Pueda que el amor se extinga como el lince ibérico, las truchas o el matrimonio perpetuo. El romanticismo es cosa del XIX, y a Bécquer, Espronceda o Pastor Díaz pocos les leen. No sospechaba que las parejas jóvenes expresasen la relación como mi gata en época de celo. O sea, con maullidos, desgarros y zarpazos. Acaba de ser juzgada una pareja de Guitiriz que estando en su casa sentados en el sofá, ella le puso los pies a su tronco encima de las piernas. Sería por ternura o invitación al ronroneo, supongo.
Pues va él y le responde con sopapos y golpes a los que ella, a su vez, contesta con arañazos y pellas. Acabaron en el juzgado así que no fue simple gresca ni bronca espontánea. Ahora el amor se expresa en plan bélico: ferocidad prevista, risa artillada, ojos en llamas, manos coléricas. Muchas parejas no aguantan el céfiro ni entienden la calma. Practican galaxias de insultos, marejadas de agravios y tempestades canallas. Ni la cama les absuelve del odio ni la caricia les priva del abandono. Por eso el fracaso matrimonial es hoy abultado y ascendente.
El juez los condenó a la prestación de trabajos a la comunidad. No sé si esta pena es suficiente. Debería condenarles a leer el verso de Neruda: «Trajo el amor su cola de dolores,/su largo rayo estático de espinas/y cerramos los ojos porque nada,/porque ninguna herida nos separe». Dicen los viejos que ahora no se aguanta como antes, ni se valoran los besos, ni se raciona la cama. El mercado es amplio y permite escoger. El sueño del amor, para algunos, es rutina de usar y tirar.