Colombia apuesta por el delfín de Uribe para pilotar la era de la paz

Iván Duque Márquez, un abogado cuarentón formado en Estados Unidos, es la gran apuesta de los colombianos para pilotar la era de la paz.  El pasado domingo se cumplieron los pronósticos y se impuso claramente en la segunda vuelta a un Gustavo Petro que hizo posible por primera vez en la historia del país que la izquierda jugase una final en las urnas.

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A CORUÑA

 Ganó la cara amable del uribismo, la encarnación de la opción política más crítica del complejo proceso de paz pilotado por Juan Manuel Santos, el otrora ejecutor, como ministro de Defensa, de la lucha contra la narcoguerrilla de las FARC, que también llegó a la presidencia del país hace ocho años como delfín de un Álvaro Uribe Vélez que lo acabó convirtiendo en su más denostado enemigo político.

Con esta victoria, lograda por primera en muchos años en un clima de paz, la derecha mantiene el poder en un país gobernado desde siempre por 34 familias y con las mayores desigualdades sociales de todo el subcontinente americano.

Un país en el que nunca gobernó la izquierda, pero que en esta ocasión fue en la que tuvo más al alcance de la mano el poder a través de  las urnas. Su candidato a presidente, Gustavo Petro, ex alcalde de Bogotá y ex guerrillero del M19 logró el respaldo de más de ocho millones de colombianos -unos dos millones menos que el ganador, en unas elecciones con una alta participación y con un voto en blanco -el de los que no quieren ni a Duque ni a Petro- muy inferior al que vaticinaban las encuestas. Como ocurriera en su día en España con el podemita Pablo Iglesias, este economista formado en Europa logró encarnar el rechazo de un amplio y creciente sector de la población a la vieja política marcada, primero por la polarización liberales-conservadores y luego, en los tres últimos lustros,  por uribistas-antiuribistas. Ahora su reto está en consolidar el proyecto Colombia Humana que encabezó como un proyecto creíble y no identificable con el chavismo del vecino país al que, con más o menos fundamento, le vinculó la derecha durante la campaña. "Nos ganaron diciendo mentiras", lamentó en el discurso a sus seguidores tras conocerse los resultados del domingo.

El gran reto a que se enfrenta  Iván Duque Márquez a partir del próximo mes de agosto, cuando se convierta en el nuevo inquilino de la Casa de Nariño es compatibilizar el eje central de su discurso de campaña: la revisión de los acuerdos de paz con las FARC, con la realidad sociológica de un país  para el que la violencia y la guerrilla ya forman parte del pasado y ahora, según las encuestas, centra sus preocupaciones en otros problemas como la corrupción, el crecimiento desorbitado que han registrado la producción de coca y cocaína en el último lustro, la situación económica del país y la forma de afrontar la inmigración masiva de venezolanos que huyen de la represión y el hambre en su país.

La principal  debilidad del uribista Duque, según algunos analistas,  es su inexperiencia. Tiene una hoja de vida en el sector público muy corta. Fue senador gracias al arrastre de la lista cerrada para el Congreso que encabezaba Uribe, pero esos cuatro años le valieron para ser elegido como el mejor parlamentario.

Se  apunta que esa inexperiencia la puede suplir formando un equipo de gobierno  que tenga experiencia y conocimientos y que para ello le puede ser de gran utilidad su experiencia profesional en el sector bancario transnacional, concretamente en el  Banco Interamericano de Desarrollo, donde aprendió a dirigir equipos. También hay quien apunta que su juventud le puede otorgar independencia de la política tradicional frente a candidatos que toda la vida han vivido de la política.

Son muchos los que consideran  que  la figura de Uribe puede ser para el nuevo presidente su talón de Aquiles y al tiempo su gran fortaleza. Hoy Duque es lo que es en las encuestas y en el mundo político gracias a Uribe, pero se le considera como la versión moderada del uribismo.

La herencia de Santos

El próximo siete de agosto,  cuando Duque se instale en la sede presidencial de la Casa de Nariño, además del manido tema de la revisión del acuerdo de paz con las FARC, como herencia de un Juan Manuel Santos excesivamente pragmático,  se encontrará una economía con un deterioro importante y tendrá a sus espaldas la toma de decisiones impopulares para poder sanearla. "Necesitará de los aguacates, tan mencionados últimamente, del petróleo, del café, del carbón, del banano, de las flores, de los textiles, del talento de todos los colombianos y tendrá que enfocarse cada vez más en la producción de bienes con valor agregado», apuntaba días pasados Roberto Rave en su columna del digital colombiano de La República.

La economía del país, según datos del Banco Mundial y de la OCDE, pasó de crecer por encima de 6% en el 2011 a crecer por debajo de 2% en los últimos dos años.

El nuevo Presidente tendrá que tomar decisiones tan impopulares como la de disminuir el tamaño del Estado, que ha crecido en casi 90.000 cargos burocráticos. Además, deberá enfrentar una decidida  batalla contra la corrupción, una de las grandes preocupaciones de los colombianos que, según el Contralor General de la República, se estima en casi 50 billones de pesos al año.

En manos del nuevo líder de los colombianos estará también la financiación del proceso de paz con las FARC que ahora enfrenta el reto de la multiplicación de los cultivos de coca y con ellos su comercialización.

"Tal vez el mayor reto del nuevo Presidente de la República -concluye el columnista de La República- será reconstruir la relación con sus ciudadanos, cansados de la lejanía de un mandatario que afirma y promete ante los medios de comunicación para más adelante sin vergüenza hacer lo contrario a puerta cerrada».

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