MONFORTE / LA VOZ

El acero inoxidable desplazó a las viejas cubas de madera destinadas tradicionalmente a la elaboración del vino. No solo en las modernas instalaciones. El relevo también llega a las pequeñas bodegas de cosechero que todavía proliferan en la Ribeira Sacra. Hay razones de fuerza que explican este declive. Los nuevos materiales brindan más comodidad en la limpieza y el mantenimiento de los depósitos de vinificación, además de entrañar menos problemas en la conservación del producto. Eso explica que las antiguas barricas acaben arrinconadas en algún cobertizo hasta volverse inservibles, paso previo a su posterior reciclaje en los usos más insospechados. «Hainas que serven ata de casetas para os cans», dice un cosechero de Chantada.

Las casetas de perros son una salida relativamente frecuente para las barricas que terminan sus días en fincas de viviendas unifamiliares. Pero también se pueden encontrar reciclajes algo más originales. En Chantada, concretamente en San Fiz, llama la atención el aprovechamiento que da un cosechero a una cuba de gran tamaño que posiblemente jubilase hace unas cuantas cosechas. La barrica reutilizada junto a su pequeña bodega, a escasa distancia del viaducto que atraviesa el Miño a la altura del embalse de Belesar, sirve de mirador en una de las riberas más conocidas del Miño.

La original balconada se levanta junto al lagar sobre una enorme roca granítica redondeada por la erosión. El autor pasó su trabajo a la hora de perfilar el diseño de la barrica-mirador. Se tomó la molestia de dejar un espacio libre entre cada una de las duelas, al retirar las tablas de forma alterna. La formación de granito sobre el que se sostiene, piedra característica en los suelos en los viñedos de la mayor parte de esa ribera, no se deja de ver desde el interior de la cuba gracias a la reja metálica que sirve de piso.

La recuperación de viejas prácticas como el pisado de la uva o la fermentación con el cangallo o raspón -el esqueleto vegetal del racimo- trajo consigo también el regreso de las cubas de madera a algunas bodegas acogidas a la denominación de origen. Se trata sin embargo de barricas nuevas o seminuevas, adquiridas en zonas vitícolas donde la gran mayoría de los vinos pasan por crianza en madera. Los antiguos toneles de esta zona, por el contrario, difícilmente pueden ser reutilizados después de pasar por un largo período de inactividad. La madera suele contaminarse al quedar abandonada y tampoco quedan artesanos que sepan reparar las duelas.

Lejos de los viñedos

En diferentes enclaves de los municipios de la Ribeira Sacra se pueden encontrar otros ejemplos de usos decorativos de antiguas barricas que en su día se destinaron a vinificación. En una finca particular próxima a la iglesia de Rosende, en Sober, hay un original tonel transformado en cobertizo en medio del jardín. Tiene un ojo de buey a modo de ventana y una cubierta de teja sobre la que se levanta una damajuana, símbolo del uso con el que fue concebida la enrome cuba.

En otros casos, las viejas barricas salieron de las bodegas para convertirse en improvisados hórreos. Es un uso que prolifera en parroquias de la comarca de Chantada alejadas de la zona de ribera. Pueden verse ejemplos en Vilaúxe y en la aldea de Milleirós, en la parroquia de Ermida, en el municipio de Carballedo. También lejos de las zonas de viñedo, a la entrada de Vilamor, en la montaña de O Courel, una enorme cuba saluda al visitante desde lo alto de la rueda de un tractor.

No es fácil devolver a las cubas

su uso original si llevan tiempo abandonadas

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La segunda vida de las barricas de vino