El número de muertos supera ya los 170 mientras cientos de afganos siguen junto al aeropuerto
27 ago 2021 . Actualizado a las 21:57 h.Kabul no puede llorar a sus muertos porque sigue bajo la amenaza del grupo yihadista Estado Islámico (EI) que, según los servicios de Inteligencia, puede intentar un nuevo golpe antes del día 31. El general estadounidense Frank McKenzie, responsable del Comando Central, reveló que están «haciendo todo lo posible para estar preparados» y confesó que comparten informes con los talibanes y que «ellos han logrado frustrar algunos ataques». Un detalle más de la estrecha colaboración entre dos bandos que han sido enemigos durante 20 años.
La explosión del jueves en la puerta Abbey significó casi el punto final a una evacuación caótica en la que han salido del país 111.000 personas, según el Pentágono, pero que deja en tierra a decenas de miles de colaboradores de la OTAN. Según la última información proporcionada por Estados Unidos, al parecer solo un atacante suicida llevó a cabo el mortal atentado. «No creemos que hubo una segunda explosión en o cerca del hotel Baron, fue solo un atacante suicida», afirmó en rueda de prensa el general Hank Taylor, alto funcionario del Estado Mayor Conjunto.
Según fuentes próximas a los talibanes citadas por Efe, el EI asesinó a más de 170 personas, entre ellas 13 marines de EE.UU., dos ciudadanos del Reino Unido y el hijo de otro británico, y 28 talibanes, y su ataque hizo que, por primera vez desde el inicio de la evacuación, aparecieran vacías las puertas de los accesos al aeropuerto. Los miles de afganos que solían abarrotar el lugar se quedaron en cientos y no pudieron superar el puesto de control talibán, a cinco kilómetros del aeródromo, con la esperanza de un último vuelo salvador. Pero corre el reloj, se echa encima la fecha acordada con los islamistas y las opciones de poder subirse a uno de los vuelos militares se reducen minuto a minuto.
¿Qué pasará a partir del 1 de septiembre? Es la pregunta que se hacen quienes no han podido salir. Los talibanes insistieron un día más en que permitirán volar en vuelos comerciales a quienes tengan un visado en regla. Es el mensaje que transmitió la cúpula islamista en Doha a una delegación de Francia con la que mantuvo «una conversación detallada» sobre la situación. Los galos, como antes los alemanes, han dado un primer paso de acercamiento a las nuevas autoridades afganas.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, confirmó que estudian una oferta talibán para hacerse cargo del aeropuerto, pero que necesitan tiempo «debido al alto riesgo que conlleva». Los turcos acaban de sacar a sus tropas del país y no ven factible la ayuda en el aeropuerto sin la protección de sus fuerzas armadas, pero a última hora de la tarde y tras una larga negociación con las nuevas autoridades, decidieron mantener a su personal diplomático en Kabul. La vuelta de las fuerzas turcas, pertenecientes a la OTAN, supondría todo un desafío a los principios de unos talibanes que no quieren tropas extranjeras en el país, pero necesitan el apoyo técnico de forma imperiosa para operar el aeródromo.
Salida por tierra
Todo el foco mediático está puesto en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai, donde permanecen arrinconados los últimos 5.000 hombres de Estados Unidos en Afganistán, mientras se pasa por alto la situación en la frontera con Pakistán, un país que se prepara para recibir a decenas de miles de refugiados en cuanto se reabran los pasos. Torjam, al norte de Peshawar, es uno de los puntos donde esperan miles de afganos para poder cruzar y al menos seis de ellos fueron abatidos por disparos del Ejercito del país vecino «cuando intentaron entrar de manera ilegal», recogió la agencia Pajhwook.
Desde la agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) alertaron de que más de medio millón de afganos podrían salir por tierra del país en los próximos días. Una primera oleada que no tardará en notarse en las fronteras de Europa, tal y como alertó el escritor Ahmed Rashid, autor del clásico Los Talibanes, en una entrevista concedida a este medio el mismo día de la caída de Kabul. Acnur pidió a los países vecinos de Afganistán que abran sus fronteras para que la gente pueda escapar del Emirato.
