Redacción / Agencias

Igual que la muerte de Osama bin Laden en una operación militar de Estados Unidos en mayo del 2011 en Pakistán no supuso el fin de Al Qaida, la muerte de Abú Bakr al Bagdadi en una acción similar del Ejército estadounidense en el noroeste de Siria el 26 de octubre no supondrá el fin de Estado Islámico.

El yihadista iraquí logró crear una marca terrorista que exportó desde Irak, donde tuvo su origen el Estado Islámico (EI), y Siria a todo el mundo, con filiales que abarcan más de una veintena de países y que ha servido de inspiración en numerosos ataques obra de individuos cuya relación con los de Al Bagdadi era cuanto menos difusa sino inexistente.

Pero ahora el EI necesita un nuevo líder que mantenga ese legado, igual que Ayman al Zawahiri tomó el testigo de Al Qaida tras la muerte de Bin Laden. La muerte de Al Bagdadí no ha sorprendido ni a propios ni a extraños, ya que como el propio Donald Trump reconoció, era el hombre más buscado del mundo, de ahí el que quepa pensar que en Estado Islámico debería haber algún tipo de plan de sucesión.

«Estado Islámico es una organización excesivamente burocrática y tiene un plan para todo», destaca Charles Lister, director del Programa contra el Terrorismo y el Extremismo del Middle East Institute (MEI). «Seguramente que haya una lista de potenciales sucesores», añade.

Esta no es la primera vez que el Estado Islámico pierde a su líder a manos de Estados Unidos. En el 2006, Abú Musab al Zarqawi, el fundador del grupo yihadista, moría en un bombardeo aéreo estadounidense en Irak, y le sucedía Abú Omar al Bagdadí (nada que ver con el último líder), quien murió en una operación conjunta de EE.UU. e Irak en el 2010 en este último país. 

¿Califa o emir?

Quien suceda a Al Bagdadí debería cumplir con ciertos requisitos, habida cuenta de que este no solo era el líder del grupo sino que se autoproclamó califa, y era visto como tal por millones de musulmanes en todo el mundo. Para reivindicar este cargo de carácter religioso, no solo esgrimió sus estudios islámicos, sino que también se presentó como miembro de la tribu Quraish, a la que pertenecía Mahoma.

De ahí el que experto en extremismo J. M. Berger plantee si el sucesor será «califa o solo emir», puesto que las condiciones que permitieron elevar a Al Bagdadí al rango de califa «son muy diferentes ahora». Los requisitos para ser califa, subraya, «no pueden ser falsificados ni confundidos, pero un emir es un puesto más fácil de rellenar».

Quien reciba el encargo de liderar a Estado Islámico tendrá ante sí además el reto de mantener bajo su paraguas a las numerosas filiales surgidas a raíz de la proclamación del califato en el 2014. Ahora cuenta con catorce filiales, tres de ellas de nuevo cuño este mismo año. Además de su presencia en Irak y Siria, también cuenta con filiales en Turquía, Egipto y Yemen. En Asia, está presente con virulencia en Afganistán, Filipinas y en menor medida en India y Pakistán.

Pero si hay un continente en el que el EI está especialmente activo es en África. Además de estar en Libia o Somalia, ha creado este año una nueva provincia en África Central que ya reivindicó acciones en el este de República Democrática del Congo y en el norte de Mozambique.

Sin embargo, son Estado Islámico en África Occidental (ISWA) y el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS) las dos provincias más activas. La primera, surgida como escisión de Boko Haram, opera en el nordeste de Nigeria y en la cuenca del lago Chad, mientras que la segunda está operativa en la zona fronteriza entre Malí, Burkina Faso y Níger.

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El legado de Al Bagdadi busca heredero