Monica Branni, sexóloga: «Seguimos teniendo datos que hablan de una brecha orgásmica»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

Monica Branni, sexóloga y divulgadora en redes.
Monica Branni, sexóloga y divulgadora en redes.

La experta señala que la habituación sexual es «el problema al que más están expuestas las parejas de larga duración»

15 feb 2026 . Actualizado a las 16:24 h.

El placer sexual femenino ha sido, a lo largo de gran parte de la historia, un tabú. Aunque esto ha ido cambiando, algo del pasado persiste en nuestra socialización y esto puede ser precisamente lo que nos aleje, aún hoy, del placer. Así lo señala Monica Branni, sexóloga y divulgadora en redes sociales. La experta, que ha trabajado como directora de sexología de la marca Platanomelón durante un lustro, se dedica a asesorar a personas y a parejas en esta búsqueda del disfrute, que no siempre es tan instintiva o natural como podríamos pensar. Su nuevo libro, ¡Mujeres al placer! (La esfera de los libros, 2026) aporta información científica para entender cómo el cerebro y el cuerpo interactúan para generar esa chispa.

—Venimos de una gran ola feminista en la década del 2010, que estuvo marcada por el lanzamiento del Satisfyer. ¿Cómo ha cambiado la percepción del placer femenino a nivel social?

—Yo creo que ahora estamos ante premisas diferentes que en el pasado. La nueva reflexión acerca de los feminismos, de los roles de poder dentro de la sociedad, en el ámbito tanto doméstico como laboral y social, nos hace también retomar la conversación sobre la sexualidad y plantearla desde un prisma diferente. Pero sí que es verdad que hemos respirado durante siglos una mentalidad alrededor de la sexualidad, especialmente la femenina, muy vinculada a la reproducción y a complacer los deseos de la pareja masculina. Pero ahora vamos en una buena dirección, a pesar de que haya también una oleada de resistencia con todos los debates más conservadores y tradicionalistas que están emergiendo.

—¿Persiste la brecha de placer entre hombres y mujeres?

—En mis canales de divulgación recibo muchísimos mensajes de personas que se sienten culpables o que se interrogan acerca de cuánto permiso tienen para pedirle a su pareja sexual realizar prácticas que a ellas les suscitan placer. Ahora estamos en un momento donde sí, la teoría nos la estamos aprendiendo, pero a la hora de la práctica, seguimos teniendo datos que hablan de una brecha orgásmica y hay una diferencia enorme entre quién alcanza el orgasmo, dependiendo de los genitales que tiene. Esto viene de la carga que traemos de otros tiempos. Históricamente, las mujeres hemos interpretado la sexualidad como algo que estaba muy desligado del placer propio. El placer estaba dedicado a la pareja. Esto lleva a que tengamos una desconexión con nuestro cuerpo. Y, sobre todo, en las relaciones heterosexuales, en las que el patriarcado construye roles asimétricos, la sexualidad se ha construido y se ha ido dibujando alrededor de las creencias culturales que había en este sentido.

—El encuentro sexual empieza con el deseo. ¿Podemos tener un sexo satisfactorio sin él?

—Yo creo que por norma general solemos aprender a tener sexo sin deseo, lo cual no es un ejercicio necesariamente negativo. Aquí hay que matizar muy bien qué quiere decir tener deseo y qué quiere decir tener relaciones sexuales. Podemos tener sexo sin deseo, sin ese impulso. Es como decir que podríamos comer sin tener hambre; si hay otras motivaciones que sustentan nuestra conducta, sí podemos. Podemos tener sexo para generar cohesión con la pareja, para regular nuestro sistema nervioso, para crear una experiencia compartida que no necesariamente es erótica, sino que también es emocional. Hay muchas razones por las cuales tenemos sexo con una persona, no necesariamente el deseo, de hecho, muchas veces cuando estamos teniendo sexo es cuando surge el deseo. Y aquí estaríamos hablando del deseo reactivo, responsivo, y no del deseo espontáneo.

—¿Qué diferencia a estos dos tipos de deseo?

—Es mucho más fácil entender la sexualidad cuando hacemos un paralelismo con la comida, porque realmente es una actividad tan natural como lo es comer. El deseo se mueve por dos ejes. Por un lado, tenemos el deseo espontáneo, que podríamos compararlo con el hambre, con esa necesidad que sentimos fisiológica de comer. Hay personas que tienen más hambre y otras que tienen menos sensibilidad a esta información del cuerpo. Pero luego, tenemos otras razones por las cuales comemos. No solo necesitamos comer por esa sensación de hambre, sino que muchas veces salimos a cenar para compartir un momento con otras personas, para probar nuevos platos o para hablar. Tenemos muy idealizado dentro de la sexualidad el deseo espontáneo, esas ganas que surgen solas. Es una sensación que está muy presente en los primeros momentos de una relación, porque todo es novedad, todo es riesgo, todo es posibilidades. Pero a la larga, cuando la relación se asienta, poco a poco va decayendo, porque no tenemos ya esa necesidad de generar estabilidad. En relaciones largas lo que se debería promover, y lo que no tenemos para nada romantizado, es el deseo reactivo, el que responde a estímulos. Se trata de crear contextos emocionalmente seguros y eróticos a la vez. Es muy difícil que la gente espontáneamente tenga deseo en una relación larga.

