Eva Carro, investigadora: «Controlando los factores de riesgo podríamos reducir en un 50 % la posibilidad de desarrollar alzhéimer»
ENFERMEDADES
La especialista se muestra «escéptica» ante estas terapias y remarca la importancia de controlar los factores de riesgo, que podrían reducir en un 50 % las probabilidades de desarrollar la enfermedad
15 feb 2026 . Actualizado a las 12:33 h.Eva Carro (Cedeira, 1969), jefa de la Unidad de Neurobiología del Alzheimer de la Unidad de Investigación en Enfermedades Crónicas (UFIEC), dependiente del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y parte del Área de Enfermedades Neurodegenerativas del Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER-ISCIII), acaba de publicar un artículo en la revista Med sobre el diagnóstico temprano de alzhéimer en el que repasa las principales vías científicas (añadiendo una lectura desde la ética) que se están dando en los últimos años para mejorar la detección precoz de esta enfermedad neurodegenerativa.
—¿Por qué este nuevo artículo?
—Es en el contexto de un programa europeo, CombiDiag, en el que llevamos tres años. Participamos grupos de investigación de diferentes países con un enfoque multidisciplinar para abordar el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer utilizando muestras mínimamente invasivas. Es un consorcio multidisciplinar, hay médicos físicos e incluso economistas, como es esta colega con la que firmamos el artículo (Fangya Xu, de l Universidad de Reading, en el Reino Unido). Así, también se aborda a nivel práctico lo que implicaría implementar un sistema de diagnóstico a nivel real, de la población, sobre los pacientes y sus familias, pero también sobre los costes socioeconómicos de los sistemas sanitarios y de los países en general.
—¿En qué situación se encuentra España en el diagnóstico precoz de alzhéimer?
—Ese es el quid de la cuestión. Estamos avanzado a nivel científico y constantemente salen publicaciones de posibles marcadores que puedan identificarse en sangre o saliva. Pero esos resultados, aunque son prometedores, están en una fase en la que todavía no se han implementado a nivel clínico, asistencial. Actualmente, en España, y diría que es extensible a otros países europeos, el diagnóstico de alzhéimer se hace mediante la evaluación de síntomas clínicos. Entre ellos, la pérdida de memoria, la alteración del comportamiento y de tipo cognitivo.
Se apoya con algunas pruebas más bioquímicas o técnicas de imagen, pero realmente los biomarcadores que confirman el alzhéimer, a día de hoy, siguen siendo el análisis del líquido cefalorraquídeo y los depósitos de beta amiloide mediante imagen, un PET. Pero este último es muy caro, es inasumible para todos los pacientes que acudan a su neurólogo. Y analizar el líquido cefalorraquídeo es una práctica muy invasiva.
—Además el paciente suele tener unas edades avanzadas.
—Claro. Ya tiene unos problemas de inicio de demencia y es mejor no someterlo a esa técnica tan invasiva. Por eso, solo se realiza para un diagnóstico diferencial en casos muy concretos. A día de hoy, en España, todavía no es posible acceder de forma rutinaria a un análisis de sangre o de saliva para determinar la presencia de marcadores que pueden indicar un riesgo o el diagnóstico de alzhéimer.
—¿Aún no se encuentran en los manuales de diagnóstico? Parece un punto importante teniendo en cuenta que los tratamientos que se espera que lleguen para ayudar a retrasar la enfermedad requieren ser administrados en fases precoces.
—Ese fue uno de los principales motivos por los que redactamos este trabajo y hacemos hincapié, precisamente, en que a día de hoy, las agencias reguladoras, tanto americanas como europeas, consideran que estos biomarcadores, tanto el líquido cefalorraquídeo como los de sangre, deben utilizarse en personas que ya tienen síntomas clínicos. Ya vamos tarde. Si no lo podemos utilizar antes de que aparezcan los síntomas clínicos, no podemos hablar de un diagnóstico temprano, no podemos hablar de empezar a tratar las personas precozmente. Pongo un ejemplo para que se entienda mejor: en un plan de detección de cáncer de mama, tú te haces la mamografía sin síntomas, no esperas a tenerlos para hacerte una. En el alzhéimer debe ser igual.
—¿Los síntomas aparecen años después de que se inicie la enfermedad?
