Ellas gordas y ellos obesos, el sesgo de género en la obesidad: «Ocurre cuando, en un grupo, una mujer quiere postre»
ENFERMEDADES
La dificultad de ser escuchadas en consulta acaba provocando demoras en el acceso a diagnósticos y tratamientos de otras enfermedades
26 mar 2026 . Actualizado a las 09:55 h.La obesidad no es una sola. Cada vez más, se habla de esta condición en plural, en referencia al hecho de que las circunstancias y experiencias de cada paciente pueden ser completamente distintas. En este sentido, las diferencias de género están entre las más destacadas, junto a determinantes sociales como la situación socioeconómica de cada individuo. Desde las investigaciones centradas en cuerpos masculinos hasta la gordofobia que permea la percepción social de las mujeres y de los hombres con sobrepeso, pasando por aspectos biológicos que impactan de manera distinta en unas y en otros, el exceso de peso está completamente atravesado por el hecho de marcar en los formularios el casillero femenino o el masculino.
El sesgo de género en la investigación
Según detalla el Instituto Nacional de Estadística (INE), apoyándose en datos de la última Encuesta de Salud de España, la obesidad —definida como un índice de masa corporal o IMC superior a 30— afecta al 15,2 % de los hombres y al 15,1 % de las mujeres mayores de 18 años. Sin embargo, si se observa el sobrepeso —IMC de entre 25 y 30—, un 47 % de los hombres y un 32,9 % de las mujeres lo padecen.
La disparidad en los números es apenas la primera de una lista larga de diferencias. O, quizás, sería más preciso hablar de desigualdades. «De la misma forma que hay distintos tipos de obesidad, esta también se presenta de manera distinta dependiendo del género. Este es un problema que viene de muchos años atrás. Desde hace décadas, la investigación se limitó a estudiar qué ocurría en los hombres. Incluso, cuando utilizamos animales de investigación en modelos preclínicos, como ratas o ratones, la mayoría de esos ensayos se realizan sobre animales machos», explica la doctora Luisa María Seoane Camino, vocal de la Sociedad para el Estudio de la Obesidad (Seedo), directora del Grupo Fisiopatología Endocrina Instituto de Investigaciones Sanitaria de Santiago (IDIS), co-coordinadora del Área de Endocrinología, Metabolismo y Nutrición del IDIS e investigadora principal del grupo Ciberobn en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela.
Detrás de esta decisión que se toma antes incluso de que se lleven a cabo las investigaciones están las fluctuaciones hormonales que ocurren en los organismos femeninos de muchos mamíferos, incluidos los humanos. «Puede haber variaciones con respecto a la influencia de las hormonas a lo largo del ciclo, pero también en momentos como la menopausia o el posparto. Estos patrones hormonales son prácticamente opuestos en hombres y en mujeres y es una deuda que venimos arrastrando de años de investigaciones dirigidas a poblaciones masculinas», explica Seoane, señalando un sesgo que va más allá del estudio de la obesidad, pero que tiene particular impacto en un fenómeno tan vinculado al funcionamiento hormonal como lo es la distribución de la grasa en el organismo y la composición corporal resultante.
Desde diferentes ámbitos, los expertos están empezando a cuestionar esta manera de trabajar y están avanzando hacia una investigación que tenga como eje a la mujer. La doctora Ana Belén Crujeiras, jefa de grupo de investigación en Epigenómica en Endocrinología y Nutrición del Instituto de Investigaciones Sanitarias de Santiago (Idis-Sergas), está a la vanguardia de este proceso. Su grupo está llevando adelante una línea de investigación centrada en el vínculo entre el cáncer de mama y la obesidad. «Hemos identificado biomarcadores epigenéticos diferentes en el tumor de mama, que se diferencian si vienen de una mujer con obesidad o si vienen de una mujer con normal peso. Queremos comprobar si, tratando la obesidad al mismo tiempo que se está tratando el cáncer de mama, somos capaces de mejorar la eficacia en el tratamiento, la calidad y la esperanza de vida», explica.
La tiranía del IMC
A la hora de tratar la obesidad, hay que tener en cuenta, señala Seoane, «que la propia fisiología de la mujer es distinta de la del hombre. Las zonas donde una mujer almacena la grasa son distintas de las de un hombre y la distribución de este tejido adiposo también. Además, es muy diferente la distribución de la grasa en mujeres jóvenes que en aquellas en etapa perimenopáusica o menopáusica».
En este sentido, la Seedo explica en un documento que aplicar medidas como el índice de masa corporal sin diferenciar entre hombres y mujeres de diferentes edades y contextos es inadecuado. «El IMC se creó a partir de la población masculina caucásica, por lo que es menos preciso en otras etnias y en determinadas poblaciones, como personas de edad avanzada, menores 18 años, personas con obesidad grave, mujeres embarazadas o tras la menopausia, y en pacientes con ascitis o edema grave», subraya la entidad.
Afectación ginecológica
La obesidad en mujeres se asocia a un riesgo dos veces mayor de presentar alteraciones menstruales, afectando hasta al 27 % de las pacientes. Esta prevalencia puede llegar a alcanzar al 60 % en mujeres con obesidad grave. «Se ha demostrado una reducción en los valores de gonadotropinas y en la amplitud de su pulsatilidad, lo que disminuye su efecto estimulador sobre la función ovárica y aumenta la tasa de infertilidad hasta tres veces más que las mujeres sin obesidad», explica una guía elaborada por la Seedo.
