¿Amigos o enemigos de los árboles?

Pablo Ramil LUGO.

LEMOS

La corta de un castaño de Indias en la alameda de Vilalba se aparta de los criterios de sostenibilidad y de la armonía entre vegetación y naturaleza que reinaba en el lugar

06 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La leyenda de que en época romana una ardilla podría cruzar desde el Norte al Sur de la Península, saltando de árbol en árbol, ha quedado desbancada hace muchos años por los estudios botánicos e históricos. Los llamados pueblos «bárbaros» y los «cultos», que habitaron en la Iberia, coincidían en su poco apego a los árboles y al arbolado, pese a que algunos autores se han empeñado en contar la historia al revés.

La maltrecha situación del arbolado en la antigua provincia de Mondoñedo, llevó al regidor D. Luis de Luaces a organizar una fiesta el 4 de febrero de 1569, con la finalidad de influir sobre sus vecinos en la necesidad de cuidar y proteger los árboles. La acción promovida por Luaces es considerada como la primera celebración a nivel mundial de una fiesta del árbol, de la que queda constancia documental. Ello acontecía hace 441 años.

Sabiduría de un regidor

La sabiduría y cordura demostrada por el regidor mindoniense careció de continuidad en Mondoñedo y en Galicia. Tendrían que transcurrir 236 años, para que el cura párroco de la localidad extremeña Villanueva de la Sierra, D. Ramón Vacas Rollo, instituyese la tradición de celebrar, cada martes de carnaval, una fiesta del árbol, actividad que se ha mantenido desde el año 1805, solo interrumpida por los distintos episodios bélicos.

La relevancia de Mondoñedo y Villanueva de la Sierra en relación con la fiesta del árbol, quedaron desplazados, por la propaganda americana. Así a nivel internacional se considera como día del árbol el 10 de abril, conmemorando el inicio de su celebración en el estado americano de Nebraska, datada en el año 1872, a iniciativa del antiguo secretario de agricultura del presidente Grover Cleveland, y en aquel año, gobernador del estado de Nebraska, el honorable J. Sterling Morton.

La instauración oficial en España de la fiesta del árbol data de 1904, año en que un Real Decreto establecía que en todos los municipios del reino, se celebrase una «Fiesta del Árbol». La fiesta iniciativa del naturalista y afamado ingeniero de montes Don Juan Ricardo Codorniú, se incluía en un conjunto de medidas conducentes en favorecer la protección del arbolado, cuya ausencia dejaba a los cultivos y a las poblaciones ribereñas indefensas frente a las crecidas.

Proliferación de arboledas

Las iniciativas en defensa del árbol y las arboledas, realizadas en el reinado de Alfonso XII tuvieron continuidad durante la República. Fruto de ellas, surgen en pequeñas y grandes villas numerosos jardines públicos, las alamedas, en las que el álamo era una especie rara o incluso ausente, siendo remplazado por aquellas especies que en las primeras décadas del siglo XX se les atribuía un aprovechamiento maderero, industrial, textil o farmacéutico (negrillos, arces o pravias, moreras, acacias, eucaliptos, castaños de indias), junto con otras de claro carácter ornamental, como las palmeras o los aligustres arbóreos.

Algunos de estos jardines, como la alameda de Mondoñedo, o la de Vilalba, tenían una larga historia, vinculada a su uso como campo de feria, pero con la llegada del Siglo XX se transforman, el jardín lúdico gana progresivamente espacio a la feria. Los diseñadores de la época emplearon un remix de modelos y formas típicas de jardines italianos y franceses, muy transformadas al gusto hispano, con formas geométricas claramente diferenciadas y organizadas, empleando terrazas y escaleras para salvar pendientes, para diferenciar usos y actividades.

Cohabitación vilalbesa

El diseño de la alameda de Vilalba englobó los antiguos árboles persistentes, entre los que destacaban varias pravías y cuatro castaños de indias. Con ello su diseñador dejaba testimonio la importancia del árbol frente a la concepción urbanística, lo vivo y perecedero, frente a lo inerte y de mayor persistencia. La cohabitación entre el árbol, la piedra y un terreno en pendiente alcanzó una singular harmonía, configurándose un jardín que durante décadas dio cobijo a pombas y grajas, y a una nutrida plebe de vilalbeses, que jugaba, paseaba y descansaba a las sombra de los cuatro vetustos castaños.

Pero la alameda de Vilalba tuvo su esplendor y su ocaso. El campo arbolado de la antigua feria sucumbió ante una enorme estructura de cemento, con árboles tortuosos que malviven ante las torturas de la irreverente tijera de podar.

El viejo negrillo tuvo mala suerte, su insigne porte impedía la maniobra de una grúa, la motosierra fue la fácil solución, de la que el viejo negrillo ha sido incapaz de recuperarse.

Las tropelías arboricidas se sucedieron y culminaron con la corta de uno de los viejos castaños. A alguien se le ocurrió barruntar que estaba seco. Y al cortarlo se comprobó que dicha afirmación carecía de veracidad, pero el daño ya estaba hecho.

No aprendimos, y seguimos aplicándoles podas y manejos inadecuados a los viejos árboles. Y así en una cálida primavera las pravias iniciaron su brotación y se secaron de golpe. «Un aire», afirmaran algunos, otros recordaban la salvaje poda realizada el año anterior.

Cruzada

La peculiar cruzada arborizada ha tenido en esta semana un nuevo capítulo. Gracias al apoyo financiero del plan E, el plan de la economía sostenible, nos hemos quedados sin otro vetusto castaño de indias. El problema es que estaba seco. Aunque se empeñaba en mantener hojas verdes y floema activo. De nuevo la motosierra nos deja un triste espectáculo, no hay producción. Probablemente el árbol estaría endemoniado o tendría alguna enfermedad de espíritu, de aquella de la que los botánicos y los fitopatólogos no tienen conocimiento. En el fondo da igual.

En la capital chairega, no hemos aprendido nada de las actuaciones del regidor Luaces, de Don Ramón Vacas, del gobernador Morton o del insigne Codorniu, y menos aun del concepto de sostenibilidad. Los arboles y las alamedas no tienen cabida, frente al imperio de la motosierra, el cementón y la funesta plaqueta.