Artemio García trabajó de guardia y participó en repoblaciones arbóreas, mientras que su hijo, Roberto García, representa la llegada de otras tareas y de más medios
29 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema. La frase aparecía, pongamos que hace 30 años o alguno más, en campañas que buscaban concienciar a la población sobre las consecuencias del fuego. Y conviene recordar que si había monte, era porque, entre otros asuntos, las décadas anteriores se habían caracterizado por intensas repoblaciones forestales.
De aquellos tiempos sabe mucho Artemio García Baamonde, que a su porte ágil une una buena capacidad para comentar lo que le tocó vivir de cerca. Tras años en los que trabajó en empresas cercanas a Xermade -Calvo Sotelo, con sede en As Pontes, o Eléctrica Murense, que hace referencia a Muras- y fue cartero en su municipio natal, centró su actividad en el sector forestal, en el que pronto pasó de peón a agente forestal.
La repoblaciones en montes de Xermade y de municipios cercanos fueron su ámbito. Eran además tiempos en los que empresas de fuera -de Viveiro, de As Pontes, de A Coruña- realizaban muchas cortas para aprovechar la madera de pino en diversos usos. La maquinaria no era como la de hoy ni mucho menos, y la madera se serraba por parejas.
Si el eslogan de hace años decía que algo de todos se quemaba cuando se declaraba un incendio, cabe preguntarle a una voz autorizada si el monte está valorado en esa justa medida. García Baamonde opina que más bien no, y destaca que en la gente suele darse una mentalidad más bien individualista. Y él, que empezó hace casi décadas en esta actividad, destaca que el monte «é un proceso a longo prazo».
Que el monte es algo así como un vino que requiere reposo antes de estar listo, como si fuese un vino de gran reserva, es algo que se observa hablando también, por ejemplo, de la comunidad de montes de Lousada, que él impulsó hace 24 años y cuyos beneficios parecen patentes: se puso teléfono, se arregló la iglesia, se hacen las fiestas...
Menos décadas pero no menos entusiasmo aporta Roberto García Pernas, que con 45 años ya acumula 25 de trabajo en varios escenarios. Las muchas veces que acompañó a su padre al monte siendo un chaval dejaron su huella, aunque los tiempos han cambiado. El padre andaba en bicicleta o a caballo, y el hijo no solo dispone de coches que el progenitor tardó en tener sino que en su material de trabajo cuenta incluso con un GPS, y su ámbito de competencia abarca también la vigilancia de ríos o de caza.