A su vez, en el contexto de la obesidad, la prevalencia del síndrome de ovario poliquístico (SOP) puede ser mayor en aquellos casos de obesidad visceral, alcanzando hasta el 25 % en mujeres con obesidad de grado III. Entre el 30 y el 75 % de las mujeres con SOP padecen obesidad, y ambas condiciones interactúan provocando síntomas. «En la mujer con SOP, la presencia de obesidad condiciona un fenotipo metabólico y reproductivo de mayor gravedad en comparación con la mujer sin obesidad. La fisiopatología del SOP en la obesidad implica la inflamación crónica de bajo grado, la resistencia a la insulina y la presencia de hiperandrogenismo, que alteran la foliculogénesis y aumentan el riesgo de comorbilidades relacionadas, como el cáncer de endometrio», señala la entidad.
En estos casos, las expertas subrayan que el tratamiento no debe enfocarse solo en la pérdida de peso, ni primero en la pérdida de peso, sino que la estrategia más adecuada implica un abordaje conjunto de ambas patologías. Sin embargo, este no siempre está disponible.
El sesgo en consulta
El vínculo entre la obesidad y un peor pronóstico de ciertas patologías es una pieza más en el puzle del sesgo al que se ven expuestas muchas pacientes, sobre todo aquellas que tienen, además de obesidad, otros diagnósticos. Pero, si la obesidad es un factor de riesgo a tener en cuenta, es importante abordar el tema desde una mirada humana.
En redes sociales abundan los testimonios de pacientes que han experimentado instancias de gordofobia en la consulta. La usuaria Laura Gómez contó, en un vídeo de TikTok del 2023, que tras acudir a ginecología por un cuadro de reglas irregulares, le recetaron unas pastillas anticonceptivas que le dificultaron la pérdida de peso y meses más tarde, al volver a la consulta con este problema, la doctora le dijo «que las anticonceptivas no provocan eso, que sería yo que estaría comiendo más», si bien este efecto secundario figura en el prospecto de la píldora.
Marina Oteros, otra usuaria, relató en el verano del 2024 una instancia en la consulta de atención primaria, en la que una médica le dijo: «Si no adelgazas, nunca serás madre». Este tipo de situaciones en las que el peso determina el trato que una paciente recibe, cuando los facultativos no ven más allá del tamaño y dejan de escuchar síntomas, necesidades o inquietudes, acaban provocando demoras en el acceso a diagnósticos y tratamientos de otras enfermedades.
Para ella, una ensalada
Los estereotipos de género influyen en diferentes áreas de la vida de una persona. Incluso, tienen incidencia en aspectos en los que no somos conscientes de que hay un sesgo. Así lo observa Purificación García Segovia, catedrática de Tecnología de los Alimentos en la Universitat Politècnica de València. La experta es coautora de una investigación sobre cómo operan estos prejuicios en el ámbito de la alimentación. «Existen, igual que existen estereotipos de género en cosmética o en otras áreas, porque hay una presión mediática y comunicativa a la hora de hacer anuncios y márketing, que se dirigen a nichos poblacionales», sostiene.
En este estudio, hallaron que la alimentación está atravesada por el género. García destaca «el impacto de los medios y del márketing en nuestra elección de los alimentos. Es algo que ocurre de manera incluso inconsciente. Ocurre cuando, en un grupo de personas que han salido a comer, una mujer quiere postre. Se intercambian miradas, se negocia con el grupo o se termina compartiendo. ¿Por qué compartir? Si te apetece un postre, una vez en la semana que has quedado, ¿por qué no comértelo entero? Visto desde fuera parece absurdo, pero acabamos pensando que para una sola es mucho». Son este tipo de restricciones invisibles las que, a largo plazo, acaban llevando a muchas mujeres a desarrollar una mala relación con la comida, a tener atracones o a comer para aliviar la ansiedad, conductas que se asocian a la obesidad en un número importante de casos.
El hecho de asociar ciertos alimentos a mujeres o a hombres resulta particularmente preocupante para la experta. «En la investigación, preguntamos a los participantes qué tipo de persona se comería determinado producto. Por ejemplo, un plato de pasta, un chocolate, una ensalada, carne con verduras. El pescado a la plancha la mayoría lo asociaba a las mujeres. El agua fue un 50-50, porque no tiene un carácter de género marcado. El salmón, 55 % de los participantes lo asociaron a mujeres; el pescado parece ser considerado femenino. Y donde sí había claras diferencias era en el caso de la ensalada. Culturalmente, a ellas se las asocia con ensalada y yogur», caracteriza García. Esto puede resultar especialmente perjudicial para las mujeres en edad en edad menopáusica: ellas necesitan un mayor aporte de proteína para, precisamente, contrarrestar la pérdida de músculo y el aumento de la proporción de grasa que se produce con la edad.
Para la experta, las redes sociales son una pieza clave del problema, sobre todo en chicas jóvenes. «En la adolescencia, ese momento tan frágil, empiezas a ver constantemente contenido que te dice que la imagen que tú tienes que proyectar es la de una persona delgada, porque te la venden como saludable, como algo que te va a hacer bien y que te va a ayudar a ser exitosa. La cantidad de personas con trastornos de comportamiento alimentario que hay es cada vez mayor y son cada vez más jóvenes, lo que no es casualidad», observa.