De trastorno a espectro, la historia del autismo: «Antes llegábamos tarde y mal al diagnóstico»
SALUD MENTAL
Los cambios en los criterios diagnósticos del trastorno del espectro autista (TEA) han facilitado el diagnóstico, al tiempo que la concienciación sobre el tema lleva a más padres a consultar antes
16 feb 2026 . Actualizado a las 12:20 h.El trastorno del espectro autista (TEA) ha sido objeto de debate en los últimos tiempos, a raíz de un aumento de casos que no ha parado de avanzar. Mientras los expertos, los pacientes y sus familiares reclaman mejoras en la atención y las adaptaciones que necesitan las personas que están dentro del espectro, desde ciertos sectores se lanzan advertencias alarmistas, con fuentes poco contrastadas y estudios sesgados que han posicionado tratamientos rutinarios como las vacunas en la infancia y el consumo de paracetamol para aliviar la fiebre como posibles causas del desarrollo de autismo.
Estas afirmaciones han sido rechazadas y desmentidas por sociedades científicas y profesionales sanitarios en todo el mundo. Con todo, los casos siguen aumentando y el perfil de pacientes cambia. Aparece el diagnóstico en la edad adulta y el espectro se amplía.
Línea de tiempo
Si trazamos el recorrido que ha seguido el autismo desde los primeros casos descritos hasta el momento actual, podría parecer que se habla de cuadros completamente distintos. El concepto de autismo ha experimentado una importante evolución a lo largo de las décadas, no solo en cuanto a los criterios diagnósticos, sino a la percepción que la sociedad tiene de este trastorno e incluso de su abordaje a nivel terapéutico y educativo.
Existen descripciones históricas, recogidas a lo largo de los siglos XV al XVIII, de personas con dificultades graves en la comunicación social, comportamientos repetitivos y una comprensión literal del lenguaje, como los casos atribuidos a Fray Junípero —un fraile de la orden Franciscana que, por sus conductas, ha llevado a investigadores contemporáneos a postular que sería el primer santo con autismo no diagnosticado— o Hugh Blair de Borgue, un reconocido terrateniente escosés del siglo XVIII descrito en documentos judiciales como excéntrico con dificultades comunicativas graves. En la época, esas conductas eran interpretadas desde una visión religiosa, lo que derivaba en el castigo o la exclusión de los individuos.

El término «autismo» se utilizó por primera vez en el año 1916. Fue el científico Paul Eugen Bleuler quien empleó este vocablo en uno de sus trabajos, a partir de dos palabras griegas: autos, cuyo significado alude al yo o a uno mismo, e ismos, que se refiere a la forma de estar en el mundo.
Durante las décadas siguientes, las investigaciones continuaron en esta línea. Carl Jung describió en los años veinte la personalidad introvertida y reforzó la idea del autismo como una forma extrema de esta personalidad. Poco después, Grunya Efimovna Sukhareva, psiquiatra infantil soviética, publicó descripciones clínicas de niños con rasgos que hoy se identificarían como autismo. Su trabajo pasaría desapercibido durante décadas.
El punto de inflexión llegó en los años cuarenta. Mientras que en Estados Unidos, el psiquiatra Leo Kanner describió el autismo infantil temprano como un trastorno específico del desarrollo, Hans Asperger, pediatra y psiquiatra austríaco, publicó por primera vez el término del «síndrome de Asperger» en 1944 y describió el patrón de características de sus pacientes como «psicopatía autística». Este cuadro incluía rasgos como un interés obsesivo por temas específicos, movimientos torpes, falta de empatía, inhabilidad para relacionarse con otros o conversaciones consigo mismos. A partir de estas aportaciones, el autismo comenzó a diferenciarse de la esquizofrenia, a la que había estado asociado.
Más adelante, en 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría publicó el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM, por sus siglas en inglés), el texto que describe y clasifica por primera vez diferentes afecciones del ámbito psiquiátrico de manera estandarizada. En las sucesivas ediciones de este manual, que van del DSM-I al DSM-V, el autismo ha ido cambiando de definición.
El término síndrome de Asperger dejó de utilizarse oficialmente en el 2013, con la publicación del DSM-V, cuando se unificaron los distintos diagnósticos —autismo, asperger y otros trastornos generalizados del desarrollo— bajo la denominación de Trastorno del Espectro Autista (TEA). Este cambio respondió a la evidencia de que no se trataba de condiciones separadas, sino de manifestaciones diversas de una misma afección.
