Otra economía, otra educación


En Roma, existían dos conceptos diferenciados: scientia y educatio. El primero, la ciencia, se estudiaba en la academia. El segundo, la educación, era considerado el conocimiento necesario para el excelente desarrollo de la vida profesional y personal. Lógicamente, esas habilidades se estudiaban en el hogar, en los primeros trabajos, en las legiones, pero nunca se pensó que fueran responsabilidad exclusiva de la academia. En el siglo XI, en medio de una gran paz que recorrió Europa, la aristocracia interpretó que el heredero, en esos momentos algo más que un señor de la guerra, tendría que verse con sus iguales para perfeccionar su educación. Así nació la universidad, primero en Bolonia y después en París. Desde esos tiempos hemos tendido a hacer dos cosas, primero, observar la educación como una pirámide del conocimiento, donde la cúspide es la universidad. En segundo lugar, descargar en esa pirámide la educatio romana.

En el siglo XIX, las aristocracias liberales, ajenas a los problemas de la sociedad agraria y obrera, decidieron crear la educación obligatoria. Extender los conocimientos básicos o primarios a todas las capas sociales, ¿La razón? Los procesos productivos se habían sofisticado. En las fábricas ya no tenían cabida los analfabetos. Transformamos el sistema educativo para poder acompañar al desarrollo económico. A partir de ahí lo hemos ido refinando, ampliando, pero nunca hemos hecho algo: desafiar la pirámide educacional, esa que nos indica que todo conocimiento que vaya más allá de la enseñanza general ha de terminar en la universidad.

Los tiempos han cambiado, el mundo se mueve rápido, procesos productivos que eran punteros un día, al cabo de cinco están ya literalmente obsoletos. Las sociedades no entienden dónde se han perdido. Los británicos culpan a la Unión Europea. Los obreros estadounidenses desean parar la globalización. No comprenden. Han hecho lo que les dijeron, estudiaron hace treinta años lo que les recomendaron y hoy no tienen ni fábricas ni conocimiento. ¿Qué está pasando? Que la pirámide educativa que construimos en los sesenta en Europa y en los ochenta en España ya no vale. Hemos dejado de escalar, ya no está ahí ni la verdad ni la luz. Somos navegantes. Salir de puerto y movernos por los mares del conocimiento. Y como toda navegación, sino deseamos que el pasaje se maree hemos de procurar que no haya tormentas, es decir, conocimiento permanente, flexible, asequible y apetecible. Algo que no ocurre en la realidad. Si hoy, un premio nobel de economía desease dar clase en un ciclo no podría, salvo que tuviera el curso de adaptación pedagógica, el CAP, o un máster en Educación, ¿Cree usted que lo tiene?

Siempre hemos centrado los debates de desarrollo y educación sobre los males de la universidad, pero hay que hacer algo más, redefinir la educación para el trabajo. Esto supone hablar y de modo intenso de tres campos. Primero, las rigideces de la Formación Profesional, tanto en programas académicos como en habilitación de docentes. El segundo, los certificados de profesionalidad, un intento digno de aproximarse al problema educativo pero que, al menos en el sector industrial, no podrá triunfar sin flexibilidad. El tercero, su reconocimiento dentro del sistema universitario. Es un escándalo observar cómo la universidad pública española ningunea a los ciclos superiores, algo que no ocurre en naciones más desarrolladas.

La educación es necesaria para hacer crecer un país, pero no toda tiene la misma capacidad tractora, y la nuestra, con toda seguridad, está lastrada por una estructura rígida y aislada de este mundo.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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