Ha sido tarde, y ha sido a rastras, pero lo que importa es que no sea para mal. El caso es que la nueva Comisión Europea ya está lista para empezar a trabajar. Como todo en la UE, es un compromiso entre la geografía y la ideología ? en cuanto al género, la presidenta Ursula von der Leyen se ha quedado cerca, pero ha fracasado en su promesa de un gabinete paritario, al no encontrar suficientes candidatas a comisaria. Si apartamos con la mano el humo de la retórica nos encontramos con un claro cambio de dirección. Lo más significativo es la aparición de una Vicepresidencia para la Promoción del Modo de Vida Europeo -inicialmente, iba a ser para la «Protección» del Modo de Vida Europeo- que tendrá a su cargo el dosier de inmigración y seguridad. Bruselas da así un giro radical en este asunto, sensible a la preocupación social por el descontrol de las fronteras. Para compensar, Von der Leyen coloca en la Comisaría de Asuntos Internos a la socialdemócrata sueca Ylva Johansson, cuya misión será diseñar un sistema de «rutas seguras» para los refugiados. El choque entre estos dos departamentos está prácticamente garantizado.

También en política comercial se apunta la rectificación. La nueva comisaria del ramo, Sabine Weyand, habla abiertamente de utilizar el comercio como un arma en el arsenal de la política exterior europea, es decir, lo mismo que Bruselas lleva cuatro años criticándole a Donald Trump. Es una prueba más de que el lento ocaso de la globalización y el tímido regreso del proteccionismo son parte de una lógica profunda que no tiene que ver con los caprichos del denostado inquilino de la Casa Blanca.

En todo caso, la UE no tenía más remedio que reforzar sus fronteras económicas porque así lo exige la tercera pata de la dirección política que quiere imprimir Ursula von der Leyen: el llamado Contrato Verde Europeo. Se trata de un ambicioso plan para reducir drásticamente las emisiones de carbono en diez años y suprimirlas dentro de treinta. Tiene que ver con el proteccionismo porque el plan obliga a penalizar las importaciones de productos que no cumplan la normativa europea. Van a ser unos cuantos, porque el ecologismo es una especialidad casi exclusivamente europea. Por eso Von der Leyen lo ha puesto en lo alto de su agenda, porque es una política popular en los medios y la sociedad, pero pronto se verá hasta qué punto. Las medidas que tiene ella en mente implican impuestos y prohibiciones que requieren su aprobación en los distintos parlamentos nacionales, lo que da veintisiete oportunidades a que algo salga mal. En particular, esperemos fuertes resistencias en Polonia, República Checa, Estonia y Hungría, cuyas economías no están preparadas para el salto. Y quizás no solo allí. Aunque raramente se recuerda, la revuelta de los chalecos amarillos franceses comenzó como una protesta contra los impuestos ecológicos. De momento, habrá que darle a Von der Leyen el beneficio de la duda y desearle suerte.

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La Unión Europea cambia el rumbo