Espacios para el diálogo


Hemos convertido el pacto en un acto de debilidad, el diálogo en una ligereza y el consenso en una rareza. Lo robusto es anclarse en la negación y lo político ya no es transformación. Es un simple acto lúdico. Una opereta para el común. Fidelización a través del odio y el entusiasmo por el esperpento. Nos descabalgan de los retos colectivos.

Ahora bien, si algún día este país, tan fracasado en lo social, decide dar un paso adelante y encontrar espacios de encuentro, déjeme que le sugiera tres.

Sistema de pensiones. Dentro de catorce meses estaremos debatiendo si emitir o no deuda para financiar el sistema. Los más populistas dirán «¿Por qué no endeudarnos en veinte mil millones? -la cifra estimada- ¡Si la banca comió mucho más!». Y realmente, si fuera pedir esa cantidad y punto pelota, era el primero. Pero es que al año siguiente tocan otros veinte y al otro, otros veinte y así en un suma y sigue. En el mejor de los casos, si las cifras de empleo se mantienen, que es mucho decir, tendríamos el sistema equilibrado en el 2023, es decir, cuando hubiéramos encontrado empleo para 2,5 millones de españoles. Llegado ese momento estaríamos ajustados, pero como seguirían llegando jubilados, volveríamos a entrar en nuevos desequilibrios. Un millón más de pensionistas reclaman tres millones de trabajadores. ¿Qué hacer? ¿Dónde encontrarlos? Aquí viene el segundo reto, la política migratoria.

Migración. Antes de siete años, España volverá a ser receptora de inmigrantes y estos pueden llegar como flujo sin control, desperdigándose de modo estéril, o canalizarlo y con ella alimentar eficazmente el tejido productivo. Aprendamos de Australia, Canadá, Alemania, del mismo Reino Unido. Creemos las condiciones necesarias para captar el capital humano de aquellas naciones que no son capaces de retenerlo. Incorporémoslo a nuestra cultura y costumbres ¿Cómo? Existen diferentes vías; una de las más eficaces es el sistema educativo. Hagamos permeables las facultades, pongamos puentes de plata a los estudiantes extranjeros de enseñanzas medias para que puedan entrar en nuestros grados, diseñemos nuevas políticas de becas, favorezcamos visados, creemos más residencias, flexibilicemos las convalidaciones internacionales. Abramos el sistema. Y puestos a hablar de Universidad, extendamos el debate a la educación superior, el tercer elemento a consensuar.

Educación superior. España vive una anomalía en su educación superior. Ha creado dos sistemas y entre ellos no se comunican, la formación profesional y la universitaria. La segunda ningunea a la primera deseando que sea el camino errático de aquellos que no pudieron o quisieron cursar un grado universitario. Es un tú o yo. Esto es anómalo. Falta un itinerario natural, una formación profesional eminentemente dual y convalidable, tal y como potencian los acuerdos de Bolonia, de tal modo que los estudiantes de ciclo superior puedan entrar directamente en el tercer semestre del grado o, como hacen en multitud de facultades británicas, en el quinto. ¿Por qué no hacerlo? Simple: las Administraciones autonómicas financian a las universidades por el número de alumnos que matriculan cada año. Si la formación profesional les roba los de tres semestres, les estaría conduciendo a la quiebra. ¿Coste de esta anomalía? Un país lleno de graduados realizando tareas auxiliares y puestos técnicos carentes de expertos capaces de cubrirlos. El mundo no es como lo hemos pintado, existen otras realidades, y tendremos que empezar a valorarlas. ¿Se hará? No, ningún partido se enfrentará en solitario a una reforma de este calado.

La educación superior necesita cambios para ser más competitiva. | álvaro ballesteros

Autor Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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