María Crivillé tuvo bulimia: «Para mí no era algo grave, simplemente, mi manera de hacer las cosas»
SALUD MENTAL
La joven catalana cuenta su experiencia viviendo con un trastorno de la conducta alimentaria: «El rechazo y las burlas en la escuela me afectaron más de lo que yo era capaz de ver en ese momento»
01 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En abril del 2019, María Crivillé (Taradell, 2005), que por aquel entonces tenía catorce años, empezó a cargar con una etiqueta que no le correspondía: paciente de un trastorno de la conducta alimentaria, de bulimia. Eso era lo que ella pensaba cuando, por primera vez, tuvo que ingresar en un centro especializado en este tipo de problemas. «Han pasado veinte días y todavía no entiendo qué aquí hago atrapada», escribe esta joven en su libro Estoy aquí (Plataforma Editorial, 2026), un diario que escribe hasta el 2022. «Era muy joven y, al principio, lo viví desde la negación total. No sentía que me pasara nada, ni que tuviera un problema, y eso hacía que la etiqueta pesara aún más porque no la reconocía como propia», dice en conversación con La Voz. Una carga que evolucionó con el tiempo. Llegó la aceptación. «Cuando entendí que estaba enfermeda y que necesitaba ayuda, cambió todo y aparecieron las ganas reales de salir de ahí y solucionarlo», añade.
Al principio, estaba muy enfadada. Con todos y con todo. Obligada a comer, a terminar todo lo que había en su plato, comida tras comida y sin poder practicar ballet, lo que hacía hasta ese momento. «Si lo hago bien, me dejarán salir antes. Volveré a controlar mi cuerpo como yo quiero, a adelgazar porque quiero y no porque esté enferma», escribe en sus primeras páginas.
Ella, dice, lo vivía como un juego. No sentía que estuviese enferma, aunque sea difícil de entender desde fuera. «Creo que gran parte del problema era la cero conciencia que tenía sobre la enfermedad. No entendía lo que me estaba pasando ni las consecuencias reales que podía tener. Para mí no era algo grave, simplemente era mi manera de hacer las cosas», comenta. La joven catalana no quería, en un principio, curarse. No tenía nada que mejorar. Seguía pensando así aún después de un episodio en el que se desmayó y recuperó la conciencia para ver a su madre llorando. Ella, recuerda, se autojustificaba: «Te convences de que estás bien, de que puedes parar cuando quieras, de que no es para tanto, y eso hace que la línea entre estar bien y estar mal se distorsione muchísimo».
El momento clave, en todo el proceso de su enfermedad, fue el que dio paso a su segundo ingreso. «Volví a estar muy, muy mal y me di cuenta de que las ganas de vivir ya no me compensaban, y eso fue muy fuerte. Ahí empecé a ver que realmente algo no estaba bien en mí». Ya no podía negarlo. Eso sí, la situación cambió mucho de uno a otro.
Volver a ingresar
El primero se basaba en una estrategia más restrictiva de su día a día. «Estuve encerrada en una habitación durante un mes y diez días, prácticamente sin salir. Comía ahí mismo, en la cama, y no tenía contacto con nada más. Después de ese tiempo empecé a salir solo diez minutos al pasillo, pero sin ir al exterior. De hecho, tardé casi tres meses en poder salir fuera». Este abordaje, en su opinión, solo consigue que las personas se sientan todavía más enfermas.
El segundo fue más amable y permisivo. «Me enseñaron que tenía que volver poco a poco a la realidad, a sentirme capaz, y eso para mí marcó una diferencia enorme en el proceso de recuperación». Es una casa grande con jardín, con piscina y con habitaciones normales, no «cuatro paredes blancas», como las que antes describía. También nuevas amigas.
Entre uno y otro, hubo una recaída. Ella reconoce que forman parte del proceso, aunque cueste aceptarlo. «Mi cabeza me ha vuelto a ganar. Llevo meses luchando sola y, si soy sincera, no lo he estado haciendo nada bien. De julio (del 2019) a diciembre, no he dejado de vomitar», escribe Crivillé en su diario. «En el momento son muy duras, porque sientes que todo el trabajo que has hecho no ha servido para nada, como si volvieras al punto de partida», recuerda. Sin embargo, también apunta que, con la perspectiva que solo te da el tiempo, tiene una mirada completamente diferente. «Creo que también enseñan muchísimo, porque te hacen entender mejor la enfermedad y, sobre todo, te ayudan a identificar qué cosas no te funcionan o qué te puede volver a llevar ahí».
Así, el segundo centro se convirtió en su segunda casa. Allí pasó más tiempo: un año y tres meses. «Era donde podía ser yo misma, donde volví a sentirme querida y donde empecé a aceptarme. Me sentía muy protegida, y eso para mí era todo». Al salir llegaron los miedos, a volver a lo de antes, a no saber gestionarlo o a sentirse, de nuevo, tan vulnerable. «La vida fuera, en ese momento, la vivía con mucha intensidad y con mucho miedo. Me desbordaba bastante, porque de golpe tenía que enfrentarme a todo sin esa protección que sentía dentro del centro».
Descubrir el origen de su trastorno
Superar el trastorno de la conducta alimentaria fue resultado de muchas variables. Primero, encontrarse con personas que estaban en su misma situación. Le hacían sentir menos sola y más comprendida. «La terapia fue fundamental. Me ayudó a entender por qué había llegado a ese punto, a darme cuenta de que yo no era el problema, y a dejar de castigarme». Tuvo que aprender a perdonarse.
De igual forma, valora las conversaciones con su terapeuta, sobre todo, las más profundas, en las que entendió los motivos por los que apareció su TCA: el acoso escolar que sufrió en un centro educativo. «Todo lo que viví ahí, el rechazo, las burlas, el sentirme señalada constantemente, me afectó muchísimo más de lo que yo era capaz de ver en ese momento. Poco a poco fui perdiendo la confianza en mí misma y la forma en la que me veía empezó a cambiar», recuerda la catalana, que añade: «Creo que el TCA, en parte, fue una manera de intentar gestionar todo ese dolor, aunque no fuera consciente de ello. Era como intentar tener control sobre algo cuando en realidad sentía que todo lo demás se me escapaba».
Aunque, si tuviese que quedarse con un factor clave, no lo duda: la honestidad consigo misma. El momento en el que dejó de engañarse y empezó a decir que no estaba bien resultó determinante.
Cuando terminó su recuperación, dejó también de escribir en su diario. Lo abrió, de nuevo, para plasmarlo en un libro años después. «Me dio mucha rabia. Rabia de verme desde fuera y pensar: “¿Cómo pude llegar a tratarme así?”. Me dolió mucho darme cuenta del nivel de exigencia, de castigo y de dureza que tenía conmigo», apunta. No obstante, también ve algo de belleza en el proceso. «Poder leerlo con perspectiva me permitió ver todo el camino recorrido, todo lo que he luchado para salir de ahí».