes en su industria exportadora. Si esto fuera así, no deberían utilizar el recurso del euro. Estarían obligados a tener una moneda propia. Veamos esta posibilidad. Tienen una deuda pública de 75.000 millones de euros, un 35 % de su PIB, que en el 2007 era de 15.776 millones. Los mercados internacionales no los financian, algo que por cierto no ocurre con Galicia. El pago de sus compromisos sería su primera responsabilidad y el impago los expondría a un embargo internacional por parte de los acreedores, véase el caso de Argentina. En un marco como ese, y dado que las deudas preindependencia de los catalanes nunca dejarían de estar en euros, ¿qué veríamos? Una depreciación sistemática y un consecuente encarecimiento de sus deudas. Tendrían que trabajar más horas para conseguir un euro. El banco central catalán tendría que emitir permanentemente moneda para adquirir divisa, y, dada su inmensa necesidad de ella, lo previsible es que la corriente vendedora de moneda local fuera mucho más fuerte que la compradora, y esto provocaría continuas depreciaciones de su moneda. Se mire como se mire, en el corto y medio plazo, una ruptura dramática con España solo les provocaría daño económico. Y es que en la vida querer no es poder, aunque también se asevera que el que persevera acaba alcanzando sus fines.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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