Los militares acaparan casi todo el poder con Bolsonaro

Suman más de veinte áreas de gobierno y una vicepresidencia


Los brasileños entrados en años que logren sobrevivir a la pandemia del coronavirus -a mediados de la pasada semana ya se contabilizaban más de dos millones de infectados y de 76.000 víctimas mortales- pueden llegar a pensar que han retrocedido a los tremebundos años de la tercera dictadura militar (1964-1985).

La vuelta de los uniformados al poder, al igual que en otros países de la región, no se está llevando a cabo por la fuerza de las armas, sino, paradójicamente, por las urnas, respetando los formalismos democráticos mínimos.

En este caso el cebo utilizado para lograr el respaldo en las urnas ha sido un capitán retirado llamado Jair Messías Bolsonaro, al que los brasileños votaron masivamente hace año y medio, tras haber ocupado durante 30 un escaño como parlamentario que solo era noticia por sus exabruptos.

Fue clave el hartazgo de la ciudadanía por la corrupción que afloró en el país en los sucesivos Gobiernos del mítico sindicalista Lula da Silva, a la que se encargó de poner cifras, nombres y apellidos el ya exjuez Sergio Moro, que hizo todo lo que legalmente pudo -y, tal vez, algo más- para impedir la concurrencia a las elecciones de Lula da Silva, que era el virtual ganador, según todas las encuestas.

El apoyo de la cúpula militar -tanto de los que aún están en activo como de otros ya en la reserva-, sumado al trabajo de Steve Bannon, director ejecutivo de la candidatura presidencial de Donald Trump en el 2016, y más recientemente de la de Vox en España, fueron determinantes para que un personaje de muy escasas luces y potencialmente maleable se convirtiese en el nuevo inquilino del palacio presidencial de Planalto. Ni las balas que recibió en un atentado del que fue víctima durante la campaña consiguieron impedirle hacer realidad ese sueño.

En cumplimiento de los compromisos adquiridos con los uniformados, Bolsonaro colocó como vicepresidente al general en la reserva Hamilton Mourão. Siete de las carteras ministeriales -la tercera parte del total- también están en manos de militares. Como portavoz del Gobierno eligió a un general en activo. Más de una veintena de áreas de gestión gubernamental -directores generales y demás altos cargos-, incluida la petrolera estatal Petrobrás, también están encabezadas por militares.

Como durante la campaña enarboló la bandera de la lucha anticorrupción, para sorpresa de más de uno logró fichar a Sergio Moro, el Garzón brasileño, como ministro de Justicia.

Su familia, investigada

Pero no tardaron en crecerle los enanos. Ya en el primer mes de Gobierno empezaron a salir a la luz pruebas contundentes de que la familia Bolsonaro -y no solo el primogénito, Flávio- puede estar involucrada en corrupción. Flávio aparece relacionado con la milicia Escritório do Crime, principal sospechosa del asesinato de la concejala Marielle Franco y del chófer Anderson Gomes en marzo del 2018. La madre y la mujer del excapitán de la Policía Militar Adriano da Nóbrega, uno de los líderes de la milicia y actualmente prófugo, trabajaban en su gabinete.

Las investigaciones sobre su entorno familiar pusieron nervioso al presidente. Hace tres meses cesó al director de la Policía Federal, un estrecho colaborador de Sergio Moro en la investigación de la operación Lava Jato. Moro cortó amarras con Bolsonaro y todo apunta a que está decidido a competir con él o con quien se le ponga delante en las próximas presidenciales.

Que el actual presidente de la primera potencia del subcontinente americano no es un hombre de muchas luces no era un secreto para los que lo conocen o padecen. En el reciente foro de Davos le dieron la palabra para que explicase su proyecto para Brasil. De los 45 minutos que tenía para hablar, a Bolsonaro le sobraron 39.

Polémicas sobre el covid

Desde que se declaró la pandemia no deja de protagonizar titulares. El presidente del país con más muertos e infectados por la pandemia después de Estados Unidos se niega a usar la mascarilla en público. Dice que llevarla «es cosa de maricas» y que el virus es «una gripecita». Los técnicos no se la ponen por temor a ser considerados como «comunistas» y a ser despedidos.

Lleva dos meses sin ministro titular de Sanidad, por lo que no hay ningún gestor de la epidemia a nivel nacional. Han dimitido dos en dos meses y en la actualidad se encuentra al frente del departamento, como interino, un general que ha colocado militares en los puestos claves. Lo poco que se hace contra la pandemia lo deciden los ayuntamientos y las respectivas administraciones locales. Ya se está empezando a oír voces que califican la situación de genocidio.

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