Así, la edición más reciente del DSM describe el trastorno del espectro autista como uno de los trastornos del neurodesarrollo, entre los que se encuentran también diagnósticos como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o los trastornos motores del neurodesarrollo, entre otros. Esta definición lo considera como un espectro, debido a que «las manifestaciones del trastorno también varían mucho según la gravedad de la afección autista, el nivel del desarrollo y la edad cronológica», señala el manual.
«Lo que ocurre con el DSM-V es que se incorpora un único término que habla de un espectro en el cual las entidades diagnósticas previas quedan incluidas. Es un término más inclusivo que da cuenta de algunos aspectos fundamentales que son comunes a las categorías previas. Esto permite simplificar la clasificación y facilitar algunos aspectos de la investigación», explica la doctora Carmen Moreno, vocal de la Comisión Ejecutiva de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm).
Qué es el TEA
Según el DSM-V, el autismo es una condición del neurodesarrollo que se caracteriza por problemas persistentes en la comunicación y en la interacción social en diversos contextos, además de patrones restrictivos y repetitivos de conductas, intereses y actividades, y una sensibilidad excesiva frente a los estímulos. Para establecer el diagnóstico, estos rasgos tienen que estar presentes desde las primeras fases del desarrollo del individuo, si bien podrían no manifestarse hacia el exterior hasta etapas posteriores de la vida en las que las demandas sociales superan las capacidades de compensar de la persona.
«Hay dos aspectos importantes que comparten las personas que entran dentro del espectro, que tienen que ver con alteraciones en la comunicación, ya sea en la cantidad como en la cualidad, y con la dificultad en la flexibilidad cognitiva. De esto derivan síntomas particulares que pueden variar no solo entre una persona y otra sino incluso a lo largo de la vida de la persona», detalla Moreno.
El diagnóstico
Para determinar que una persona se ubica dentro del espectro del autismo, se realizan evaluaciones clínicas y entrevistas. Se tiene en cuenta, además, la historia familiar y evaluaciones del entorno educativo. «Las dos áreas importantes de síntomas, que son la de la interacción social y la comunicación, por un lado, y la de las conductas restrictivas y repetitivas, por otro, se manifiestan de distintas maneras», observa Awais Aftab, psiquiatra especializado en Filosofía e Historia de la Psiquiatría.
«Por ejemplo, podemos ver a personas que, independientemente del contexto, muestran dificultades a la hora de comunicarse, problemas en la comprensión del lenguaje no verbal, dificultad para mantener el contacto visual o imposibilidad de hacer y mantener amistades. Frecuentemente, son niños que se aíslan. En el otro grupo de síntomas podemos encontrar a personas que manifiestan patrones de conducta rígidos. Movimientos corporales, como mecerse, o repetir palabras, o tener problemas con los cambios en las rutinas. También pueden tener intereses obsesivos», explica Aftab a La Voz de la Salud.
La hipersensibilidad sensorial, otro de los aspectos frecuentes en personas con diagnóstico de autismo, puede manifestarse con la evitación de ciertas texturas en alimentos, sensibilidad a determinadas telas, luces o sonidos. Estos síntomas «también son relativamente frecuentes», señala Aftab.
Como explica el experto, el DSM-V establece tres subcriterios en el aspecto de las dificultades sociales y de la comunicación. Todos ellos deben estar presentes para poder realizar el diagnóstico. Además de esto, de los cuatro subcriterios que se incluyen como parte del aspecto de los comportamientos restrictivos, es necesario presentar al menos dos. «Pero ambos aspectos tienen que manifestarse y han de hacerlo independientemente del contexto, no solamente en el colegio o solamente en casa», aclara. Esto es importante para diferenciar el TEA de otros trastornos que cursan, por ejemplo, con aislamiento social, pero solamente en determinadas situaciones.
Además de esos comportamientos, muchas personas con autismo «también presentan discapacidad intelectual o graves dificultades con el lenguaje verbal. La gravedad del autismo se clasifica en niveles 1, 2 y 3. El 1 representa una alta funcionalidad y en el 3 están los déficits más graves. Las personas con grados de autismo grave tienden a requerir mucho más apoyo e intervenciones», detalla el especialista.
En el diagnóstico pueden tener participación diferentes especialidades, desde pediatría hasta terapia ocupacional, ya que se realiza de manera multidisciplinar. «Ante os sinais de alarma, o que se fai é unha avaliación. Normalmente, derívase á neuropediatría para confirmar as sospeitas da familia ou da escola infantil», explica Cristina Fernández Barros, secretaria del Colegio Profesional de Logopedas de Galicia y logopeda del CHUS. La experta detalla cómo interviene su especialidad en el diagnóstico: «O que imos facer é analizar, dependendo da idade da persoa, mediante escalas ou probas de linguaxe, que está alterado e que non. Nas escalas é onde se ve o risco que ten esa persoa de ter un trastorno de espectro autista».