—¿Cuánto deseo es lo normal?

—La gente siente mucha culpa en este sentido y tiende a compararse, a buscar un referente. Lo cierto es que no existe una medida que nos indique cuánto deseo es demasiado y cuánto es demasiado poco. Por un lado, se trata de si estamos a gusto con nuestro deseo, y por otro lado, sí que podemos comparar el deseo con el de nuestra pareja, o con el propio deseo en otro momento de la vida. Aun así, el deseo sexual es una medida contextual en nuestra vida, igual que lo es nuestro estado anímico. No es algo estable, sino que en función del contexto se adapta y se modula.

—En el libro aborda la anatomía femenina. ¿Percibe que existe todavía confusión sobre este tema?

—Hay muchos mitos. Desde mi punto de vista y la experiencia que he tenido en las redes sociales y en la clínica, hay que dejar claro que el clítoris es el órgano que produce placer, no la vagina. La vagina es central en la pornografía, pero no en la vida real. Realmente, es una zona del cuerpo bastante insensibilizada, con muy pocas terminaciones nerviosas.

—¿Cree que nos centramos demasiado en conseguir el orgasmo?

—Vivimos en una sociedad bastante orgasmocéntrica y le damos una importancia enorme a unos pocos segundos de placer. Y todo lo demás no nos parece tan destacable. Creo que deberíamos hacer el ejercicio al revés, tener presente que toda la experiencia sexual es importante más allá de que haya o no el orgasmo, que por supuesto es súper placentero. El orgasmo es una respuesta refleja que seda en el cerebro. Tiene una repercusión en el cuerpo, como ocurre con el reflejo el estornudo, pero podemos sentir un orgasmo por estimulación del clítoris, incluso por estimulaciones no genitales. Esto está estudiado. También podemos tener más de un orgasmo en la misma relación sexual sin dejar de estimular los genitales o teniendo pequeñas pausas.

Lo importante a considerar desde el punto de vista sexológico es que el orgasmo o su manifestación no tiene que ser una autovalidación o la validación de la pareja con la que estemos teniendo relaciones sexuales, sino que es sencillamente una consecuencia de sentir placer y nada más. En sexología llamamos imperativo orgásmico a esa sensación de tener que alcanzar el orgasmo o de que la pareja tenga que alcanzarlo para sentirnos suficientemente competentes en la cama. Eso solamente genera más ansiedad que impide disfrutar del placer o incluso alcanzar el orgasmo. Es como ir andando pensando en cómo se anda, desconectamos de los sentidos y de las sensaciones físicas cuando empezamos a racionalizar.

—En relación con el imaginario sexual habla en el libro de las fantasías. ¿Cuáles son las más frecuentes?

—Si tuviéramos que hacer un podio, hay tres categorías que emergen más que otras. La primera es sexo grupal, que no necesariamente luego se lleva a cabo. Hay un porcentaje de la población bastante más amplio que no lleva a cabo su fantasía, pero sí que está en su imaginario erótico. Por otro lado está la novedad, todo lo que es inesperado, lo que le aporta chispa, el efecto sorpresa. Por ejemplo, tener relaciones sexuales en un lugar prohibido o con una práctica no convencional. Y en tercer lugar, están las dinámicas de poder y sumisión, evidentemente consensuadas, aunque también es verdad que en nuestro imaginario erótico podemos fantasear con prácticas que no desearíamos en nuestra vida real, pero como es un espacio intangible y que podemos controlar, permitimos que eso exista.

—Explica que las parejas de larga duración tienen menos deseo espontáneo, ¿se debe a convertir el sexo en rutina?

—Yo creo que la habituación sexual es el problema al que más están expuestas las parejas de larga duración. Los humanos, tanto en pareja como en nuestra individualidad, solemos generar rutinas. Es una forma de construir estabilidad y tener una sensación de equilibrio en nuestra vida, de aislar lo máximo posible lo impredecible, que nos produce miedo. Sin embargo, la monotonía es esa sensación de aburrimiento y de no crecimiento. Si yo le pregunto a una pareja qué tipo de prácticas sexuales realizan en sus encuentros, casi todas me responden tres o cuatro prácticas sexuales en el mismo orden. Y eso que son parejas completamente diferentes. Es allí donde tenemos que poner más nuestra atención, no tanto en la rutina, en la estabilidad, que nos permite construir, sino en qué hacemos con esa estabilidad, cuánto de predecible se vuelve esa estabilidad. Deberíamos limitar lo máximo posible lo que es lo predecible y la repetición cuando esta repetición nos causa insatisfacción. Buscar el efecto sorpresa, buscar las novedades, cambiar de patrones y de roles, cambiar de prácticas, dedicarse tiempos de placer diferentes y no depender del placer de la otra persona.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.