El personal de los hospitales no ha dejado de trabajar desde el momento del ataque suicida para atender a los cientos de heridos de la explosión, muchos de ellos en estado crítico. «Ingresaban y no podían hablar, estaban aterrorizados, con la mirada perdida. Hace tiempo que no teníamos una situación así», informó la organización médica Emergency, responsable de uno de los hospitales a donde llegaron los heridos. Tras el pánico provocado por el doble atentado, a lo largo de la noche se escucharon varias explosiones en la capital. Estados Unidos confirmó que se trataba de explosiones controladas que llevaron a cabo en el aeropuerto para destruir material y munición antes de la salida definitiva. Tras el colapso del Ejército afgano, que no plantó cara a los talibanes en su avance a Kabul, los islamistas se hicieron con todo el arsenal y vehículos donado por los estadounidenses en las últimas dos décadas.
Los diplomáticos Gabriel Ferrán y Paula Sánchez, los últimos españoles en abandonar Afganistán
D. CHIAPPE
Dentro del aeropuerto de Kabul se escuchó la explosión, según testigos, que descalabró la seguridad, siempre relativa, que sentían los que aguardaban en la zona protegida por los marines. Entre los afganos que han podido cruzar la imposible frontera entre civilización y barbarie, un perímetro estrecho alrededor de una pista de aterrizaje, están también miembros de fuerzas de seguridad de los países que tuvieron presencia en Afganistán estas dos décadas, y algunos diplomáticos, como los españoles Gabriel Ferrán Carrión, embajador desde finales del 2018, ya en funciones, y Paula Sánchez Díaz, que desde hace un año ocupaba la segunda jefatura de la embajada.
Como el viejo capitán en pleno naufragio, Ferrán, experto en Oriente Próximo y el Magreb con amplia trayectoria en el Ministerio de Exteriores, asumió el mando del regreso de sus compatriotas y el exilio de sus colaboradores afganos. Siempre con Sánchez, experta en género y en procesos de desarme, de primer oficial del barco que se hundía. Ambos rechazaron la evacuación rápida, mientras sus homólogos de otras naciones subían a los primeros aviones y dejaban toda responsabilidad a los militares desplegados en la zona. A mediados de agosto cerraron la embajada (como los demás países occidentales) ubicada en el Distrito 9 de Kabul, y se trasladaron al aeropuerto que, tras el atentado del jueves, abandonaron en lo que el Gobierno anunció como los últimos botes de emergencia de su misión.
Desde allí, el embajador con mandato vencido unos días antes del desenlace talibán, de 60 años, y Sánchez enfrentaron el caos. En tan complejas circunstancias resulta utópico tratar de imponer el orden, pero sí han logrado cumplir con el salvamento de vidas. Algunas de tantas.
Pese a las promesas talibanes, de respetar las vidas y los derechos humanos, Ferrán y Sánchez ordenaron el abandono de la sede, avisaron a sus colaboradores para que se reunieran con ellos en el aeropuerto, planearon en lo posible una vía de salida. Sobre las cualidades y personalidad de estos dos diplomáticos hablan sus actuaciones de los últimos días: tenían la lista de colaboradores y coordinaban la identificación. Estuvieron allí para recibirles y garantizar su integridad.
Se centraron en rescatar a todas las personas de su lista de colaboradores, a pesar del cerco y los retenes de las milicias fundamentalistas. Ahora ambos regresan como los últimos españoles residentes en Afganistán que dejan una tierra ocupada por quienes ahora la llaman Emirato Islámico.
Rusia quiere que los países vecinos participen en la reunión del G20 sobre Afganistán
m. rullán
Rusia, uno de los actores fundamentales para resolver la crisis afgana abierta tras la llegada de los talibanes al poder, quiere que Pakistán, Irán y otros países limítrofes sean parte integrante de una negociación internacional en el marco de la reunión extraordinaria del G20 que la presidencia italiana se afana en organizar el mes próximo en Roma.
«Lo más importante para nosotros ahora es la seguridad de nuestras fronteras y la organización de la seguridad», dijo este viernes el jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, en la capital italiana, donde mostró la disposición de Moscú a participar en ese G20 si se amplía a los países vecinos, tras reunirse con el primer ministro italiano, Mario Draghi, y su titular de Exteriores, Luigi di Maio, informa Efe.
En una rueda de prensa conjunta con Di Maio, Lavrov consideró el G20 un foro más apropiado que el G7 porque «refleja mejor» el «mundo multipolar», pero matizó que Rusia quiere «entender mejor qué papel» le conceden sus socios occidentales en esa reunión, porque en el pasado ha quedado demostrado que en Afganistán «las soluciones conjuntas nunca son fáciles».
Lavrov también lamentó «el fracaso» de los acuerdos de Doha negociados entre EE.UU. y los yihadistas afganos, que, en su opinión, no fueron «los únicos» culpables.