Alfonso Carrasco Rouco fue consagrado ayer obispo de Lugo en una emocionante ceremonia celebrada a mediodía en la catedral. Los actos preliminares se iniciaron a las nueve de la mañana con la simbólica entrada de Carrasco en la diócesis, proveniente de su Vilalba natal, donde pernoctó. En la iglesia de Rábade -la parroquia de entrada a la diócesis desde Vilalba- lo esperaban un madrugador grupo de rabadenses, encabezados por el alcalde, quien le hizo entrega del regalo institucional: un puente de cristal. Tras una breve oración en la iglesia, la comitiva emprendió viaje hacia Lugo y después de recorrer la avenida de La Coruña y -ya dentro dentro del recinto amurallado- se dirigió a la iglesia de A Nova, en la céntrica rúa da Raíña. En la puerta recibieron a Carrasco Rouco un nutrido grupo de fieles y el administrador diocesano. Tras otras oraciones, todos salieron del templo y se dirigieron a la plaza de Santa María, donde le esperaba ya numeroso público y su familia. Pasaban pocos minutos de las once. Bastante nervioso y emocionado, saludó y atendió alguna llamada de teléfono antes de penetrar en el palacio episcopal. Allí fueron entrando posteriormente los cardenales y obispos, encabezados por Rouco Varela, y desde allí salieron luego en procesión todos los prelados hacia la catedral mientras volteaban las campanas. La ceremonia, que duró algo más de horas, congregó en el templo a más de mil personas. Estaba abarrotado, tanto la nave central como las laterales e incluso las capillas. En todas ellas se pudo seguir al detalle la ceremonia gracias a un sistema de televisión interior con numerosas pantallas. El nuevo obispo, una vez terminada la ceremonia y después de abrazar a los miembros de su familia, recorrió todas las naves del templo catedralicio bendiciendo a los asistentes a la ceremonia. Una vez en el exterior, y después de firmar algunos autógrafos y saludar a fieles, el ya obispo de Lugo se dirigió al Seminario en cuyo pabellón almorzó con los demás obispos, cardenales y familiares.