Del mejillón, como del cerdo, hasta los andares

Como en el cerdo, del bivalvo se aprovecha todo, hasta las barbas, empleadas desde la Antigüedad para crear tejidos. Su potencial reside ahora en la cáscara: para fertilizantes, piensos animales, asfaltado de carreteras o filtros de depuradora


redacción / la voz

De la resistencia de los bisos del mejillón sabían bien en Egipto, donde llegaron a vestir a sus momias con tejidos confeccionados a partir de las barbas del molusco. Grecia, Arabia o China también los utilizaron en la antigüedad para las famosas sedas de mar. Aunque las descartemos en su uso culinario, las bigotudas compañeras del mejillón y su cáscara tienen un amplio universo de aplicaciones lejos de la mesa.

Galicia se mueve año tras año en las primeras posiciones del ranking mundial de productores de mejillón, que lidera China. Con más de tres mil bateas y 267.000 toneladas en el 2017, la comunidad gallega se disputa con Chile el segundo puesto. Pero tal ritmo de producción tiene un precio en forma de residuos. Y no son pocos: noventa mil toneladas anuales. Está claro que hay mejores soluciones que el vertedero para dar salida a tanta cáscara. Y que sus posibilidades van mucho más allá de servir como abono.

Subproductos de la concha

Mexical es uno de los últimos proyectos de innovación relacionados con el bivalvo rey de Galicia. Nace en el Centro Tecnológico de Investigación Multisectorial (CETIM), con sede en el concello coruñés de Culleredo, y tiene como objetivo valorizar los subproductos derivados, precisamente, de la concha de mejillón. Aprovecharlos para volver a meterlos en la cadena de uso como productos de alto valor añadido, como piensos para animales (alimento para aves, en este caso) y fertilizantes. «Al final, tanto desde el punto de vista técnico como económico, es un desperdicio que tiene un valor añadido al que hay que sacar el máximo partido», explica Marcos Sánchez, responsable técnico del programa, en el que participan, además del propio CETIM, cuatro empresas también gallegas. La conservera Vitalmar (con varias bateas en Lorbé) proporcionan el residuo; Tresima se ocupa del transporte y la gestión del mismo; Intutec del diseño de la planta de valorización, y Galaytec, de su construcción. Está previsto que el prototipo vea la luz en febrero del 2020.

«Hemos hecho la parte de la caracterización del producto, calibramos las medidas idóneas de cada fracción, orgánica e inorgánica, para conseguir separar las dos partes, a través de escalados. En esta fase de laboratorio analizamos cómo se comportan y qué podemos sacar de cada una», detalla. Enzimas, estabilización biológica, micronizado... Toda una serie de procesos entre probetas que darán como resultado un protipo que permitirá gestionar tres toneladas de residuos a la hora.

Hasta ahora, dicen, nunca se había hecho algo así en la propia planta conservera, «consiguiendo el aprovechamiento íntegro de la fracción orgánica del mejillón y de la parte inorgánica». Además, el hecho de ubicar el prototipo en las propias plantas conserveras permite ahorrar costes de transporte (entre dos y seis céntimos por kilo) y evita olores indeseables. Esos son sus valores diferenciales respecto a otros proyectos que se hayan podido hacer con anterioridad y con la concha de mejillón como protagonista. «Ahora lo que se está haciendo es liberarlo en forma de polvo, y eso genera desperdicio. Nosotros, mediante el encapsulado, soltamos el fertilizante de manera regulada, lo que permite optimizar el proceso de obtención del subproducto».

Otros usos del mejillón

En CETIM ya llevan tiempo trabajando con la fracción inorgánica del mejillón. «La concha se puede utilizar como relleno en polímeros termoplásticos como el propileno, en tuberías de suministro de agua, o incluso para mezclas asfálticas, porque como es muy buen absorbente, puede captar los metales pesados del medio», explica Sánchez.

La economía circular, seña de identidad del centro, guía otros proyectos que están empezando a andar. Uno de ellos (SHIAC) pretende reducir hasta un 80 % el consumo de agua en piscifactorías mediante tratamientos con lámparas ultravioleta que disminuyen la presencia de microorganismos. NEOMEAT, por otra parte, aprovecha los residuos industriales de las conserveras para obtener proteínas que pueden llegar a ser comercializadas.

Los interrogantes de la concha del mejillón

espe abuín

La diferente clasificación del desecho del mejillón según si tiene o no carne ha acabado en multas a las empresas transformadoras del producto

El mejillón está envuelto en la concha y su concha, envuelta en un monumental lío legislativo. Un embrollo legal a tres bandas en el que se han enzarzado Bruselas, la Xunta y el Ministerio de Agricultura y del que, según expertos del sector, podría salirse fácilmente sin necesidad de tanta letra normativa en el boletín o diario oficial.

Desde el principio. Todo empezó hace poco más de medio año cuando por prácticas no del todo correctas -todo hay que decirlo-, empresas conserveras, depuradoras y cocederos empezaron a recibir multas por la gestión de esa concha. El uso más común de ese envoltorio es el abono de fincas agrícolas, con lo que es habitual ver en el paisaje gallego leiras cubiertas de cáscaras de mejillón. Y muchas veces olerlas. Eso precisamente es lo que detonó las denuncias vecinales que dieron pie a la intervención del Seprona y a la posterior apertura de expedientes que acabaron en sanción.

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