Qué hay detrás del aumento de los casos
La evolución en el criterio diagnóstico del autismo ha llevado a un aumento significativo de la prevalencia del trastorno, que actualmente afecta a un 1 % de la población en España, según estimaciones de los últimos estudios realizados en Europa. Hace una década, el TEA era menos frecuente, con un caso por cada 150 personas en nuestro entorno.
El incremento, explican los expertos, responde a diferentes factores. A la cabeza de ellos está la mayor consciencia que existe acerca de este espectro, que facilita la detección de síntomas por parte de padres y docentes. «Normalmente, os nenos chegan derivados da escola infantil, que é onde primeiro se ven os sinais de alarma. Moitas veces os pais xa ven cousas que chaman a atención», observa en este sentido Fernández Barros.
«Si un niño no tiene contacto visual, no responde a los nombres, no señala o no pide cosas, o su lenguaje va más retrasado, sus padres saben que algo no va bien. A lo mejor no saben decir que es autismo, pero sí que empiezan a ver algo y acuden mucho más rápido que antes. Ahora es mucho más fácil que esos peques lleguen a tiempo, porque un diagnóstico temprano puede cambiar muchas cosas. Antes se llegaba tarde y mal», coincide Diana Gándara Simil, presidenta del Colegio Profesional de Logopedas de Galicia.
Cada vez sabemos más sobre el TEA y esto contribuye a que incluso personas que han llegado a la edad adulta sin recibir el diagnóstico puedan acceder a él. «Es un fenómeno reciente que cada vez vemos más. En los casos más leves, a veces no vemos tanta intensidad de síntomas al inicio, en edades infantiles, y puede pasar desapercibido. Pero luego la disfunción es muy evidente y acaban estando dentro de este espectro», señala Moreno. La experta lo vincula al hecho de que el autismo se ha asociado tradicionalmente a edades pediátricas.
En estos adultos juega un papel crucial el reconocimiento del enmascaramiento o camuflaje de los síntomas, un fenómeno más frecuente en la población femenina dentro del espectro. «Lo que esto significa es que las personas autistas ven que tienen algunos rasgos que les dificultan la socialización y el encajar, entonces, intentan esconderlos o compensarlos. Mantienen el contacto visual de forma forzada, aunque sea incómodo, establecen guiones para las conversaciones o imitan el lenguaje corporal de la persona con la que interactúan. Esto supone un esfuerzo muy grande para la persona y aumenta sus niveles de estrés», detalla Sabela Conde-Pumpido, investigadora del CiMUS y coautora de un estudio de la Universidade de Santiago y el IDIS acerca de este fenómeno.
Parientes cercanos del TEA
Dado que el autismo es actualmente considerado un espectro, existe cierto solapamiento con otras patologías psiquiátricas, neurológicas o del neurodesarrollo. «Puede ser complicado diferenciarlo, por ejemplo, del trastorno de la comunicación social, un diagnóstico que se ha añadido recientemente al DSM y sobre el que hay pocas investigaciones a día de hoy. Por otro lado, muchas veces, los diagnósticos se hacen en función de los recursos y tratamientos que puede requerir el paciente y, en la práctica, una persona con trastorno de la comunicación social tiene las mismas necesidades que alguien con autismo, pero muchos proveedores o seguros médicos solo cubren este último, por lo que se diagnostica autismo», explica Aftab.
Dentro de este conjunto de afecciones que pueden confundirse con el autismo se encuentran también la discapacidad intelectual y el TDAH. Este último, «bajo ciertas circunstancias puede parecerse mucho al autismo», observa el psiquiatra. Pero también puede ocurrir que se diagnostique autismo a un niño con ansiedad social o trastorno obsesivo compulsivo.
Para el experto, «parte del aumento de casos sin duda se debe a que se confunden otras afecciones con el autismo, por la visibilidad que tiene en redes sociales. Es difícil saber cuántos son estos casos de confusión; puede que no sean la mayoría, pero sin duda existen», señala. Como señala Aftab, aunque esta realidad es incómoda de asimilar en el contexto crecientemente polémico que rodea al autismo, desestimarla no beneficia a pacientes ni a profesionales. En este sentido, subraya la necesidad de centrar la atención en las necesidades de las personas y no en hallar etiquetas con las que describirlos.