—Sí, sabemos que las alteraciones patológicas moleculares se producen hasta veinte años antes de que aparezcan los síntomas. Si nos las detectamos, estamos perdiendo un tiempo muy valioso para empezar cambios de estilo de vida, posibles fármacos o terapias no siempre farmacológicas que pueden ralentizar la evolución de la enfermedad. Ahí es donde marcadores en sangre o en saliva, que son más prácticos y menos invasivos, podrían jugar un gran papel en la detección.
—No hablamos de un cribado a toda la población, ¿no?
—No, un cribado general sería absurdo, al igual que no se hace para cualquier otra enfermedad. Acotaríamos, identificaríamos los grupos de personas en riesgo, a partir de 50 años de edad, por ejemplo, con antecedentes familiares, con comorbilidades u otras patologías que son consideradas factores de riesgo de alzhéimer, como enfermedades cardiovasculares, obesidad o hipercolesterolemia. Acotaríamos esos grupos de personas con mayor riesgo de desarrollarlo
—La Agencia Europea de Medicamentos (EMA) aprobó la autorización comercial al lecanemab y el donanemab, dos fármacos que pretenden ralentizar la enfermedad. ¿Se arriesgaría a decir cuándo cree que llegarán a los pacientes?
—Es complicado. Hay mucha controversia en cuanto a la eficacia de estos fármacos, porque es un hecho que no mejoran los síntomas clínicos de los pacientes. La enfermedad progresa, aún tomándolos. De una forma más lenta, pero lo sigue haciendo, solo que es más difícil que sea percibido por los pacientes. Esto puede sonar a jarro de agua fría. Yo puedo entender a un familiar de un paciente que dice: «Si se ralentiza un poco, me vale», pero hay más contras de estos fármacos.
—¿Cómo cuáles?
—El paciente tiene que desplazarse cada quince días al centro hospitalario para que le administren, por vía intravenosa, este fármaco. Estamos hablando de personas que, posiblemente, se encuentren por encima de los 75 o los 80 años. Además, el coste económico es muy elevado. Desgraciadamente, no todos los sistemas sanitarios ni comunidades autónomas lo podrán implantar. Y hay otra limitación: se debe hacer un estudio genético que, dependiendo del genotipo APOE, pueden o no recibir el fármaco. Porque a los portadores alelo 4 de este gen no se les puede administrar porque tienen serios efectos secundarios, como sangrados y riesgo de derrames cerebrales. No es oro todo lo que reluce con respecto a estos fármacos.
—¿Considera que la falta de tratamiento sigue siendo uno de los grandes retos del alzhéimer?
—Es posible que haya sonado a que soy crítica con respecto a los fármacos aprobados, más bien soy escéptica. Estamos muy lejos de un tratamiento que pueda curar la enfermedad, pero también de ralentizarla. Si bien, hay un tema que me parece que no cala suficiente en la opinión pública y es que podemos manejar el riesgo de desarrollarla, modificando nuestro estilo de vida. Si controlásemos los factores de riesgo podríamos reducir en un 50?% las probabilidades de desarrollar alzhéimer, una barbaridad.
—¿Cuáles son esos factores de riesgo?
—El principal factor de riesgo es la edad y ese no lo podemos modificar. Pero sí aquellos de riesgo cardiovascular, de estilo de vida, ejercicio físico, evitar fumar, controlar los niveles de colesterol y la obesidad. Todos estos factores de riesgo, si los manejamos, podemos conseguir mayores efectos que con estos fármacos.
—¿Los podría citar todos?
—Claro. El primero, la reserva cognitiva. Cuanto menor nivel educativo, el riesgo de desarrollar alzhéimer es mayor. Por eso es tan importante mantener la mente activa y aprender, ya sea cursos de cocina, márketing, idiomas, manualidades, lo que sea. Relacionado con esto, el aislamiento social: tener una vida social activa es un factor protector. Mantener revisiones periódicas de audición para ver cómo está la capacidad auditiva de las personas porque es otro factor de riesgo; al igual que la salud cardiovascular: hipercolesterolemia, hipertensión y diabetes también lo son. El sedentarismo es gravísimo en la demencia. El alcohol y tabaco, son tóxicos que contribuyen a degenerar las células cerebrales. Pero hay otros ambientales, como la contaminación en las ciudades. Controlando todos estos factores, la mitad de los casos de demencia podrían prevenirse o incluso retrasarse.