Ganar espacio fiscal


Entre las muchas cosas que hemos aprendido -o sencillamente, recordado- sobre la economía en los últimos y difíciles años figura el que las políticas económicas existen para ser utilizadas. Esto, que no deja de ser una simpleza, fue sin embargo ignorado durante mucho tiempo por lo que respecta a la política fiscal, condenada a un papel relegado y defendida por la mayoría solamente cuando se definía como neutra. Pero lo que en época de expansión no tenía mayores consecuencias, se convirtió a partir del 2010 en una trampa mortal. Si imaginamos la marcha de la economía como un avión con dos motores, uno principal protagonizado por el sector privado, y otro auxiliar de actividad pública, estando el primero de ellos manifiestamente gripado, la peor de las ideas era insistir en parar completamente el segundo motor… Que fue exactamente lo que se hizo, sobre todo en Europa.

Las graves consecuencias de ese error pronto saltaron a la vista. No es extraño, por tanto, que algunos de los principales defensores de la antigua visión modificaran sustancialmente su posición en el pasado reciente. Es el caso del Fondo Monetario Internacional, cuyos principales economistas comenzaron a insistir en la «necesidad ineludible de ganar espacio fiscal». Por tal cosa entiende ese organismo «la obtención de un margen de maniobra dentro del presupuesto que permita proporcionar recursos sin comprometer la estabilidad macroeconómica ni la sostenibilidad financiera». A pesar de lo inconcreto de esa definición, lo interesante es que se adivina en ella una pretensión de otorgar a la política fiscal un papel activo, antes ausente.

En realidad, en todo esto no hay mayor novedad, pues en el fondo remite a argumentos conocidos desde hace mucho tiempo: por ejemplo, de un modo singular, desde que hace casi noventa años un grupo de economistas suecos comenzó a hablar de un presupuesto cíclico, muchos economistas han defendido la idea de que la actividad fiscal del Estado se ha de disponer ajustándose a las fases del ciclo económico. En las fases de expansión se han de acumular superávits que permitan luego, en las contracciones, saldar con déficit con el fin de animar la reactivación. Con ello, el objetivo de equilibrio en las cuentas públicas se obtendría en la perspectiva que más interesa, la del largo plazo. Esa sería la forma más segura de obtener y utilizar espacios fiscales.

En los últimos años, vemos que cada vez más autores y organismos insisten en dotar a los presupuestos públicos de esa característica anticíclica. Incluso en la eurozona se propone flexibilizar las reglas fiscales vigentes, adaptándolas a las perspectivas del ciclo económico: es bastante probable que a partir del otoño se empiecen a avanzar algunas propuestas en esa dirección. Claro que, a la hora de concretar, pueden aparecer algunas dificultades, comenzando por acotar con claridad la propia idea de ciclo. Porque una cosa es el ciclo normal de los negocios -fases relativamente cortas y por lo general suaves- y otra un ciclo financiero, que es sobre lo que ahora cabalgamos, con fases mucho más pronunciadas y de duración muy superior. Es evidente que la adaptación de las políticas fiscales a estos últimos resulta mucho más problemática que a los primeros.

En todo caso, la muy sencilla idea de adquirir y usar espacios fiscales representa un avance apreciable frente a las timoratas (y potencialmente suicidas) nociones presupuestarias vigentes hace no mucho tiempo.

Autor Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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