Oriol Mitjà, investigador: «Para mí era una vergüenza decir que tenía depresión porque eso significaba fragilidad»
SALUD MENTAL
Con una sólida trayectoria en el ámbito de la salud, da el paso a explicar cómo convive con este trastorno desde hace años
27 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Oriol Mitjà (Arenys de Munt, Barcelona, 1980) es investigador médico especializado en enfermedades infecciosas relacionadas con la pobreza. Estudió Medicina y obtuvo el doctorado en la Universidad de Barcelona. Actualmente es profesor titular del Consejo Europeo de Investigación, jefe de sección del Hospital Germans Trias i Pujol, Barcelona, y asesor de la Organización Mundial de la Salud. Una carrera profesional muy exitosa que le ha llevado a conseguir numerosos logros profesionales. Pero Oriol es protagonista de estas líneas porque padece depresión crónica. Y lo que en su día escondía por el miedo al qué dirán, hoy lo refleja en un libro que acaba de publicar: Donde nace la luz (Temas de hoy, 2026). «No lo escribí como investigador, sino como persona que ha pasado por muchas experiencias dolorosas, pero que a la vez ha recibido apoyo y ayuda de otros. Era mi forma de devolver al mundo, a las personas que lo necesiten, una ayuda o un acompañamiento; un recordatorio de que la vida es posible», dice.
El investigador afirma que nadie está exento de sufrir depresión. «Sé que hay una predisposición, unos desencadenantes y, además, actualmente, estos son mucho más fuertes, porque hay una presión social, exigencias, necesidad de rendir y de que te validen los demás». Unas circunstancias de las que empezó a ser consciente cuando era pequeño. «En mi caso tuve una serie de traumas. Era muy sensible y recibía burlas o humillación. Aprendes a esconderte o a crear un escudo, un personaje que pueda demostrar que sí que vale la pena», confiesa. En su caso, ese personaje «que vale la pena» es, además, exigente. «Me escondo tras los estudios y al exigirme tanto a mí mismo, me supone un desgaste. Cuando llego a la edad adulta, soy yo el que me autoinflijo y autoexijo muchísimo, llevándome a una extenuación tanto física como mental».
Sí recuerda un momento muy claro en el que considera que empieza su historia con la depresión. «Fue en el 2009. Ahí note todos los síntomas: desde el cuerpo cansado y desgastado, la tristeza, la desaparición de la ilusión, la incapacidad de disfrutar, pensamientos rumiativos, sensación de que no valía para nada». Incluso aparece la sensación de que la muerte es mejor que la vida. «Si la vida es tan cansada y tienes tanta tristeza que no puedes aguantarla, tal vez una solución en la que no vivas puede ser un descanso». El día que ese tipo de pensamientos inundaron su cabeza, Oriol se asustó y decidió que tenía que ir al psiquiatra.
La culpa
Oriol tardó mucho en decirle a su entorno que sufría depresión, a pesar de que su madre también la padecía. «Para mí era una vergüenza decir que la tenía porque eso significaba fragilidad, que no podía rendir igual que los demás», asegura. Esa sensación no ha desaparecido del todo. «Hoy en día, todavía me cuesta. Si tengo una entrevista de trabajo, intento no decir que tengo depresión porque creo que hay el estigma de que los demás van a pensar que por eso voy a rendir menos en algún momento. Te das pena de ti mismo, porque piensas que nunca podrás ser tan feliz como los demás».
Al entorno, ya sea familiar, laboral o de amistades, también le puede costar comprender la situación. «Los sentimientos de tristeza y de depresión son tan profundos que quien no lo ha vivido, no lo entiende. Hay personas que incluso lo confunden con pereza o dejadez. Es decir, si no te levantas de la cama es porque no tienes suficiente fuerza de voluntad, e intenta animarte para que lo hagas. El estigma existe y el sentimiento de sentirse avergonzado con uno mismo, o culpable por su propia enfermedad, también». Con todo, Oriol fue capaz de hacerle frente y se lo contó primero a su madre y después, a su hermano.
Autor de numerosos artículos científicos que han obtenido reconocimiento internacional y han dado a nuevos intentos de erradicación de enfermedades epidemiológicas como la mpox y la sífilis, cabría pensar que ese conocimiento de la medicina de primera mano podría llegar a ser una herramienta para salir de un trastorno así. «Pero una de las trampas de la propia depresión es sentir que no existe nada en el mundo que te puede ayudar a mejorar. De ahí que cueste buscar ayuda afuera. En el momento en el que me doy cuenta de que el psiquiatra y los antidepresivos me pueden remontar un poquito el ánimo y la psicoterapia me ayuda a entender por qué me atasco en algunos pensamientos, ahí todo empieza a cambiar».
El cambio
Desde el 2009 en adelante, cuenta que sufrió fluctuaciones. «Algunos episodios de depresión, aunque después también pasaba otras épocas en las que estaba bien y me sentía útil como médico, tenía éxitos y motivación. Después, volví a sufrirla. Hasta que un día vi un vídeo de un chico que decía que se puede dejar la carrera por perseguir más, tener más y ser más. Eso para mí fue muy revelador».
En el 2013 recibió el premio Fundación Princesa de Girona, en el 2017 el premio Catalán del Año y, en el 2019 y 2024, las becas Starting Grant y Consolidator Grant del Consejo Europeo de Investigación. Oriol tenía éxito profesional, pero reconoce que sentía una gran tristeza. Un hecho que no siempre es fácil de comprender. «Podemos vivir con menos, podemos ser felices y seguramente seremos más felices con menos, con menos prestigio, con menos dinero, con menos cosas materiales y con más paz interna, momentos para uno mismo, momentos de equilibrio».
En el libro describe ese revelador momento como la búsqueda del sentido. «Me di cuenta de que la motivación que tenía antes estaba puesta en los logros externos. De repente, a los cuarenta y pico años, me doy cuenta de que nada sacia eso, que siempre puedes querer más. Y que has cumplido el objetivo anterior tienes el deseo del siguiente».
El presente
Oriol sigue en el camino de «de comprender que una vida diferente es posible y seguramente más amable». En proceso de recuperación. «No lo tengo todo resuelto, los hábitos que he cogido a lo largo de los años, las obsesiones, el perfeccionismo, las exigencias, continúan ahí latentes. Sigo cayendo en la trampa de encontrarme más horas de lo que me gustaría en el ordenador. Por tanto, no puedo decir que el final es alegre o perfecto, pero sí esperanzador», amplía.
Tiene palabras para aquellos que, como él en su día, todavía caen en lo que él denomina la trampa de la depresión, en esa sensación de que no existe nada en el mundo que te puede ayudar a mejorar. «Lo primero que le diría es que comprendo su dolor. Lo segundo, que hay la posibilidad de vivir. Aunque todo parezca tristeza y oscuridad, hay un futuro diferente y es muy importante que se deje acompañar por quien sea». El arte de acompañar y ser acompañado. «Es muy solitaria esta enfermedad, pero siempre hay un familiar o, a veces, un profesional, que está dispuesto a escucharte, aguantarte o darte un tratamiento. Estar al lado de una persona con depresión es difícil y hay que tener espacio para cuidar al cuidador también, o que él encuentre la manera de cuidarse a sí mismo». Es ahí donde nace la luz.