El peregrino australiano que pasó de ir de retiro al Himalaya a escoger el Camino como vía espiritual

Estrena este año una ampliación de su proyecto de apoyo al caminante en Samos


SAMOS / LA VOZ

«He viajado mucho, caminado mucho, recorrido muchos sitios y conocido a todo tipo de gente, pero el Camino... es que no hay nada como esto», resume Simon Keenan. Su palabras no las dice a la ligera, nació en Australia, donde conoció todos los contrastes de vida y paisaje de la isla, viajó por Europa, hizo diferentes caminos -el último por Israel- y visita anualmente el Himalaya, donde se formó en yoga y meditación.

Su vida era un no parar hasta que hace ocho años hizo el Camino de Santiago con su madre y se quedó en Galicia. «Conocí a mi madre de una manera distinta, la vi como nunca antes, y supe que este era un lugar de sanación», explica. Tras peregrinar desde Saint Jean Pied de Port, Simon sintió que quería realizar un proyecto en el Camino para crear un espacio de apoyo y reflexión del peregrino. «Di el paso porque no habría soportado quedarme con la duda». Así que hace seis años nació Terra da Luz, que da nombre a la casa donde Simon vive; la antigua vivienda del herrero del pueblo.

El australiano la está rehabilitando, pero se enorgullece de saber su pasado. Por eso guarda una foto en blanco y negro de un retrato del herrero y su mujer. «Hay que mezclarse con la cultura de aquí». Ahí vive con su novia israelí, Anat, que empezó el Camino hace dos años, pero no llegó a Santiago porque se quedó en la parada de Simon. En el patio de la casa hay varios sofás y mesas rodeados de infinidad de placas y tablas pintadas de colores, con frases en diferentes idiomas y alfabetos. Algunas son propósitos, otras ánimos y otras saludos. Entre el verde de la montaña, destacan dos árboles cuyas ramas son conchas, cada una de un peregrino. Esta recopilación de objetos es fruto de la función que tiene Terra da Luz: un lugar de encuentro y libertad de cientos de peregrinos. Las puertas de la casa de Simon siempre están abiertas: «Por si un peregrino necesita desde un plátano, una charla en confianza o una clase de meditación». Ni siquiera es necesario que Simon y Anat estén con los peregrinos, lo que ofrecen también es el propio espacio.

Ahora quieren formalizar el proyecto con la iniciativa yourcaminowithin, que ya tiene página web. «Es un programa más formal y en profundidad». Consistirá en un retiro caminando hacia Santiago, por lo que se formará un grupo del que Simon será el guía, tanto del itinerario como espiritual. La experiencia puede durar ocho días, que sería de Ponferrada a Sarria, o trece días, que es el itinerario hasta Fisterra. La ruta del Camino se complementa con actividades, clases y visitas a lugares «sagrados» fuera del itinerario.

El rincón especial: un laberinto de 2.000 piedras de cuarzo construido durante dos meses

Simon y Anat delante del laberinto, conformado por once aureolas de cuarzos
Simon y Anat delante del laberinto, conformado por once aureolas de cuarzos

Cada detalle de Terra da Luz está cuidado o tiene un significado especial. Pero hay un espacio que para Simon fue lo mejor que pasó desde que está aquí. En la parte de atrás de la finca de su casa había un montón de silvas que alcazaba una altura de unos cuatro metros. Tras una fuerte nevada, las silvas cayeron y Simon vio en ese espacio la oportunidad de cumplir una de sus metas: construir un laberinto inspirado en un petroglifo de Castro de Formigueiros.

«Cuando lo visitamos me llamó mucho la atención porque tenía once ruedas, y es algo inusual comparado con los más conocidos de la zona de Pontevedra», explica. Así que tras varios días de limpieza de la zona, Simon, Anat y ocho amigos más se pusieron a trabajar todos los días durante dos meses para hacer el laberinto, además, durante los crudos meses de invierno. Cogieron la furgoneta y se fueron por la montaña en búsqueda de cuarzo o se lo pidieron a gente que sabían que tenía. Reunieron 2.000 piedras de cuarzo que ahora conforman el laberinto soñado. «Fue un trabajo muy duro, pero también increíble porque nos unía una fuerte energía de compartir un propósito», sentencia. El laberinto es una prueba más del espíritu del proyecto de Simon: «la vida es compartir».

Está abierto a todo el que se quiera adentrar en él, por eso no hace falta entrar por la casa para encontrarlo, sino que se ubica en la ruta del Camino y tiene una entrada propia con un cartel que dice: «Benvido ao laberinto de Samos».

La sinergia de Simon con la cultura gallega se dio de forma natural, pero está reforzada por su clara intención de aprender. Ya en Australia trabajó con indígenas en un programa de ayuda y le apasionó conocer otras culturas. Ahora su casa conserva los viejos utensilios del herrero, tiene señalización en gallego, castañas acumuladas, una rueda de afilar y tiene un espacio pensado para estar reservado para la cerámica tradicional de Samos. Mismo su madre, con la que hizo el Camino y que vino a visitarlo a su nueva casa también bebió de la tradición gallega. «Por el 50 aniversario de bodas de mis padres, vinieron aquí y les hicimos una boda celta sorpresa en Sarria», cuenta.

«Cuando llegué los vecinos me dijeron: ‘¡Qué bien, otra persona en el pueblo y joven!'»

La aldea en la que están instalados Simon y Anat tiene apenas veinte habitantes. Algunas de las casas lucen varios carteles de «se vende» y otras están totalmente abandonadas. Cuando el australiano llegó a Montán, afirma que tenía un poco de miedo de cómo reaccionarían los vecinos. Pero el primer contacto fue: «¡Qué bien, otra persona en el pueblo y además joven!». Simon es un ejemplo en vivo de los grandes beneficios del Camino: la recuperación de la población en el rural. «La vida en el campo tiene una riqueza tremenda, estás activo pero no tienes estrés», opina.

Ya en Australia, el peregrino vivía en el campo, pero nada tiene que ver con el de Galicia. Aquí tiene un huerto y un par de gallinas con los que subsiste. «Todo lo que sabemos del huerto es gracias a los vecinos, la sabiduría está en la gente», cuenta. Simon y Anat intentan reciclar, respetar la tierra que los enamoró y utilizar abonos y recursos naturales.

Confinamiento en Israel

Ambos están contentos de volver a Montán porque el primer confinamiento que trajo la pandemia lo pasaron el Israel, mientras estaban haciendo allí otra ruta de peregrinación hasta llegar a la comunidad de Anat. «Viajando por allí nos encontramos a peregrinos con los que habíamos coincidido e incluso con israelíes que habían estado en Terra da Luz», cuenta Simon. Estando en un pequeño punto de Montán, siguen viajando.

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