Las casas también se redimen

LUGO

Una rectoral de Guitiriz asaltada en la primavera del 2006 es hoy un edificio sede de una biblioteca y de un telecentro

27 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Una pena que no ha durado 21 meses. Así puede entenderse el tiempo pasado entre el mes de abril del 2006 y este mes de enero: algo menos de dos años, que pueden haber sido largos para unos, un suspiro para otros y un período que ha dejado en todos las huellas de su paso. Ese rastro, además, puede observarse en casas, como se aprecia en la rectoral de San Salvador de Parga, una de las parroquias del extenso municipio de Guitiriz.

La casa se convirtió en inesperada y desagradable protagonista de la actualidad en la primavera del 2006 por el robo cometido en su interior. Libros parroquiales y variados objetos, de misales a piezas de cerámica, constituyeron un botín que fue a parar, al menos parcialmente, a mercados que se celebran al aire libre por lugares no muy alejados del escenario de los hechos.

Si la distancia, como dice el bolero, es el olvido, la cercanía puede ser la memoria. Alfonso Blanco, que atiende esta y otras parroquias del ayuntamiento guitiricense, logró recuperar una parte de aquellos objetos después de que personas conocidas los hubiesen comprado y se los hubiesen devuelto.

La sustracción evidenció el mal estado del edificio, pero fue también el punto de partida para unas obras que han tenido tanto de reconstrucción como de redención. El edificio no solo se ha reparado y ha superado las carencias de entonces, sino que se ha convertido en sede de una biblioteca, de un telecentro y de lugar de reunión de los vecinos de la parroquia.

Medio siglo

Tal como recordaba Blanco anteayer, la historia del inmueble -cercano a la carretera LU-170, Parga-Momán- es relativamente breve, pues fue levantado a mediados del siglo pasado con aportaciones de la parroquia de San Salvador de Parga y de la de Trasparga, anexa de esta.

Sin embargo, las décadas transcurridas desde su construcción servían como prueba de que las nieves del tiempo no solo platean las sienes: aunque no lo diga ningún tango conocido, las humedades entran en las paredes y las puertas y las ventanas se deterioran.

Esos eran algunos de los males que aquejaban entonces a un edificio que hoy, casi dos años después, está muy cerca de su total recuperación física tras haber pasado ya la meta de la rehabilitación social.

Unos 3.000 libros, que pertenecen al párroco pero que pueden usar los vecinos, y media docena de ordenadores, instalados por el Concello, son una muestra de lo que se puede hacer en la planta baja del edificio, reparada con fondos de la comunidad de montes. El amplio fondo bibliográfico incluye obras de literatura, de teología o de sociología, aunque Blanco reconoce que los ordenadores -el telecentro se abre, de lunes a sábado, una hora diaria- tienen más aceptación.

Sensibilización

Las obras han incluido también, con aportaciones de los comuneros y del párroco, mejoras en la primera planta del edificio, que tiene una cocina, un baño y cuatro habitaciones.

¿Valen estas obras como ejemplo del cariño de los vecinos por sus edificios cercanos y representativos? Blanco explica que la gente se implica en estas iniciativas, aunque también pueden necesitar un estímulo: «Ás veces hai que empregar un proceso longo de sensibilización», dice. En este caso, afirma, hubo un precedente que parece haber jugado a favor de la restauración del edificio: con las obras de la carretera LU-170, acabadas en el 2004, se tiró la antigua escuela de la parroquia.

La rectoral, con todas sus mejoras, ya no es solo un lugar donde se puede elegir entre libros variados o asomarse a las posibilidades que brinda la informática: es también un lugar de reunión para unos vecinos que se han implicado en su restauración.

Algo menos de dos años contemplan la transformación de un edificio cuyas obras están muy avanzadas: unas obras con las que ha pasado de padecer el paso del tiempo a disfrutar de un presente útil y digno. Los trabajos recientes parecen augurarle un futuro, volviendo al tango, en el que no haya más penas ni olvido.